Primera | Real Madrid 4 - Mallorca 0

Un festín de los brasileños

Ronaldo, Roberto Carlos (2) y Baptista fulminan a un débil Mallorca. Ballesteros fue expulsado. Beckham otra vez decisivo. Volvió Zidane.

<b>CELEBRACIÓN. </b> Los brasileños celebraron todos los goles con gran alegría y emotividad.
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El Madrid venció 4-0 al Mallorca y sumó su cuarta victoria consecutiva, evidencias indiscutibles que elevan al equipo y enardecen la moral de la tropa. Ante la contundencia de los hechos e inmerso en el optimismo general, decir ahora que el equipo no jugó bien sería tanto como reprocharle al amante que triunfa no haber hecho su discurso en verso, un detalle sin importancia si el objetivo primero y último era el mismo: ganar, sumar, puntuar.

No niego ni uno de los efectos terapéuticos que puede tener sobre el Madrid la generosa victoria ante el Mallorca y también reconozco que la confianza que dan los triunfos es un excelente caldo de cultivo para encontrar nuevas virtudes. Pero me queda la duda de si los problemas de juego del Madrid (lentitud, falta de sorpresa...) se solucionan simplemente con confianza, no tengo claro si el tiempo es lo único que separa a este equipo de un gran equipo.

Más bien, tiendo a pensar que, más allá del rodaje, sigue sin haber futbolistas para determinados puestos ni, caso de existir, lugar donde encajarlos. Me refiero, y sé que me repito, a un centrocampista organizador y a jugadores capaces de aprovechar las bandas hasta la línea de fondo. Me refiero también al exceso de mediapuntas que se agrava ahora con la bendita recuperación de Zidane.

Naturalmente, estos problemas, por defecto o por exceso, no impedirán muchas victorias como la de ayer, incluso momentos de buen fútbol, y tal vez tampoco sean inconveniente para alcanzar en cabeza la última curva, el problema vendrá después, en los octavos, en los cuartos, en las rectas finales. Entonces habrá que tener más plan que los puños de Ronaldo y el talento que se le cae de los bolsillos a los muchos que tienen talento. Pero mejor será no adelantar acontecimientos.

El Madrid de los primeros minutos no se pareció en nada al equipo dinámico que tanto nos gustó contra el Olympiacos. Digamos que vimos la otra versión, esa que nos depara un fútbol plomizo, previsible, grueso. Eso sí, sin las fisuras defensivas de épocas recientes, y en ese sentido se nota la incorporación de Sergio Ramos, su entusiasmo. Por cierto, el muchacho jugó por la inesperada ausencia de última hora de Woodgate, que un día antes había sido anunciado como titular por el propio entrenador. Todo lo que rodea a Woody, el quinto beatle, sigue siendo misterioso y apasionante.

La única coincidencia con el partido de Champions fue la tendencia natural del juego hacia Beckham, que ofrece la conexión más directa con la línea de delanteros, algo que le sirve para exhibir su fabulosa precisión en el pase, pero que en el fondo delata problemas de creación en el centro del campo.

Suicida.

Para contener el empuje local, el Mallorca apostó únicamente por la presión y la defensa, estrategia suicida que, en el mejor de los casos, hubiera premiado al equipo con un empate a cero. O quizá sea que Cúper no tiene más armas, lo que sería imperdonable para quien ha dispuesto de tiempo de confeccionar una plantilla a medida.

Por arriba, Yordi era una isla. Arango, muy retrasado, dejó de tener peligro. Farinós no es un organizador de juego. Y ante ese panorama, el inquieto Okubo se queda en polvorilla voluntarioso. Por detrás, la presencia de Ballesteros corrompe cualquier defensa legal. Se ha convertido en uno de esos centrales que igual zancadillean a un delantero que a una vieja y que luego cuando son expulsados lamentan que se haya perdido la hombría en el juego y que los trapos sucios no se laven en el campo. Por último, la presencia del dubitativo Prats tampoco favorece mucho la tranquilidad del equipo.

En el primer cuarto de hora se registró la mejor ocasión (y única) de los visitantes, que se frustró porque Arango en lugar de calzar un 43 no calza un 45, pongamos por caso. Esos centímetros le impidieron aprovechar el buen pase de Okubo.

Pasada la media hora, Ronaldo puso las cosas en su sitio. Y es que partidos indefinidos como el de ayer acaban con un ronaldazo, ya ocurrió en Vitoria. Beckham comandó un contragolpe y cedió a Ronaldo, que estaba muy escorado en la banda derecha, diríamos que fuera de su zona de peligro. Sin embargo, encaró al defensa, hizo una bicicleta para amagar el pase exterior y ganó por dentro la suficiente ventaja como para sacar un disparo cruzado y seco al que no pudo llegar Prats, difícil saber si hubiera podido llegar otro portero. Ronie lo quiso celebrar haciendo el canguro, pero realmente volvió a hacer el ganso, igual que los que le secundaron.

El encuentro, exactamente igual que sucedió frente al Alavés, se transformó por completo y el rival del Madrid dejó de ser enemigo para convertirse en víctima. El Mallorca no tenía respuesta a un gol en contra ni estaba equipado para escalar el Everest.

Al filo del descanso, llegó la sentencia definitiva. Beckham sacó un córner muy abierto que se descubrió letal cuando la pelota aterrizó sobre la zurda de Roberto Carlos, que empalmó con saña y batió a Prats y a cualquiera con guantes que se hubiera pasado por allí. Un gol magnífico, como esos que le recordamos al indescifrable Mendieta, un buen futbolista que se movía como si fuera malo, yo me entiendo.

Valga el gol de Roberto Carlos para destacar al otro lateral del equipo, Michel Salgado, que subió mucho al ataque y con bastante acierto, lo que no es óbice para que sigamos pensando que la subida del lateral, de cualquiera, debe ser una sorpresa y no un recurso permanente. Y vuelvo a pensar en los octavos, los cuartos y las rectas finales.

El propio Roberto Carlos fue el autor del tercero, al aprovechar un lanzamiento de falta y una barrera que no era de cemento, sino de ganchillo. Reconozco que hay que ser muy macho ibérico para no desmayarse ante la amenaza de Roberto Carlos tomando carrerilla. El gol que cerraba el festín lo logró Baptista, que puso la guinda a otro magnífico centro de Beckham. En este caso la celebración fue saltando sobre el compañero que hacía de potro, como en clase de gimnasia.

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Ignoro qué pensará Pablo García de esas frivolidades, pero como defensor de los viejos códigos, supongo que nada bueno. El uruguayo volvió a completar un partido estupendo, riguroso. No es su culpa que en los dos últimos tercios haya atasco y sí tiene mucha responsabilidad en la seriedad defensiva del Madrid.

La última imagen del Mallorca no fue edificante, porque estuvo plagada de patadas, varias de ellas a Robinho, que saltó al campo en la segunda mitad. Ni el brasileño ni Zidane, que reaparecía, estuvieron muy acertados, quizá por exceso de ansia. Pero ambos reían al final. Por la victoria, por los puntos, por la moral. Qué importa el verso.

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