Benítez es Luis metido en el futuro

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Rafa Benitez pertenece a esa generación de los 60 que en apenas cuatro años ha impuesto moda y dejado un sello que servirá de guía al menos una década. Mourinho, Deschamps, Ancelotti, Koeman, Rijkaard, Schaaf, Le Guen... Todos han sido campeones de las mejores ligas europeas con un fútbol dinámico y vanguardista, quemando la etapa de los Ferguson, Trapattoni, Guy Roux, Lippi... aquellos para los que la esencia del fútbol cabía en un bote de Reflex. Hoy el fútbol tiene otra imagen, como la que vemos aquí de Benítez en su sala de máquinas de Melwood, un centro de operaciones donde el fútbol está empaquetado en cintas de vídeo, programas de ordenador, agendas electrónicas... Entiende que el trabajo de campo es tarea de despacho. De igual modo que Napoleón ganaba las guerras desde su mesa de operaciones sin escucharse un solo disparo, Benítez juega los partidos en la oficina. Aprovecha la tecnología y la aplica al deporte.
No es que cambie el gusto por el fútbol, cambia el método. Luis Aragonés, referente nacional, siempre ha desconfiado de los entrenadores con traje que no se calzan unas botas ni para entrenar. Pero al igual que cuesta imaginar a Luis chateando de madrugada con un ruso por internet, tampoco veo a Benítez agarrando de la pechera a un jugador diciéndole: "Tú, mírame a los ojitos". Sin embargo, entre uno y otro no hay tanta distancia como pueda parecer. Les tenemos estereotipados. Uno siempre cree que para descubrir a un futbolista, Luis le deja ponerse las botas y, según se las haya atado, le dice si vale o no. Y, al contrario, se piensa que Rafa no dará su visto bueno hasta que haya estudiado sus biorritmos. La Selección nos ha resuelto el problema. Luis y Benítez están más cerca que lejos: han elegido a los mismos jugadores para el Liverpool y para España. Todavía habrá quien estudie qué método de los dos es el mejor pero, como en el caso de Napoléon, el secreto es su cerebro.



