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Planeta Robinho

La infancia de Robinho transcurrió en Sao Vicente, uno de los barrios más pobres de Santos. Vivía en una humilde casa junto a sus padres y se alimentaba a base de sandwiches de jamón y queso. A pesar de esas carencias sólo tenía una preocupación: jugar al fútbol el máximo tiempo posible.

<b>EL BARRIO DE ROBINHO. </b>En el número 30 de la calle 21 de septiembre (la de la imagen) nació y creció Robinho. Allí ya hay aficionados madridistas (ver al chico de la bicicleta).
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En Sao Vicente dicen que el mejor regate de Robinho fue el que le hizo a la vida. El 25 de enero de 1984 nació en este humilde barrio de 300.000 habitantes situado al este de Santos. Creció en una familia pobre formada por tres personas (sus padres, Jilvan y Marina, y él, que era hijo único) que vivía en un piso de 30 metros cuadrados. Los padres dormían en una pequeña cama y Robinho en un sofá.

Cuentan los que le conocieron de pequeño que era muy difícil ver a Robinho sin un balón en los pies. Cada tarde, ocho niños llegaban al número 30 de la calle 21 de Septiembre para llamar al futbolista del Santos. El partido ya estaba montado. No se necesitaba más que un balón (desinflado y pelado) y un espacio para jugar un partidillo que a veces se alargaba hasta la noche. Ni siquiera hacían falta zapatillas. Robinho jugaba descalzo en un campo de arena cercano a su hogar (hoy día, una fábrica borra ese recuerdo). Incluso de camino a casa seguía haciendo tabelinhas (paredes) con los muros de los edificios.

Esta manía de jugar descalzo perduró en el tiempo, pero unos años más tarde sus entrenadores se lo prohibieron porque en el parqué se le levantaban las uñas y sus pies se llenaban de quemaduras. A él le daba igual. Seguía jugando. Su llamativa delgadez tiene dos explicaciones que encontramos en su barrio: la primera es que la familia pasaba muchos problemas económicos y no había demasiado que echarse a la boca y la segunda es que Robinho comía poco. De pequeño sólo se alimentaba de sandwiches de jamón y queso fundido. Siempre le pedía eso a su madre y ni siquiera comiendo soltaba el balón. Cuando Robinho comenzó a jugar en el Santos estuvo a punto de dejarlo por no tener dinero para el desplazamiento. Los padres lo pedían prestado a los vecinos y entre todos facilitaron que Robinho siguiera jugando al fútbol.

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Visitar el colegio Leopoldo Sao Vicente (allí estudió desde 1991 hasta 1994) y estar en su clase es constatar una vez más que los grandes del fútbol no fueron buenos estudiantes.

Estudiaba poco. Él prefería más un balón que un libro, comentaban los profesores. La directora, María Teresa Rosa Machado, decía: Yo le decía hay que estudiar, pero él se reía, me miraba con cara de niño bueno, cogía el balón y se iba al patio. Sólo sabía hacer eso. Ganaba los campeonatos del colegio. En clase estaba sentado cerca de la puerta para salir de los primeros. Cuando empezó a jugar en el Santos, nos pedía salir antes para que le diera tiempo a llegar a los entrenamientos. Me decía que hablara con su madre, que ella le daba permiso. Para Robinho, el fútbol era todo y fíjese, su apuesta no le ha salido mal porque va a jugar en el Real Madrid ¿no?....

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