Me voy a dormir

Hay que tener mucha afición para ver un partido de España o un cierto gusto por el sufrimiento. O muy poco que hacer, la verdad. No era bastante con que los encuentros de la selección fueran cada vez más aburridos o que ver un gol se haya puesto más difícil que acertar el cupón ese y que mi abuela venga a trabajar por mí. Ahora tenemos otro aliciente, los partidos comienzan a las diez de la noche, una hora propicia para muchas cosas, pero no para ir a un estadio o para sentarse delante del televisor. Los que programan los encuentros de España a estas horas seguro que no saben que la palabra madrugar está incluida en el diccionario de la RAE. Algo de lo que seguramente sí saben, y mucho, los aficionados que van al estadio. Primero se pide el apoyo de la afición y luego se la obliga a ir a las diez. Normal que no vayan.
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Si se prescinde del juego, que ya es mucho prescindir, el único y verdadero atractivo de estos choques es saber si España estará en el Mundial. Queremos saber si veremos el torneo con cierto nerviosismo, aun sabiendo que en cuartos a lo más tardar la selección caería eliminada, o como si fuéramos albaneses, sin poner nada en juego. Por un momento estuvimos cerca de saber qué siente un albanés cuando empieza un Mundial. Claro que todavía estamos a tiempo.
Contra Bosnia quedó claro que la falta de gol es un problema que va más allá de la imaginación de la prensa. Una selección que pretende ser grande o se cree importante no puede fallar tantas ocasiones. Sin gol no se va a ninguna parte. Ver cómo once futbolistas vestidos de rojo y agotados física y mentalmente sufrían contra un equipo inferior como Bosnia quita la ilusión a cualquiera y más a estas horas. Mejor hubiera sido irse a dormir.



