El Atleti pincha su globo
El Levante jugó 73 minutos con diez y no sufrió

Así es el Atleti", escucharán hoy continuamente. Y lo cierto es que a nadie le sorprendió lo más mínimo que, después de tumbar al Barça, los rojiblancos pincharan su globo contra el Levante y convirtieran la euforia de una afición que abarrotó el Calderón en un mosqueo monumental. Todo ello en sólo un par de horas de impotencia y aburrimiento. Ahora se queda en tierra de nadie y con la sensación de que la chica era muy guapa pero había bebido demasiado y que no volverá a repetirse, vamos, que lo del Camp Nou fue una noche de suerte. Sólo un apunte. "Así es el Atleti", no. Así es este Atleti.
Porque los de Ferrando volvieron a demostrar que no saben nadar a favor de corriente y que el balón les resulta un objeto extraño. El impulso de Barcelona les duró media horita. Al menos le duró a Torres, al que le bastaron 17 minutos y la falta de sentido común de Culebras para expulsar al central del Levante. La primera vez que se cruzaron, el defensa quiso atemorizar al Niño a golpes y se ganó la primera amarilla. Lo que nadie sabe es qué demonios quiso hacer poco después cuando derribó a Torres, al que le quedaba un mundo para llegar al área, y se fue a la calle sin haber sudado. Sólo hay dos posibilidades: o fue una estupidez o fue una táctica de Schuster.
Partido nuevo.
Con uno menos, el alemán, que aplazó su inevitable muerte, replegó a su equipo y acabó así con Torres. El Niño se pasó el resto del partido sin espacio para moverse, dando vueltas sin sentido como un gato encerrado en la jaula de un hamster. Así, la responsabilidad pasó a sus compañeros y estos se dedicaron a mirar hacia otra parte y silbar. Pío, pío que yo no he sido. Pero ni por esas pudieron evitar que el balón se convirtiera en una propiedad casi privada. Y el Levante, encantado. El Atlético resultó tan plano como un grupo de rock formado sólo por tres bajos. Un ritmo sostenido, ni lento ni rápido. Sin sorpresa, sin talento, sin oportunidades. Sin más obligación que tocar y tocar porque está mal visto dejar suelto el balón y sentarse en el césped a merendar.
El único dispuesto a salirse del plan era Colsa, pero Ferrando le sentó en el 35' para meter a Núñez como segundo punta y pasar a un 4-4-2 en rombo. El cambio de sistema era lógico y sé lo que me dirán los puristas: "Luccin es más ordenado para jugar como único pivote y Colsa tiende a dispersarse". Ya saben, el rollo de que el partido perfecto acabaría 0-0. Fenomenal. Pero dudo que la cosa hubiera podido ser peor con Colsa. Por cierto, el Calderón debe preferir morir de pie que vivir de rodillas, porque le dedicó al cántabro la ovación de la temporada.
Mientras el Atlético mareaba la perdiz (y al respetable), Rivera se hizo con el partido de manera invisible. Logró mantener casi siempre la pelota lejos de su área y encontró a menudo a Ettien para depararnos un duelo de superhombres con Perea, que terminó en tablas. Por cierto, el colombiano y Pablo tienen más problemas para frenar al músculo que al talento.
Así, entre bostezos, moría el partido. Se comenta que Ibagaza se quedó dormido en un córner y que el que correteaba despistado por allí era un espontáneo. Pero, de repente, un destello. El Atlético enlazó su mejor jugada de la Liga: pared entre Luccin y Pablo, taconazo del Caño a Gronkjaer y centro del danés rematado por Torres. Mora la sacó como pudo (mal) y dejó el balón muerto a un metro de la línea. Salva acudió a remachar lo infallable y colocar la moral rojiblanca por las nubes. Pero hay años que uno no está para nada y lo único que mandó a las nubes fue el balón. La moral, hundida en el río.
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