50 años de recuerdos
El Atlético me entregó ayer la Insignia de Oro del club. A mí y a otros 136 veteranos, que hemos visto pasar a nuestro equipo por todo tipo de vicisitudes y ayer vivimos una de las tardes más emotivas de nuestra vida deportiva. Un acto que nos llenó de recuerdos, nos emocionó y nos hizo sentir orgullosos.

Lo más bonito del fútbol es jugarlo. En arenales playeros, áridos solares, en medio de la calle o en el patio del colegio. Así nace una afición, más o menos desmedida, que culmina el día en que puede contemplarse un partido de fútbol de los de verdad. Hoy todo esto es mucho más sencillo, pero hace medio siglo no lo era tanto. Hace cincuenta años no existía en España la televisión, apenas se radiaban cuatro o cinco partidos cada temporada y el juego del fútbol al máximo nivel sólo podía contemplarse in situ o en las breves escenas que ofrecía el NoDo de los encuentros más relevantes.
Yo fui un niño afortunado. Desde que tuve cinco años me llevaron alternativamente cada domingo a los dos templos futbolísticos existentes en Madrid. Dada mi corta edad, me colaban mis tíos en el Metropolitano y en Chamartín sin dificultad alguna. Y junto al placer de jugarlo se desarrolló el gusto por verlo, comentarlo, discutirlo, analizarlo, coleccionarlo...
Como era lógico tuve que tomar partido. Me encantaba la agilidad entre los palos de Bañón, la personalidad de Ipiña, la facilidad goleadora de Pahíño o el regate inverosímil de Molowny, pero desde el primer momento me atrajo mucho más la recidumbre de Aparicio y Riera, la sapiencia de Germán, y una delantera llamada de seda que formaban Juncosa, Vidal, Silva, Campos y Escudero. Sin duda sufrí la influencia familiar, pero tal vez también influyeran en mis cinco tiernos años los preciosos colores rojiblancos de las camisolas y el resultado espectacular conseguido por el Atleti en el primer derby que tuve ocasión de ver. Un contundente cinco a cero sobre el eterno rival, el día en que los jugadores merengues por vez primera lucieron números en la espalda.
El carnet
. El paso del tiempo hizo más complicada la entrada gratuita en ambos estadios. Aparecían los primeros pelillos en las piernas, entonces el pantalón largo era privilegio de los mayores, y tuve que obtener el carnet de socio que garantizase mi acceso a los graderíos.
¡Qué ilusión poseer aquel carnet de tapas de cuero rojo con el escudo y las letras Club Atlético de Madrid grabados en oro!
Y así, año tras año, en las buenas y en las malas, con penurias o bonanzas, alegremente exultantes o con deprimida tristeza, hasta completar medio siglo de lealtad inquebrantable a unos colores.
El Club Atlético de Madrid es hoy una sociedad anónima. Ahora no tiene socios sino simples abonados, pero se les reconoce la antigüedad de su afiliación y la directiva que preside Enrique Cerezo convocó para imponerles la Insignia de Oro del club a quienes hemos cumplido cincuenta años ininterrumpidos. Con ello se premia una fidelidad y cariño que sólo finalizará con su física desaparición. En estos tiempos de mudanza de costumbres y legislaciones aquí sí se hace realidad lo de hasta que la muerte nos separe.
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Los convocados al entrañable acto podíamos ser acompañados hasta por tres familiares o allegados. Acierto indiscutible, en algunos casos hasta necesario, y motivo para reforzar en las nuevas generaciones un sentimiento inextinguible. Junto a las máximas autoridades del club, una representación de los jugadores pasados y actuales. Brillaban los ojos de uno recordando en su presencia los goles de Escudero, las decisivas internadas de Miguel, la sabiduría de quien fue para nosotros el verdadero niño, Enrique Collar, la eficacia de Adelardo, la elegante efectividad de Gárate, el arte puro de Luiz Pereira que nos ponía congojos en la garganta, la categoría y el saber estar de Rivilla o la simpatía infinita de San Román.
También el repaso de los ausentes. El emocionado recuerdo de los recientemente desaparecidos bicampeones ligueros Germán Gómez, Ramón Gabilondo, Paco Arencibia y Pepe Juncosa. La calidad de Ben Barek, comparable a la del mejor mago de los actuales. La astucia ratonera de Carlsson. La contundente bonhomía de Alfonso Aparicio. Las paradas salvadoras de Domingo, tan espectaculares como los colores de sus jerseys. El arte de Silva y Mújica y la rapidez de Lozano. Y más tarde la llegada de un campeón del mundo, Vavá, el compañero de Pelé y Garrincha en dos Mundiales victoriosos, y la calidad de Mendonça, el regate endiablado de Ufarte, la dirección sabia de Luis... y los viajes triunfales a Sarriá y la Cruz Alta, la decepción de Bruselas, los éxitos coperos en el Bernabéu. Cincuenta años, o más, de recuerdos que cada uno vivió desde su particular entorno y que afloraban mientras disfrutábamos del festejo. ¡Qué bonito!



