El Betis, tras seis penaltis
Formidable partido en San Mamés. Ninguna de las alternativas en el juego produjo un gol. Luis Fernández dio el pase a la final tras fallar Ezquerro

El Betis, en el sexto lanzamiento desde el punto de penalti, se ganó el derecho a disputar la final de la Copa del Rey. Hubo que recurrir a esta suerte después de 210 minutos presididos por el equilibrio de fuerzas en los que nadie fue capaz de hacer un gol. Una semifinal completa, se dice pronto 210 minutos largos de juego sin un solo balón alojado en alguna de las dos redes. Dos encuentros completos y el tiempo adicional de una prórroga para dilucidar qué equipo era el mejor y, la verdad es que tampoco quedó claro que lo fuera el de Serra Ferrer. Sencillamente, en esa lotería final contó con la fortuna necesaria para aspirar legítimamente al título que pone el broche a la temporada. Don Manuel no quiso estar presente en San Mamés y visto cual fue el desarrollo del partido probablemente nadie porque es difícil acumular tanta angustia y adrenalina como la que anoche se consumieron en La Catedral, que acogió una fiesta del fútbol, aunque en el último suspiro no lo pareciese por el silencio sepulcral que siguió al lanzamiento de Luis Fernández, el definitivo. Fue un momento impresionante, un silencio de 40.000 almas roto enseguida por la incontenible alegría de los cientos de seguidores andaluces, que tuvieron que bandearse como jabatos para hacer frente al tremendo clamor en que se convirtió la grada desde el minuto uno de juego. Un clamor que fue in crescendo para desembocar en ese colofón que justificó plenamente el gran esfuerzo del Betis y castigó con increíble severidad el esfuerzo no menos colosal del Athletic, que a la postre no pudo valerse del factor campo para volver a una final veinte años después. Ese honor le corresponde a Betis y encierra además un gran mérito porque no se dejó acogotar por el escenario y, pese a que en el tramo final del encuentro sufrió de lo lindo, desplegó un partido notable, con Doblas como estandarte. Cualquiera pudo ganar y el triunfo fue para los de Don Manuel, a lo que no hay nada que alegar, al contrario. Un ganador digno y un perdedor, igualmente digno. Es el fútbol, es la Copa...
Salió el Athletic a toda pastilla, como si quedasen dos minutos de partido. Pretendía intimidar y marcar el terreno, el abrumador peso de una grada encendida acaso impedía una actitud más reposada. Y el Betis aguantó como pudo el chaparrón inicial, saldado con un par de remates para que Doblas fuese entrando en faena y Doblas dejó claro que estaba muy puesto. Un cuarto de hora duró el primer arreón local, el tiempo que tardó el Betis en acariciar el balón y dar dos pases seguidos, de meterse en canción. Y en adelante el panorama sufrió una transformación importante.
Sin control. Aunque Oliveira tardó en catar el tacto del balón, Assunçao, bien secundado por un laborioso Arzu, se acomodó en el círculo central y explotando el pequeño desbarajuste que provocaba la presencia de Benjamín y de Fernando entre líneas, se fue adueñando de la situación. Definitivamente, el Athletic perdió el control y empezó incluso a estar expuesto en defensa. Lafuente tuvo que salir del área para frustrar el primer desmarque de Joaquín a la espalda de una zaga que empezaba a dudar.
Así, con paciencia, logró el Betis situar el encuentro en una tesitura muy favorable para sus intereses. A cada minuto de control andaluz afloraban la precipitación y el exceso de tensión del cuadro local, incapaz de recuperar las riendas, fallón y precipitado, facilitando la tarea a los de Serra Ferrer, que sin asumir riesgo alguno dejaba que el rival se fuese consumiendo en su exceso de ansiedad.
La primera mitad se evaporó sin apenas acciones reseñables, dato éste que certificaba que el Betis había hecho mejor las cosas. Al fin y al cabo, estaba escrito en el guión que la iniciativa correspondería al Athletic, que en casa no sabe afrontar un partido de otra forma que no sea empujando, destilando agresividad y fútbol vertical. Anoche, todo eso quedó en un simple amago, pues enfrente supieron cómo contrarrestar el furor rojiblanco asociándose en torno al balón y creando superioridad numérica en la zona ancha. Eso sí, este período concluyó con dos sobresaltos, un remate violento de Tiko al que Doblas opuso el cuerpo y, sobre todo, una volea de Melli a la salida de un corner que obtuvo una excelente respuesta de Lafuente, en la que sin duda fue la mejor ocasión de gol hasta entonces. Otro aviso visitante que hizo que el calor ambiental descendiese unos grados más.
Ni siquiera el parón provocado por un problema eléctrico en el arranque de la segunda mitad alteró la tónica. El Betis continuó mandando y Valverde hurgó en el banquillo, necesitaba un revulsivo, que acabó siendo doble y no el deseado, pues Etxeberria hubo de retirarse lesionado. Pero surtió efecto a raíz de que una caída del recién ingresado Ezquerro. Megía vio penalti, pero el linier, con buen criterio, le corrigió, la falta de Juanito tuvo lugar a un metro del área. Fue el chispazo que buscaba el Athletic para invertir el color netamente verdiblanco del encuentro. Doblas volvió entonces a estar providencial ante Yeste.
Pero fue un espejismo, pues el Betis no perdió el hilo, volvió a digerir la reacción local e incluso empezó a merodear el área de Lafuente. Daba la sensación de estar más entero y desde luego estaba mejor plantado en el campo. Los minutos discurrían lentos, tensos y la sospecha de que el asunto lo diludaría el primer gol que se registrase fue tomando cuerpo. El 90 estaba ya muy próximo y cualquier acción podía ser determinante, de modo que la estrategia adquiría ya un valor supino. En esa fase las únicas ocasiones y muy claras fueron del Athletic. Sendos centros de Tiko fueron cabeceados de forma defectuosa por Urzaiz y Ezquerro. La grada enloquecía, se desesperaba y el Betis mal que bien aguantaba el tipo. Así se alcanzó la prórroga, esa tortura para el futbolista y para el corazón del espectador. El período extra fue del Athletic, pero no se marcó y el drama llegó con el pitido final del árbitro. Un drama que derivó en epopeya para el Betis, el finalista.
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