Capitulación en Riazor
El Deportivo está virtualmente eliminado de Europa

El peor Deportivo en Europa de los últimos cinco años capituló anoche en Riazor. Ni un solo gol en cuatro partidos (es el único que no se ha estrenado) y una sensación de que lo peor está por venir aún.
La historia de éste Deportivo es la de un naufragio anunciado. Una involución que tiene su origen en el mes de mayo. Concretamente en la derrota que sufrió en semifinales de Champions ante el Oporto. La plantilla, madura tirando por lo bajo, se enfrentó al mayor desafío de su carrera, sabiéndose ante una oportunidad irrepetible, por edad y entidad. Un partido vetado a la indiferencia: era gesta o estrépito. Y salió cruz. Algo que repecurtió en la autoestima del grupo. La plantilla se marchó de vacaciones groggy, situación que se recrudeció ante la negativa de Lendoiro de airear un vestuario enrarecido por la convivencia. La estancia media de los jugadores deportivistas en el club es de cuatro años. Y ya se sabe que pasados los tres años, la pasión se apaga y el amor se vuelve cariño.
El Depor es ahora previsible para todo el mundo. Sus aficionados y sus rivales. Especialmente, para sus rivales. Si a eso se le une el hastío, el resultado es un equipo sin altivez ofensiva y decrépito en defensa. Un bloque que se atrinchera fuera de casa y se desespera en Riazor con el balón en los pies. Sin nueve y sin bandas.
Sin Xabi Alonso (con molestias físicas), ni Tristán (con otro tipo de molestias por su suplencia) arrancó el primer y el último ultimátum deportivista en Europa. A los quince segundos Baros ya había probado a Molina, que retrasó lo inevitable en los últimos tiempos en Riazor, el gol visitante. Esta vez, rozó lo rocambolesco con un tanto en propia meta de Andrade. Un par de tibios intentos de Sergio y Pandiani, que no admitiremos como reacción y sí como berrinche, saludaron el gol inglés. El berrinche lo atestigua la estadística. Ni un tiro a puerta. ¿Entienden por qué el Depor no se ha estrenado en Europa todavía?
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Pitos. En la segunda parte la grada arrancó pitando. Silbidos selectivos. Pitidos con mensaje. Primero, a Valerón. Un ejercicio de una crueldad intolerable. Magic Johnson también tenía sus malos días, cuentan. Criticar al hombre que ha regalado tanto fútbol a Riazor es una broma pesada. Porque encima no es de los que se esconde. El problema es que nadie le propone una pared, un desmarque, un apoyo. Y eso siendo el hombre más vigilado de tu equipo te complica las cosas mucho. Muchísimo. Los segundos silbidos fueron para Javier Irureta. Culpable como el que más o como el que menos. Jabo parece tener la culpa de que Luque esté lamentable. ¿Qué decir de un Víctor que empeora al catalán? ¿O de un Pandiani desastroso? E incluso de un Diego Tristán al que se le espera desde hace un par de temporadas, más o menos. El irundarra se enfrenta a este panorama después de siete años y tras pedir un mediocentro y un hombre de banda este verano.
Enfrente, un equipo al que lo bueno le está por llegar con un Benítez al que su inquina le priva de disfrutar el momento. Este dominador de los códigos del vestuario y del campo, que se mueve sibilinamente fuera de ellos, es un notable entrenador muy celebrado en este fútbol del eres lo que ganas, en el que Capello es más que Zeman. Y yo, qué quieren que les diga, sigo prefiriendo Martirio a Madonna, por muchos discos de oro que tenga la Ciccone en casa. A Benítez, grandísimo entrenador, aún le tengo que encontrar el punto. Ayer el Depor capituló ante el Liverpool en Riazor. Acaboúse. En Europa, al menos.



