Coloccini es el talismán
Aviso al Barcelona: el Depor no ha perdido con él

Aterriza esta noche en Riazor un Barcelona de tronío en el que se habla más de Carlinhos Brown que de las cuitas palaciegas (haberlas, haylas), señal inequívoca de que soplan vientos portantes por la Ciudad Condal. Los de Rijkaard afrontan la recta final del campeonato sin tensión, con el brazo apoyado en la ventanilla y chapurreando japonés ante su inminente minigira asiática (ojo, el primer síntoma del galacticidio fue la indigestión de una de estas turnés temporeras).
Enfrente estará un Deportivo remolón que ha apuntalado su lánguido juego con la irrupción de Coloccini, que ha obrado en el Depor un efecto similar al que produjo Edgar Davids en Can Barça hace un año. Con el argentino, seis partidos jugados y ni una sola derrota. Los coruñeses han arrancado tarde, arengados por un Lendoiro a quien las cuentas le apretarán la corbata si el equipo no entra en Champions.
A ganar o a por los puntos. El Barcelona saldrá a ganar; el Deportivo, a por los puntos. Algo muy diferente, creánme. Lo primero implica disfrute, jogo, diversión, dibujos animados y jugadas dedicadas a la cámara slow motion de Canal Pus. Lo segundo denota necesidad, bronca, miradas avinagradas, amourinharse y guardar la ropa. Los beneficiados serán el balón (ambos equipos han anunciado su intención de apadrinarlo de salida) y el espectador (se sospecha un partido trepidante en el que Valdés, de centenario en Primera, y Munúa justificarán convenientemente su jornal). Si el Deportivo quiere pisar la alfombra roja europea el año que viene, el del Centenario, sólo vale ganar o en su defecto, vencer. Jabo encomendará a Mauro Silva la vigilancia del garoto Ronaldinho, y alineará a un Luque al que aún le escuece el farol de Laporta hace un año. Un gol no cura, pero alivia.
El gesto de Jabo se tuerce cuando adivina la presencia de Deco ("el jugador que todo entrenador querría", confiesa con el colmillo retorcido). El luso abortó el sueño europeo deportivista en Riazor a las órdenes del inefable Mourinho, ese híbrido entre Norman Bates y Hannibal Lecter. Al Depor se le dan bien los rivales grandes, cuanto más mejor. No dobla la rodilla ante la visita de un líder desde 1991. Huele a fútbol a orillas de la playa del Orzán. A fútbol del bueno, ese en el que el empate es un estorbo.
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