Copa del Rey | Numancia 0 - Atlético de Madrid 0

No fue fútbol, fue rugby

Numancia y Atlético, con cinco defensas y sin gol

<b>PARTIDO DE CHOQUE. </b>En la imagen, Ochoa agarra a Salva en un córner. Todo el encuentro fue igual, plagado de forcejeos y escaso de fútbol.
Iñako Díaz-Guerra
Actualizado a

Las alineaciones fueron una tenebrosa declaración de intenciones. Ya se sabía que el Numancia saldría con cinco defensas para dejar sin espacios a Torres. Era el equipo pequeño (aunque local en un partido de Copa, no lo olvidemos) y su cobardía no sorprende. Más rara fue la decisión de Ferrando de tocar lo que funcionaba. El Atlético venía de jugar un muy buen partido contra el Albacete, pero la baja de Gronkjaer y la altura de los puntas rivales (Miguel de 1,96 y Rafa de 1,91) le hicieron meter a García Calvo junto a Pablo y Perea. En un campo estrecho como es Los Pajaritos, tanta acumulación de defensas convirtió el fútbol en una especie de rugby: percusión, patada a seguir y mucho choque. Supongo que el resultado les deja satisfechos a los dos, pero alguien debería preguntar a los 4.500 incautos que pasaban frío en la grada.

La primera media hora nos hizo soñar con otra cosa. El Atlético, con un Colsa muy inspirado demostrando que tiene bastante más fútbol que Sosa, supo aprovechar el experimento de su técnico. Los carrileros, sobre todo Molinero, se incorporaban con insistencia y hasta Salva, que remato tres veces y al que sólo la súbita aparición bajo los palos de Velasco le impidió marcar, parecía enchufado. Pero el juego físico del Numancia acabó por imponerse y se acabó el fútbol.

Sin perdón. Si el balón le llegaba a Torres, por allí aparecían Ochoa o Pignol para placarle. El Niño sufrió seis faltas y acabó siendo sustituido por primera vez en lo que va de temporada. Si el objetivo de Máximo era sacarle (mental y físicamente) del partido, lo logró con creces. Si la pelota caía por casualidad en los pies de cualquier defensa o centrocampista numantino, no tenía duda: patada a seguir y a rezar por que cayera en el campo de acción de uno de los dos bigardos que tenía arriba.

Cuando esto sucedía, uno, ya desesperado, deseaba más que nada en el mundo la transformación de la rana en príncipe. Que aquellos tallos con apariencia torpona se convirtieran en Fred Astaire. Vamos, que Miguel y Rafa fueran Ibrahimovic. Pero ayer, cuentos los justos. Ambos se mostraron tan poco duchos como aparentaban y Perea les dejó en evidencia una y otra vez.

Así, todo el mundo mirando al cielo, transcurrieron los minutos hasta el descanso, tras el cual el Atlético sufrió su inevitable cuarto de hora de caraja. El Numancia no necesitó cambiar de plan (por llamarlo algo) para que los rojiblancos tuvieran que encomendarse a Leo Franco, que, una vez más, cumplió. En el minuto 55, en la única patada a seguir local que no acabó en las manos del argentino, se formó un barullo divertidísimo con la gente cayendo sin ton ni son. Uno de ellos fue Rafa, que se las ingenió para rematar al palo. En la siguiente jugada, Tevenet cazó un rechace y disparó desde fuera del área provocando una gran parada de Leo.

Mientras sucedía todo esto, el pobre Ibagaza deambulaba por allí como un hobbit alucinado. El balón sobrevolaba a mil malditos metros de su cabeza. Pero los gigantes se despistaron en el minuto 73 y el balón cayó en sus pies, escorado a la derecha y a 15 metros del área. Levantó la cabeza, vio aparecer por el otro costado a Richard Núñez (aún por saber si es carne o pescado) y le metió un pase maravilloso. El uruguayo remató en carrera dentro del área pequeña y Juanma se vengó del Atlético, que le echó de malas maneras el año pasado, con un paradón abajo que bastó para desviar al palo.

Tras el destello, todo volvió a la triste rutina. Sólo la decisión de Ferrando de dar entrada a Braulio en el 88' dio un poco de vidilla. No sé que más tiene que hacer el chaval y cuán bajo debe caer el rendimiento de Salva y Torres para que le den minutos de verdad. Seamos serios, Paunovic tardó años en marcar la cantidad de goles que ya lleva el chaval (tres, tampoco se vayan a creer). Y así, muy lentamente, murió el partido con un resultado que lo deja todo igual menos el ánimo. Ojalá hubiera vuelto a nevar.

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