Un lateral muy modesto
Defensa sacrificado y modesto, Vanderlei Luxemburgo inició su carrera futbolística en el Botafogo. De allí pasó al Flamengo, donde no pudo quitarle nunca la titularidad a Junior. En 1980 se hizo entrenador y 10 años después dio la campanada derrotando a los grandes y ganando el título con el Bragantino.


Cantarele, Toninho, Rondinelli, Manguito, Junior, Carpeggiani, Adilio, Zico, Tita, Luisinho y Julio César fue una alineación tipo del Flamengo de los últimos años 70, el que se considera quizá el mejor de todos los tiempos por delante del Fla campeón de 1944. En ese equipo y como suplente de Junior esperaba su turno Vanderlei Luxemburgo, que había llegado al equipo en 1971. Lateral sacrificado, pasó tanto tiempo en el banquillo que al final se convirtió en uno de los técnicos más laureados de la historia de Brasil.
Nacido el 10 de mayo de 1952 en Tingúa (Nova Iguazú, Río de Janeiro), y antes de que se convirtiese en un paulista más como entrenador, como carioca empezó a tratar de ganarse la vida a medias siendo futbolista. Digo a medias porque siempre tuvo un camino paralelo en los estudios y el comercio por si lo del fútbol no cuajase. Y lo cierto es que como jugador no terminó de hacerse un hueco. Con 12 años entró como conductor del equipo infantil en el Botafogo de Río (el equipo de Garrincha, no confundir con el Botafogo de Riberao Preto, cuna del doctor Sócrates), y allí ganó tres títulos cariocas de infantiles hasta que le llegó una oferta del Flamengo. Zagallo fue quien le permitió saltar al Flamengo, aunque no le dio demasiadas oportunidades en el primer equipo. En su segunda temporada allí, y siempre como centrocampista, ganó el título carioca de juveniles, participó en la selección brasileña que ganó el torneo juvenil de Cannes en 1973 y 1974 y abandonó en 1978 el Flamengo como suplente eterno de Junior para llegar al Internacional de Portoalegre. Allí se proclamó campeón gaucho, en un equipo con Batista y Falcao como estrellas y también con muy pocos minutos como titular.
Retirada.
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Su vuelta al Botafogo fue triste, porque llegó a un equipo en ruinas, alejado del glorioso de los años 60 de Gerson, Jairzinho y Manga. En esa crisis, Luxemburgo agotó sus últimos dos años como futbolista hasta que una lesión en la rodilla izquierda le dio en 1980 el empujón definitivo. Fue una carrera discreta, aunque jamás quiso abandonar. Pero su graduación en la facultad de Castelo Branco y su título en Educación Física le impulsaron a hacerse técnico.
Todo empezó en 1980, tras abandonar el Botafogo. Trabajó como asistente de Antonio Lopes en el Olaría, el equipo en el que empezó Romario. Llegó meses después de que éste se marchase al Vasco, aunque años más tarde se enfrentarían en una de las mayores polémicas de la historia de la selección brasileña. A las órdenes de Lopes trabajó en el América de Rio hasta 1982, cuando decidió empezar por su cuenta. Fue en modestos como el Campo Grande, el Rio Branco, Friburguense, Demócrata, dos años en los juveniles del Fluminense, América de Rio ya como primer entrenador y un paso por el fútbol árabe como asistente de Joubert Luis Meira en Al Jeddah y Al Shabbabh. Todo eso en cinco años. Hasta que en 1988 recibió una oferta del Bragantino. Pudo elegir su equipo de trabajo y fue allí donde dejaría a Brasil con la boca abierta. Primero convirtió al Bragantino en campeón de Segunda División en 1989 y meses más tarde conquistó el título paulista. Fue su primer gran triunfo, aunque ya en 1983 había ganado el campeonato Capixaba con el Rio Branco. "Con toda esta metodología de trabajo que iniciamos aquí en Braganca, la conquista de algún título era inevitable", dijo Luxemburgo tras el título paulista de 1990. Gracias también al impulso de la familia Chedid, dueña del club hacía 30 años, el Bragantino sembró el pánico entre los grandes. "Todo un laboratorio de fútbol", dijo el médico Marco Aurelio Cunha. Lo cierto es que la preparación física que tanto cuida Luxemburgo fue clave en aquel equipo, que en tiempo récord llegó a recuperar de sus lesiones a seis titulares para la final ante el Novorizontino. Un Bragantino con el lateral Gil Baiano, el mediocentro Mauro Silva (años antes de convertirse en uno de los mejores de la historia) y los centrocampistas Mazinho y Tiba como estrellas. Y siempre con la obsesión por la condición física, como se aprecia en las entrevistas a cualquier jugador de ese equipo. Aquel Bragantino pudo con Santos, Corinthians y Sao Paulo y, el 26 de agosto de 1990, con un empate a uno ante el Novorizontino, se proclamó campeón. Vanderlei Luxemburgo había avisado ya al resto de técnicos brasileños.



