Primera | Zaragoza 0 - Real Sociedad 1

La teoría de la conspiración

La Romareda ve la primera victoria de la Real fuera. El Zaragoza estuvo mal y el árbitro, peor. Pitó penalti a Alvaro y perdonó dos a Óscar y Diego Milito.

<b>MORENO LA ARMÓ EN LA ROMAREDA.</b> El colegiado, que en la imagen le muestra una amarilla a Diego Milito por fingir una falta, tuvo que abandonar el estadio zaragozano protegido por la policía. Unos 200 hinchas aragoneses lo culparon de no haber pitado dos penaltis.
Mario Ornat
Actualizado a

Después de siete jornadas y catorce goles en contra, la Real Sociedad se las arregló para dejar su portería a cero y sumar tres puntos. En un primer vistazo general, el encuentro podría explicarse según la teoría del estadio-medicina: la tradición oral sostiene hace tiempo que el Zaragoza tiene sospechosa tendencia a hacer de buen samaritano y que endereza a cualquiera que llegue dando tumbos. Véase lo de ayer con la Real Sociedad. La gente se iba de La Romareda asintiendo con la cabeza cuando en las radios decían lo del estadio-medicina. Fue un momento porque luego entraron a maldecir al árbitro, lo que también va formando parte ya de las tradiciones en Zaragoza. Quince días después del expolio en el Camp Nou, Moreno Delgado salió del estadio zaragozano escoltado por la policía, entre el barullo de 200 aficionados que querían decirle de todo menos guapo. Luego veremos por qué y cómo.

El partido empezó a su hora. No es cosa de perogrullo, quiere decirse que empezaron a ocurrir cosas muy pronto. O que todo lo que tuvo que ocurrir, lo hizo rápido, a primera hora. Este circunloquio parece una tontería, pero estamos acostumbrados a ver partidos de fútbol en los que parece que nada arranca hasta pasado un buen rato. En éste no. Pasada la congoja del minuto de silencio por la madre de Kovacevic, quedó claro que la sombra apenada del delantero estaba impresa sobre el partido, de un modo u otro. Porque la Real Sociedad rellenó su vacío poblando el medio campo, apretando las líneas, dejando a Nihat solo arriba y poniendo a Uranga en tierra de nadie, pero ocupando mucho sitio.

Gari Uranga le puso planta al medio campo vasco cuando el equipo perdía la pelota, y le puso intención a sus apariciones en el área del Zaragoza cuando la situación lo requería. Amorrortu había recurrido a un 4-1-4-1 para echarle la llave al partido. Y ese planteamiento, cosa del destino, de la casualidad o de la sabiduría, fue efectivamente la llave del partido. A los 11 minutos hubo un centro sobre el área que fueron a buscar Alvaro y, por delante de él, Uranga. El vasco saltó. El brasileño porfió a su espalda, no se vio bien si molestándole o no. El caso es que Moreno Delgado estaba a apenas cinco metros y vio que ahí existía materia para la denuncia y el penalti. Lo chifló, claro, y el estadio se levantó en armas. Xabi Prieto fue a la pelota más tranquilo que nadie y, aunque Savio le decía que mire usted, Prieto hizo una paradinha y la rozó al palo izquierdo. A gol.

El balón en la red era la sopa al cuarto de hora. Era agua bendita para la Real Sociedad. Porque la Real ya venía por la A-68 hasta Zaragoza rumiando el partido: aguantar y ver si cazamos una, cerrar las bandas, ojo a Savio que cada año nos lía una diferente pero todas son la misma. Y tal. Y eso, con un gol al cuarto de hora, ni al cuarto de hora siquiera, eso es petróleo. De modo que Amorrortu dio un saltito imperceptible (casi todo es imperceptible en el entrenador de la Real Sociedad, el hombre que nunca estuvo allí), y les dijo a los chicos: "De lo que hemos hablado, pues el doble". Y se apretaron todos un poco más, y se cerraron todos un poco más, y se gustaron todos un poco más... y ya podía venir el invierno ruso o la sexta flota.

Impotencia.

Al Zaragoza le quedaba una tarde entera para intentar el fútbol y el volteo del marcador. Al Zaragoza alegre, desenfadado e impío en el remate de las primeras semanas de Liga no se le podría hacer imposible darle vuelta a ese partido. Pronto quedó sentado que ese Zaragoza no comparecería ayer. Lo peor que le podía pasar era una tarde de desencuentro y tartamudeo con la pelota, justo lo que tuvo. Savio quiso todo el tiempo, estuvo exquisitamente implicado en el asunto. Óscar fue y vino sin ir ni venir: por momentos parecía que se prendería y luego, ay, recogía un pie y nada. Ewerthon, en fin, consumió un poco más de su crédito, que son 12 minutos el primer día frente al Valencia. Si la cosa no cambia, camina hacia la suplencia con cada partido, porque además Cani entró y, aun sin claridad definitiva, le dio contenido, energía y pasión a su banda. Es lo menos que se puede pedir en una tarde como ésta.

Sin bandas el Zaragoza es mucho menos. Ponzio y Toledo añadieron poco, salvo terribles imprecisiones en el caso del paraguayo. Por el medio no había lugar a nada. A Diego Milito lo aprisionaron entre todos. Entrarle a la Real en casa ya era difícil de por sí, pero entrarle además con los pies cuadrados y los zapatos sucios era definitivamente imposible. Historia (zaragocista) del partido en diez líneas: notable y voluntarioso ejercicio de impotencia; primera mitad para olvidarla y segunda de espíritu recuperado y fútbol a trozos La Real Sociedad, mientras tanto, sesteando, interrumpiendo, sin enseñar la cara ni una vez (una al final al palo), y poniéndole oficio al asunto: patada aquí, pérdida de tiempo allá. Y aquí me las den todas. Todo eso si no fuera por el árbitro.

A la decidida impericia del Zaragoza se agregó la actuación de Moreno Delgado, que soliviantó a La Romareda como hacía tiempo. El catalán la montó con pequeñas y gordas decisiones. La grada le pidió tres penaltis (dos a Diego Milito y otro a Óscar), además de afearle el de Alvaro. Uno apuesta por el de Óscar como carga ilegal por la espalda de Jauregui. Penalti. El de Diego Milito es de los que se pasan por alto en La Romareda y provincias y sólo se pitan en los grandes estadios. Ahora, si el baremo es aquél de Toledo en el Camp Nou, son penaltis todos: el que anotó la Real Sociedad y los tres que protestó el Zaragoza.

El ventilador.

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Pero Moreno Delgado puso el ventilador para todos los lados. A Aranburu lo mandó a la ducha con una segunda amarilla que no fue para tanto. Y sin embargo, perdonó a Rekarte su insistencia en detener a Savio por lo civil o lo criminal (debió expulsarle entrada la segunda mitad), y a Mikel Alonso en una jugada en la que le hizo tres tipos diferentes de falta al brasileño, el equilibrista tiroteado. Luego el cuarto árbitro, de profesión chivato, le contó que Víctor le había insultado. Y también lo echó.

O sea que el partido se le fue muriendo al Zaragoza en esas cuitas (apenas tiró a puerta, y Toledo cabeceó alta una fantástica de Cani) mientras la Real aguantaba en su meritorio ejercicio de contención. Después de catorce tabas en contra, uno puede celebrar estas cosas y olvidarse de los matices. Algo parecido le ocurrió a la gente del Zaragoza. Su equipo jugó mal, es verdad; pero la teoría de la conspiración es imbatible como argumento.

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