Nacido para ser un gimnasta
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Al Mundial de Sabae de 1995 la gimnasia masculina española acudió a título testimonial, por ver si con suerte cazaba de pleno derecho una plaza para los Juegos Olímpicos. Iba con tres gimnastas, dos debutantes; sin equipo. Una ruína. España, sobre el papel, atravesaba su peor momento de siempre. Pero, como ocurre en los cuentos de hadas, emergió el jovencito Jesús Carballo, y Omar Cort y el primero inició una fulgurante carrera al estrellato. Brilló en aquel Mundial, y al año siguiente ya era campeón mundial de barra fija (Puerto Rico) y firmaba con su apellido elementos en la barra y las paralelas, siempre de la mano del prematuramente desaperecido Marco Antonio Vázquez. Carballo llenaba un hueco que estaba libre desde el mismo día en que se mató Joaquín Blume, a finales de los cincuenta en un desgraciado accidente de avión.
Que Jesús iba a ser gimnasta estaba escrito en su ADN. Más allá de que padre y madre lo hubiesen sido, también lo eran los más cercanos a la familia, como Sánchez Covisa, el entrenador que tanto guerreó con él de niño en el Claret. Carballo respondió siendo un joven cumplidor, bien mandado y atento. En pleno éxito le atacó el sarampión de la autosuficiencia, y para algunos compañeros se convirtió en un campeón insoportable, presumido y arrogante de puertas adentro. Sin embargo, de los momentos amargos recuperó la humildad; las lesiones, dos graves de rodilla y otra de hombro, le convirtieron en devoto del doctor Guillén, y el revés de no competir en Sydney por lesión le devolvió a ser quien era, agradable, buen compañero del triunfador Deferr, precursor de Rafa Martínez, y hermano mayor de Manolito, otro Carballo que será figura.




