El Dinamo rinde culto a la memoria de Lobanovsky
Con él, el club ucranio consiguió sus mayores éxitos

Corría el año 1986. El Atlético de Madrid se había clasificado para jugar la final de la Recopa. El rival era el Dinamo de Kiev. Para estudiar a su rival, Luis Aragonés, técnico de los rojiblancos, se desplazó hasta la capital ucrania para conocer todos sus secretos.
Cuando llegó al entrenamiento, el panorama era desolador. Los jugadores iban cada uno a su ritmo. De repente, apareció un señor que comenzó a dar palmadas. La plantilla empezó a trabajar con carreras, ejercicios físicos y con balón. Cinco minutos después, Aragonés se volvió hacia su acompañante y le dijo: Vámonos. A estos no les ganamos ni de casualidad.
Ese señor era Valery Lobanovsky, el Zorro plateado, coronel del Ejército, ingeniero de profesión, cara de pocos amigos y enrojecida por el vodka (según las malas lenguas) y forjador del gran Dinamo. Lobanovsky nació el 6 de enero de 1939. Muy joven, a los 29 años, y tras brillar como extremo izquierdo, se convirtió en el entrenador de un modesto equipo de Segunda, el Dnieper. Su labor fue excepcional: en apenas cuatro años subió al equipo a Primera y le colocó entre los seis primeros del campeonato.
Con el Dnieper desarrolló su credo futbolístico: velocidad, fuerza, disciplina táctica, juego colectivo, presión en todo el campo y un generoso trato con el balón. Todo eso lo llevaba a cabo en agotadoras sesiones de entrenamiento (los jugadores le conocían como El monstruo). Pero para Lobanovsky, amante de los rígidos modelos matemáticos -en sus tiempos de jugador era habitual verle marcar goles olímpicos, ya que su obsesión por la perfección era tal que ensayaba los lanzamientos con papel y lápiz-, los jugadores eran la materia prima. Sin ellos, el entrenador no vale nada, solía decir a cualquier periodista que le preguntaba.
Entrenó al equipo de Kiev en tres etapas, consiguiendo ocho Ligas soviéticas, seis Copas de la URSS, dos Recopas y una Supercopa Europea. Tras la diáspora rusa, conquistó cinco Ligas ucranianas consecutivas y tres Copas. A este currículum hay que sumar la Liga que logró como jugador del Dinamo en 1961 con el número 11 a la espalda. Siguió dirigiendo al equipo pese a sufrir múltiples enfermedades. Pero no se arredró: llegó a dirigir partidos a través de su teléfono móvil. Sus ayudantes, Demianenko y Mikhailichenko, pueden asegurarlo.
Lobanovski modernizó el club de sus amores. Tras ir desapareciendo las grandes figuras, el técnico no renunció a disminuir el potencial de los ucranios y contrató a jóvenes promesas. Consiguió deslumbrar con tres generaciones de jugadores. Sus líderes fueron Blokhin en los 70, Belanov en los 80 (ambos Balón de Oro en 1975 y 1986, respectivamente) y Shevchenko en los 90. Pese a su fama de arisco, Lobanovski sabía encontrar grandes talentos. Si no, que se lo pregunten a Oleg Blokhin, de padres atletas, y en el que el técnico vio a un buen delantero, o como cuando se fijó en un chaval alto y flaco, que apenas contaba con 13 años de edad y que llegaba sonriente de Gales con un par de botas de fútbol que le había regalado un tal Ian Rush. Ese afortunado delantero es Shevchenko.
La muerte le sorprendió lejos de Kiev, en Zaporohie, al este de Ucrania, donde estaba para dirigir a los suyos ante el Metalurg. Su equipo ganó (1-3) pero tras el partido fue ingresado de urgencia. Dos derrames cerebrales seguidos acabaron con su vida en mayo de 2002.
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síntoma de ansiedad
Valery Lobanovsky era un técnico muy tranquilo, pero sólo de puertas hacia fuera. Por dentro, el nerviosismo que suele encerrar un partido de fútbol lo disimulaba de una manera muy curiosa: siempre se mecía de atrás hacia adelante y de una manera continua desde el comienzo hasta el final. Eso sí, con una mirada fría y adusta que hacía temblar al más pintado.



