Oro, incienso y... Ronaldo
Ronie provocó un penalti y Zidane lo transformó. A Luxemburgo le sobraron dos minutos. Gran Real Madrid. La Real no se enteró de nada

Empezaremos por Ronaldo, porque suya fue la victoria. En alguna ocasión hemos comentado que a sus cualidades como futbolista, muchísimas, Ronaldo añade un incomparable sentido de la oportunidad, virtud que no sabe de michelines y que lo hace superior a los demás jugadores del mundo, e incluyo a los mejores arietes que se les ocurran, esos que quizá marcarían tantos goles como nuestro protagonista caso de habitar en el área del Real Madrid, pero con la mitad de gracia. Porque el mérito de Ronaldo no es sólo marcar goles, que lo hace, sino marcar esos goles que trascienden el marcador ya sea por su belleza o por su importancia, incluso por la anécdota que los rodea, o por su celebración, o por su sonrisa. No hablamos de un delantero, sino de un especialista en finales felices.
Ayer volvió a ocurrir. El partido, su apéndice, reunía todas las extravagancias posibles: seis minutos, marcador incierto, entrenador nuevo, tarde de Reyes, acceso libre. Sin matasuegras, hubiera sido difícil imaginar un desafío más a la medida de Ronaldo, algo que le pudiera parecer más festivo y que le exigiera menos esfuerzo físico. Y eso que cuando Guti centró desde 60 metros, Ronie ya había dado algunas muestras de agotamiento, así de trepidante se reanudó el partido, el Madrid volcado (tres ocasiones en minuto y quince segundos), la Real achicando el océano.
Aquel centro de Guti voló demasiado, o eso parecía. Más que un misil era una bomba de mortero y en su vuelo dio tiempo a pensar muchas cosas, como que ese balón no bajaría nunca o que, de hacerlo, sería despejado por un fornido central donostiarra que lo sacaría del estadio. Sin embargo, la pelota aterrizó junto a Ronaldo y botó dos veces y en cada uno de esos botes se empezó a condenar la Real Sociedad.
Improvisación. En ese instante, y habían pasado cuatro minutos, se confirmó lo que ya se intuía casi desde el primer segundo: la Real sólo tenía preparado el saque de puerta, ni un mal plan de evacuación en caso de ruina, ni faltas, ni pérdidas de tiempo, ni un truco, abandonados al viento.
Si era peligroso dejar botar aquel balón en la frontal, casi en la esquina, resultaba suicida permitir que Ronaldo controlase, primero, y encarase después, e hizo ambas cosas. Inmediatamente después ejecutó una de sus maravillosas bicicletas estáticas y Labaka entró al trapo como un toro: zancadilla clarísima y penalti tan absurdo como indiscutible. Zidane lanzó y marcó el gol de Ronie. Riesgo adivinó la trayectoria del disparo, pero no acertó a despejar la pelota.
El otro héroe del partido fue Vanderlei Luxemburgo. Aún por conocer su capacidad y talento, es incuestionable su coincidencia con el éxito. Todo lo que haga a partir de ahora estará bendecido por el partido de ayer, que lo convierte desde ya mismo en portador del anillo, en la esperanza blanca. Sólo algo tan irracional y mágico como la remontada en seis minutos puede cambiar el rumbo de un equipo que moría por falta de juventud e ilusión. Ahora, al menos, se abre una rendija por la que entra luz, quizá queden todavía seis meses de buen fútbol.
Aunque no es tiempo suficiente para que las conclusiones sean fiables, el Madrid que saltó al campo lo hizo con un maravilloso entusiasmo, convencido de que el gol era posible, comprometido, sin risas tontas, con la actitud de quien afronta una prórroga decisiva y agónica, de gran campeonato, justo el comportamiento contrario al que mostró la Real Sociedad, que acudió al Bernabéu a que le sellaran el empate. De lo bueno y de lo malo que se vio tienen mucha culpa, si no toda, los respectivos entrenadores y su forma de mentalizar a los futbolistas.
Después del gol, Luxemburgo retiró a Ronaldo e incluyó a Pavón, sustitución que chocó un tanto, pues, en plena euforia local, resultó muy poco romántica. Por pensar bien, se entendió como un homenaje al delantero. Luego reemplazó a Raúl por Solari, que había sido convocado pese a llegar ayer mismo de vacaciones y no haberse entrenado ni un solo día. Mejor o peor, no cabe ninguna duda de que este entrenador será de lo más entretenido.
Por cierto, aunque obvia, hay que reseñar que su primera decisión como entrenador fue alinear a Morientes en sustitución de Figo, lo que fue un completo acierto, porque el Moro estuvo fantástico tanto en sus acciones como en sus intenciones. Que nadie descarte el enésimo redescubrimiento de sus capacidades y que el Liverpool se quede al final con las ganas. Morientes es un futbolista necesario en cualquier equipo y el Madrid no tiene uno igual, buen rematador de cabeza, competente con el pie y capaz de fijar a la defensa contraria. Y vale mucho más que 10 millones de euros, por lo menos el doble (Samuel costó 25, recuerdo). Otra cosa es que el chico aguante esta vida de bolero, de amores y desamores.
El ángel. Varias conclusiones: Ronaldo es un ser aparte y conviene asumirlo. Y ese privilegio, que se amortiza con creces (con goles, prestigio y encanto), no lastra al equipo siempre y cuando no haya otros que lo gocen. En una de las entrevistas posteriores al encuentro, Ronie, casi al final, lanzó un tímido reproche a quienes le habían criticado por descolgarse de sus compañeros en un entrenamiento. ¿Y saben qué? Dieron ganas de abrazarle.
Como se preveía en la víspera, era la situación ideal para el Real Madrid, porque más que un partido era un anuncio de Freixenet, sólo faltó una palomita de Casillas para completar el cuadro de familia. Pero hubo cosas inesperadas. Como la celebración del final, el corro que se formó sobre el césped, un festejo digno de un título. También gustaron los gestos de Luxemburgo, sus gritos, su pasión, el modo en que salió al campo a felicitar a sus jugadores, quizá un sargento brasileño fuera la cuadratura del círculo (vicioso), la solución definitiva.
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Si dieron ganas de abrazar a Ronaldo sucedió algo parecido con Amorrortu, al que se vio totalmente afligido, con un absoluto sentimiento de culpabilidad, porque a diferencia de los genios, los iluminados y los próceres, la gente razonable reconoce de inmediato el error propio y se siente aplastada por él. Estoy convencido de que se hubiera sentido liberado si hubiera podido ponerse de rodillas en un rincón del vestuario con los brazos en cruz y orejas de asno.
También hubo mucho público, más de 20.000 personas. Hay quien piensa que todos los partidos deberían ser como los de ayer, concentrados. En esa Liga el Barça no estaría a diez puntos.



