Primera | Zaragoza

El futbolista silencioso

El ruido que provocó su fichaje se apagó enseguida

Mario Ornat
Redacción de AS
Actualizado a

Al pensar en Goran Drulic resulta fácil también pensar en Mateja Kezman. Los dos conformaban la delantera del Estrella Roja cuando el Real Zaragoza se fijó en Drulic. En aquellos días, el jugador serbio (Negotin, 12-4-77) venía por la senda de los grandes delanteros yugoslavos, una escuela siempre pertinente en el fútbol, siempre una referencia en Europa. Drulic se elevaba por encima de cualquier otro nombre, y entró en la agenda del Zaragoza a golpe de goles al Celta de Víctor Fernández. Drulic vino al Zaragoza y se lesionó el 2 de agosto de 2001, el segundo día de pretemporada. Acababa de llegar, pero ya nunca sería el mismo. Kezman, mientras, evolucionó y afiló su juego, fichó por el PSV, se convirtió en un delantero cotizado y terminó en el Chelsea, rodeado de estrellas y del glamour desbocado de Abramovich. El destino diverso de los futbolistas.

En esa contradicción se puede resumir la frustración de Goran Drulic en el Zaragoza. Precedido de una fama bien ganada, venía a rellenar las botas de Savo Milosevic, vendido al Parma, entonces por 4.000 millones de pesetas (24 millones de euros). Ese relevo ya suponía una dificultad para Drulic. El mercado impuso la segunda: el Zaragoza pagó 2.150 millones de pesetas por su traspaso, el más caro de la historia del club. Y entonces, Goran se lesionó. Y después, el Zaragoza bajó a Segunda. Y creció exponencialmente la deuda. Y Drulic volvió a romperse la rodilla, y fue al quirófano otra vez. Así todo.

Parecía que el destino no hubiera querido enfrentarlo a la posibilidad de fracasar, de no estar a la altura de esos retos. Porque sí, se puede decir que el serbio ha sido un fiasco, pero las circunstancias pesan demasiado como para emitir juicios absolutos. A su regreso del túnel, Drulic ya no daba la medida que se le había conocido en el Estrella Roja. Pero la verdad es que casi nadie se lo ha achacado. Es casi un desconocido. Una sombra fatal que pasó a veces por el campo.

En cuatro temporadas, Drulic apenas ha acumulado recuerdos, salvo los que tengan que ver con el dolor, la desgana o la frustración. Habla despacio, con una voz frustrada que trata de imponer la esperanza de una forma desesperada. Entre respuestas nace de vez en cuando un atisbo de ilusión, pero Drulic (que vino muy joven y se marchará con 28 años del Zaragoza) es demasiado consciente de su realidad como para ocultársela a sí mismo.

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El próximo 30 de junio expira su contrato. No va a renovar: "Sé que no van a hablar conmigo. Todo esto es normal. Iré a despedirme de todos y ya está, hay que seguir adelante. El club siempre se ha portado muy bien conmigo". La afición nunca le ha agredido. La crítica, apenas tampoco. Y él siempre ha guardado silencio, incluso en los últimos meses, cuando su destino semanal era la grada o entrenarse, con otros jugadores, al margen del grupo principal del equipo.

Su siguiente paso es buscarse equipo y tratar de volver a ser algo parecido a su recuerdo de Belgrado: "Ojalá me pueda quedar en España, esa es mi prioridad. Me da igual en Primera o en Segunda, lo que me importa es jugar partidos". Eso es lo que pide: volver a sentirse futbolista. Sabe que los deseos pueden no cumplirse. En su caso, casi nunca lo hacen.

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