El picadito se hace sitio en los parques de Madrid
Los inmigrantes suramericanos han traído el picadito, el fútbol de potrero. El Retiro, Ciudad Lineal y Arganzuela son algunos de los barrios donde los parques han recuperado el fútbol barrial, pero con una variante: vale jugarse dinero o un refresco.


Qué, ¿le ponemos emoción?. El acento suramericano ayuda a entender la pregunta, y si no se ha cogido a la primera no quedan dudas con la explicación. Diez euros el partido. El que marque tres goles, gana. Es el picadito, el más común de todas las modalidades de fútbol de Suramérica y que ya habita en la mayoría de los parques madrileños, importado por el medio millón de inmigrantes del otro lado del Atlántico que viven hoy en la capital. Hay versiones. Podemos jugar al pierde-paga (cifra a pactar) o por diferencia de goles poniéndole precio a cada tanto. La opción menos lúdica queda para edades menores: El que pierde invita a una coca-cola.
El picadito es el partido informal disputado entre amigos, tan popular en los potreros de Argentina y Uruguay. Un potrero es lo opuesto a un estadio de fútbol. De cancha sirve cualquier espacio al aire libre, no hay árbitro ni entrenador, no se cobra entrada, se puede vestir como se quiera, no existen las tácticas ni las estrategias y vale jugar once contra once o seis para seis si no hay gente suficiente. Es el fútbol barrial, con su pureza párvula.
La versión más fiel de lo que es un picadito se puede ver todos los días cuando cae el sol en las instalaciones de La Chopera, dentro del Parque del Retiro. Allí hay un campo de arena de fútbol 11, otro de fútbol 7 y tres de fútbol sala, pero el más solicitado no es oficial. Una pequeña parcela de tierra es el terreno de juego, los contenedores de basura sirven de portería, los árboles a un lado y un surco al otro delimitan las líneas de banda, vale jugar con zapatillas o con botas de tacos y sólo es gol si el balón pasa por el banco de madera que, previamente y con toda la intención, ha sido volcado para hacer de portero.
El partido tiene sus propias reglas. Córner, penalti y demás jugadas de conflicto se decretan por consenso entre los dos equipos y sólo es saque de banda si el balón traspasa la línea imaginaria existente entre los árboles, pero no si da en uno de ellos y vuelve al terreno de juego. Indudablemente, es lícito tirar una pared con el árbol para regatear a un contrario, lo más parecido a lo que en los potreros suramericanos se llama tirar al cordón (hacer la pared con el bordillo).
El Retiro no es el único punto de Madrid donde habita el picadito. El proceso se repite por toda la capital y también puede verse en los barrios de Ciudad Lineal, Pintor Rosales, Arganzuela y Barrio del Pilar. Por su número, el más importante es el de Ciudad Lineal, en el barrio de Ascao, conocido como la pequeña Colombia. La aglomeración de inmigrantes de ese país se hace notable en el parque y en la única cancha de fútbol sala. Allí, decenas de jóvenes de origen suramericano, colombianos y ecuatorianos principalmente, exportan el picadito en su versión menos lucrativa, un pierde-paga en el que sólo está en juego seguir jugando. Se forman varios grupos de cinco jugadores, dos equipos comienzan enfrentándose y el primero que encaja un gol abandona la cancha, dejando su sitio al equipo siguiente. Así una y otra vez, convirtiendo la tarde-noche en un carrusel de minipartidillos.
Junto a este fútbol local también se ha exportado el lenguaje de potrero. En todo picadito que se precie está la figura del pescador (el que no corre y se pasa todo el partido junto a la portería para marcar, lo que en España se llama el palomero), abunda el morfón (chupón) y no falta el pata dura (el malo con avaricia). El más importante de todos los participantes, indudablemente, es el dueño de la pelota. De él depende cuando empieza y acaba el partido.
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El picadito es lo que en Brasil se denomina una pelada, es el partidillo español, la pachanga. Ese gol-regañao o gol-regateao tan nuestro pero que hace años comenzó a desaparecer en España, desplazado por la progresiva urbanización de las ciudades y condenado por el hábito burgués de una sociedad en la que sus niños sólo practican fútbol en escuelas o clubes deportivos, nada de calle.
Los inmigrantes han devuelto el recuerdo del fútbol de barrio, cuando las porterías eran dos piedras o los abrigos de todos haciendo montón, de cuando los equipos se echaban a pies y el minuto noventa no llegaba hasta que caía la noche. Fútbol barrial, de parque o de párking, de campo o descampado. Fútbol.



