La clase y el atrevimiento
Marcaron Morientes y Owen, pero brillaron más Álex Pérez y Javi García. El Leganés fue un rival digno, pero muy inferior. Gran gol de Dani Ruiz

Suena un tanto despectivo hablar de extrarradio o de ciudades dormitorio, más aún cuando el extrarradio ha crecido hasta convertirse en aguja del compás y cuando las ciudades dormitorio cuentan con salón comedor, cocina amueblada, piscina, pádel y 40 minicines. Madrid capital, que empezó siendo el planeta, ha terminado por ser el satélite turístico, el casco viejo, el recinto amurallado, un lugar lleno de japoneses donde sólo vive Sabina.
Quizá por eso no se llenó el campo de Butarque, porque una vez asumido por los seguidores locales que con ese equipo era casi imposible ganar no había excesivo interés en ver cómo lo hacía el Madrid. Cuestión de orgullo patrio. Todos llevamos un equipo de hockey patines en nuestro interior.
Si no hubo en el campo más presencia de aficionados blancos (ayer negros) es porque, a excepción de los lugareños, casi nadie conoce a ciencia cierta la salida adecuada para llegar a Leganés y circula la leyenda urbana de que si te pasas el desvío desembocas en el Triángulo de las Bermudas, junto a un portaaviones de la Segunda Guerra Mundial y la cabina de López Vázquez.
Ganó el Madrid y se clasificó para los dieciseisavos de final de la Copa del Rey. Lo hizo sin más brillantez que los nombres de los goleadores, Morientes y Owen, y con esa falta de contundencia habitual (Caballeros de la Angustia) que permitió al Leganés soñar con el empate hasta el último instante. Digo soñar porque muchas ocasiones no tuvo, sólo sueños y un portero que subió al final en busca del remate imposible. Poder contar que llegaste a eso contra el Madrid es una forma de perder menos, de ganar algo.
Fue uno de esos partidos que no exigen al espectador demasiada atención (tampoco al futbolista), que permiten otras actividades simultáneas, ya sea ojear el periódico atrasado o hacerse una tortilla campesina, partidos que invitan a conversaciones ajenas al juego, debates sobre los pollos de Mingo y asuntos así. El fútbol, que es un deporte apasionante, nos recuerda de vez en cuando su origen paleolítico, patada a la piedra y regate al mamut.
En el Real Madrid, Morientes jugó como segunda punta y Owen ejerció de ariete, situación inversa a la que sugieren sus fisonomías pero que no resultó del todo mal; aunque tampoco bien. En el centro del campo se concentraron los Pavones: Javi García, Borja y Álex Pérez. Los tres comandados por Celades, lo que es como ir al cine acompañados por el tío soltero.
Seguramente lo más destacable para el Madrid, además del resultado, es que los canteranos no se conformaron con pasar inadvertidos. En especial, Álex Pérez, que se descubrió como un futbolista interesantísimo para la banda izquierda, el flanco más desguarnecido del primer equipo. Tiene desborde, atrevimiento y ese aire de los jugadores buenos que quieren acaparar protagonismo, de los que sonríen porque se lo están pasando bien. Le dio un pase de gol a Owen que el inglés mandó al limbo y otro no menos malo a Morientes que también fue desperdiciado.
Javi García, que dejó en el banquillo a Juanfran, mostró más contundencia que exquisitez, pero también eso se agradece, cualquier cosa antes del rictus afligido al que nos tenían acostumbrados otros jóvenes abrumados por la responsabilidad.
Frente al talento sin tensión, el Leganés opuso la dignidad de los equipos humildes, el orden y la entrega, virtudes que le bastaron para mantenerse en pie todos los asaltos, pero insuficientes para ganar el combate. En la primera parte, sus acercamientos más peligrosos fueron dos lanzamientos de falta que atrapó César con seguridad.
Los goles. Si Morientes abrió el marcador al aprovechar un rechace del portero a tiro de Owen, los papeles se invirtieron en el segundo tanto y fue el inglés el que culminó una asistencia del Moro. Owen ha marcado en los tres últimos encuentros y eso resulta prometedor porque da la impresión de que todavía no ha conseguido arrancar la motocicleta. A Morientes hay que reprocharle que se encarara con la grada en su celebración. Los grandes jugadores mandan callar a estadios enteros, pero no deben contestar a los grupos de energúmenos.
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El Leganés acortó distancias gracias a un gol fantástico de Dani Ruiz, que sorprendió a César al sacar una falta a la escuadra cuando se esperaba un centro al área. El ex madridista lo festejó con rabia, como si fuera gol de Champions o como si se lo dedicara al ojeador que le dejó marchar.
A pesar de todo, no pasó apuros el Madrid. Los locales reclamaron algún penalti incierto y eso fue todo lo más que se acercaron al empate. Cuando la distancia entre los equipos es demasiado grande la sorpresa es un milagro, como tomar la salida correcta a Leganés.



