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Una lesión casi le retira

Bianchi triunfó rotundamente en Francia. Allí pasó siete temporadas, siendo máximo artillero de la liga en cinco de ellas. Sin embargo, en tierras galas pasó también su peor momento. Una triple fractura en un amistoso ante el Barça casi liquida su exitosa carrera. Vistió la camiseta de Reims, PSG y Estrasburgo.

<b>GOLEADOR. </b>Bianchi posa en El Gráfico con la Bota de Bronce que consiguió en el 74 y la de Plata del 78.
Julio Maldonado
Importado de Hercules
Actualizado a

La carrera francesa de Carlos Bianchi era un éxito sin precedentes allá por octubre de 1974. Goles y más goles le coronaban, aunque la suerte se torcería de repente. Un miércoles nueve de octubre se produjo una triple fractura en la pierna que pudo acabar con su carrera. Fue en un amistoso ante el Barcelona, el equipo que siempre soñó con él, primero como jugador y después como técnico. Fue terrible. Incluso esa misma noche en la habitación 127 del segundo piso de la clínica del doctor Joudet llegó a decirle a su mujer Margarita que "anoche en el Parque de los Príncipes jugué el último partido de mi vida". No sería así por una cuestión de suerte. La fractura estaba en medio de la pierna, lejos de las articulaciones de la rodilla o el tobillo. De otro modo sí se hubiese acabado todo. Además, el hueso se había roto de forma limpia. Una hora y diez minutos de quirófano y a empezar una larga recuperación, eso fue todo.

Salió adelante.

Después de la operación, a Bianchi se le encogió el corazón cuando se enteró que en ese mismo partido ante el Barcelona la policía francesa retiró dos bombas del estadio. En ese momento pensaría que el fútbol no es lo más importante. Pero la lesión le llegó en un momento clave. Goleador de la liga francesa, tenía que recoger días después el trofeo y el Reims negociaba su traspaso por una cantidad superior a la que había llevado a Cruyff al Barcelona. Se especulaba con el Real Madrid, pero eso ya jamás se sabrá. Unos meses en Argentina le sirvieron para recuperar el ansia del gol, y el 20 de marzo de 1975 volvió a jugar. Aquel día ante el Sochaux no le salieron las cosas, sobre todo por la placa que le habían colocado en la operación. Pero cuando le marcó un gol al Lille sintió un efecto liberador. "Uno de los mejores momentos de mi vida" declaró a Onze poco después. "Un córner que sacó César, el balón me llegó y empalmé sin pensar".

Aún jugó cuatro partidos más con la placa hasta que por fin el seis de mayo se la retiraron. Bianchi había vuelto. Incluso anduvo cerca un traspaso al Saint Etienne de Robert Herbin, el gran equipo francés de los setenta. Precisamente en aquel Saint Etienne era estrella Jean Michel Larqué, quien sería su técnico en el Paris Saint Germain. Bianchi dejó el Reims y llegó al PSG en 1977 en un traspaso sonado. Firmó por tres años y nada más llegar aseguró que "París es la ciudad que más me recuerda a Buenos Aires". Un equipo con prisa por ser grande, con un ariete como Mustapha Dalheb que le peleaba el puesto. En aquel momento la selección estaba apartada ya de su mente. Se acercaba el Mundial 78 en su país, pero Menotti ya había demostrado que no trabajaría con jugadores del exterior. En realidad Menotti renunciaba a un jugador en racha permanente. Cinco veces máximo goleador de la liga francesa de las cuales cuatro consecutivas, sus dos temporadas en el PSG fueron un éxito.

En su último año en el Estrasburgo ya tenía puesta la mente en su vuelta a Argentina. Tenía 30 años, llevaba ya siete en Francia y además pasó mucho tiempo en el banquillo en un último año que no dejó buen sabor de boca. El técnico Gilbert Gresse le había recomendado, pero a la hora de la verdad no confió demasiado en él. Tampoco le ayudó vivir en Mitterlhaufbergen, un pequeño pueblo de poco más de mil habitantes. Justo él, que adoraba Buenos Aires y París. Incluso un problema en un abductor le obligó a pasar de nuevo por el quirófano. Le operó una eminencia como el doctor Nesovict, que ya había curado, entre otros, a Breitner y Neeskens. De aquella época le quedó un gran recuerdo de su etapa en el Estrasburgo. Pasó en el sanatorio dos semanas, y todos los días le visitaba el presidente del club con una botella de champán. Se apellidaba Burd, y había sido un héroe de la resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial y secretario del general Charles de Gaulle durante diez años. Ese trato le marcó y le ayudó a adorar Francia. Y además le sirvió para recordar que poco antes fue a Argentina a operarse de menisco en la rodilla izquierda, estuvo internado tres días al lado del estadio de Vélez y ni un solo dirigente se acercó a verle. Lo cierto es que cuando el señor Burd le dijo que el Estrasburgo había cerrado ya un traspaso al Bastia, Bianchi decidió volver a Argentina. A Vélez, por supuesto.

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El regreso.

Antes marcó el gol 300 de su carrera ante el Saint Etienne y cogió el avión. En julio de 1980, en una derrota 3-2 ante Racing y con 32 años, Carlos Bianchi volvía al fútbol argentino. Sabía que le quedaba poco, y atrás se acumulaban muchos recuerdos. Aquellos partidos ante el Saint Etienne denominados en Francia "los duelos del tango" por su rivalidad con el también argentino Piazza, sus cinco títulos de máximo goleador y también sus heridas de guerra. Nueve puntos en la rodilla por una operación de menisco, 19 por fractura de tibia y peroné, 30 por su intervención de abductores y dos más en la ceja derecha. Pero amaba el fútbol, y por eso declaró a El Gráfico en junio de 1981 una frase reveladora. "Yo tengo que darle gracias a la vida. De niño vendía diarios y de grande juego al fútbol. Y voy a seguir en esto hasta la muerte, como técnico o como lo que sea". Se empezaba a escribir la historia de unos de los grandes entrenadores argentinos de los últimos cuarenta años.

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