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Olvidó Roma con Boca

Tras ganarlo todo con Vélez, decidió tomarse un periodo sabático, pero la Roma le convenció para probar en Europa. La experiencia fue un fracaso y el técnico regresó a Argentina, para hacerse cargo de Boca Juniors, que atravesaba una importante crisis. Cuatro meses más tarde, ya estaba celebrando títulos.

<b>TRIUNFO TRAS TRIUNFO. </b>Bianchi convirtió a Boca en una máquina de ganar. Arriba, celebra junto a Ibarra, Riquelme y Córdoba, su primera Liga. Abajo, se abraza a Bermúdez, que transformó el penalti definitivo de la Libertadores de 2000.
Julio Maldonado
Importado de Hercules
Actualizado a

Después de consagrar a Vélez campeón del mundo, Carlos Bianchi esperaba un 1996 tranquilo, casi sabático. Quería disfrutar de la familia, de la Eurocopa y poco más. Pero sería un año muy duro para él, quizá el peor de su vida. En febrero ya le contactaron los dos grandes de la capital italiana, Roma y Lazio. La Roma vivía un periodo difícil. No había funcionado el proyecto con Mazzone, un romano al que le quedó grande el equipo. Llegó a un acuerdo y se metió de lleno en una Roma con mucho nombre, pero una plantilla limitada. Más tarde y después de la corta aventura, reconoció haberse equivocado. "Debí hacer como Ancelotti en el Parma, que se reforzó con siete u ocho jugadores de jerarquía". En realidad, Bianchi sólo trajo consigo a Trotta, el eje de la defensa de su Vélez campeón. El resto, un equipo en transición y del que era difícil sacar más. Ni siquiera duró toda la temporada. Le cesaron con la Roma séptima y muy cerca de la UEFA y el equipo acabó duodécimo.

Pero esa decepción no fue lo peor de aquel año ni mucho menos. Un detalle insignificante al lado de la muerte de su padre Amor, quien le enseñó todo, aquel trabajador que se pasaba la vida en el quiosco vendiendo diarios y que siempre estará presente. Su padre, que le puso Carlos de nombre en homenaje a Gardel. Su padre, que el día en que Bianchi se rompió la pierna en aquel amistoso ante el Barcelona saltó al campo y quería comerse allí mismo a Gallego. Roma quedó atrás y Bianchi volvió a Buenos Aires, a su barrio, lo necesitaba más que nunca.

A la espera.

Antes tuvo incluso tiempo de visitar a Aimé Jacquet en un entrenamiento de la selección francesa. Siempre dispuesto a aprender, a comparar. Llegó a Argentina, rechazó una oferta de Raúl Gámez para volver a Vélez como mánager y decidió esperar hasta después del Mundial de Francia 98. Daniel Passarella ya había anunciado que se marcharía tras el torneo, y corrió la voz de que Julio Grondona había pactado con Bianchi y Pekerman para que formasen un tándem de técnicos en la selección, al estilo Soderberg-Laderback en Suecia. Pero no, ni mucho menos. La decisión de no entrenar hasta el segundo trimestre de 1998 estaba tomada. Jamás lo agradecerán lo suficiente los hinchas de Boca.

En mayo de 1998 y mientras se preparaba para comentar el Mundial con TELEFE por televisión, ya diseñaba su proyecto en Boca. Aún no quería dar pistas ni había nada oficial, pero el acuerdo estaba cerrado con el presidente Mauricio Macri. Además, la buena relación de Macri con el presidente de la Roma, Sensi, facilitaba las cosas, porque Bianchi aún no había llegado a un acuerdo de ruptura definitivo con los italianos. Precisamente fue en Madrid donde se llegó al acuerdo Macri-Bianchi. Durante las once horas que duró la reunión, Bianchi fue entusiasmando al presidente con su proyecto. Consideró a cinco jugadores imprescindibles: Caniggia, Palermo, Guillermo Barros Schelotto, Cagna y Samuel.

Una máquina.

Bianchi llegó a Boca el miércoles 27 de mayo de 1998, y su sola presencia reactivó la ilusión de la cantera. En Vélez había ascendido a veintidós críos al primer equipo y eso concedía esperanzas a todos. Sin embargo, en la hinchada había temor. Los fracasos sucesivos de Carlos Bilardo y Héctor Veira eran una losa difícil de levantar. Lo cierto es que Bianchi le dio galones a los jóvenes Riquelme, Samuel, La Paglia, Rosada y Ortiz. Muy pronto dejó claro que Riquelme sería el conductor de un Boca sin nada al azar. Incluso el preparador físico, Julio Santella, dirigía un entrenamiento los domingos a las nueve de la mañana, por si algún joven tenía la tentación de salir la noche del sábado.

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Así arrancó el nuevo Boca. Cuatro meses más tarde, y con un gran triunfo en Rosario, ya se cantó el primer título. Boca arrolló en aquel apertura, consolidó a Riquelme como uno de los jugadores del momento, Palermo fue un goleador imparable y los demás rindieron a un gran nivel. Esperaba la Copa Libertadores, que le tenía preparado un guiño muy especial. Primero, eliminó a River en cuartos de final, con un 3-0 inapelable en La Bombonera, en uno de esos días en los que sale todo. Luego sufrió en el estadio Azteca de México ante el América en semifinales, hasta que apareció Walter Samuel con un gol salvador a última hora.

En la final esperaba el Palmeiras, que decidió jugar la vuelta en el Morumbí. Justo donde Bianchi había ganado la Libertadores con Vélez en 1994. Otra final épica y otra tanda de penaltis triunfal. El colombiano Córdoba se vistió de Chilavert y lo paró todo. Esta vez fue Scolari y no Telé Santana el técnico derrotado. Y esta vez sí pudo Bianchi ver todo el partido desde el banquillo. Cuando Bermúdez marcó el penalti decisivo, todo Boca supo que había dado con la clave del éxito. Esperaba otra vez Tokio. Con Vélez, Bianchi ya le había ganado al imperio del Milán. Ahora esperaba el Real Madrid. Dos milagros en tan poco tiempo parecían imposibles.

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