Primera | Mallorca 1 - Atlético 1

Colsa tiró la muralla Cúper

Cerrojazo local. Buena segunda parte del Atlético

<b>LUCHA BALDÍA</B>. Un día más, Torres peleó en solitario con la zaga rival. El Niño rozó el gol, que hubiese premiado su demostración de carácter.
Iñako Díaz-Guerra
Redacción de AS
Actualizado a

Los entrenadores son gente extraña. Les pasa un poco como a las novias (novios, dirán ellas), hasta a las que más te gustan nunca terminas de entenderlas del todo. Ayer en Son Moix vivimos un nuevo episodio del serial Los designios de un técnico son inescrutables. Por partida doble, además. Comenzó Héctor Cúper. Hasta el golazo de Arango, el Mallorca demostró que el argentino es un maestro en sacar zumo de una piedra. Porque ha llegado a un equipo que no tiene casi nada, pero que durante media hora se permitió mostrar a Jorge López tirando caños o al venezolano Arango poniendo una falta en la escuadra como si fuera Schuster.

Durante esa fase, el Mallorca no necesitó el balón para dar sensación de control. De hecho, el Atlético logró un 71% de posesión en la primera parte. ¿Para qué? Para nada. Ni siquiera remató. Sin Ibagaza y Luccin sobre el campo, el equipo rojiblanco le da un trato funcionarial a la pelota. Toca y toca en horizontal, como por obligación, va a un lado, al otro, vuelve y, cuando ya se aburre, la cuelga arriba. Nadie intenta un desborde, sólo Torres se ofrece y, cuando lo hace, normalmente no saben dársela. Bueno, pues en vista de que el Atlético era incapaz por sí mismo de acercarse a 40 metros de la portería del Mallorca, Cúper metió a todos sus jugadores en su área. Lo dicho, cosas de entrenadores: Como vosotros no podéis superarnos, yo me quito de en medio y ya está. Camino libre.

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Reacción. Tras el descanso, el Atlético aceptó la invitación del técnico local y se lanzó a por el partido. Con sus evidentes limitaciones, pero también con una virtud que crece día a día: la fe. El de ayer fue el tercer partido consecutivo en el que los rojiblancos igualaron en los últimos instantes un marcador contrario. Del suministro de carácter se encargaron, un día más, Torres y Sosa. Luego, la entrada de Ibagaza hizo el resto y el Atlético se comió a un Mallorca cada vez más cobarde. La suplencia del Caño fue el primer ataque de entrenadoritis de Ferrando. Si estaba recuperado como para viajar, ponle de titular. Si resuelves pronto, le quitas. Si se resiente, le quitas. Si está mal, le quitas ¡Pero no renuncies de inicio al principal toque de calidad que tienes! Vamos, digo yo.

Mientras de mi cabeza salía humo intentando comprender tanto misterio, Perea se exhibía. Carrera va, carrera viene, hay ratos en que parece absolutamente insuperable. Escribo esto viendo a Samuel patear el aire y se me ocurren mil maldades. Perera y Luis García (permanentemente en fuera de juego, intentando alejarse lo más posible del colombiano) dimitieron. Lo que nos dio la oportunidad de disfrutar unos minutos de Tuni, un canterano que ha regresado a Mallorca tras una cesión al Salamanca y tiene una pinta excelente. Un cabezazo suyo permitió a Leo Franco, un poco adelantado, realizar la parada de la jornada. Con 1-0, Pablo remató, a puerta vacía, al palo. Es el octavo poste del Atlético en Liga. Una barbaridad. Y cuando parecía que la suerte iba con el conservador, Colsa cabeceó a gol una gran falta de Ibagaza. El Mallorca estaba vendido y... Ferrando se conformó y acabó sacando a Braulio para perder tiempo. Lo dicho, los entrenadores tienen razones que la razón no entiende. Ni yo.

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