La lección de Old Trafford
No me pregunten quién empezó. Si un aficionado del Manchester que mostró su reconocimiento hacia el Madrid lanzando un aplauso hacia los 3.000 madridistas que aún permanecíamos en las gradas, o si fue alguien del grupo quien aplaudió a los ingleses cuando abandonaban el campo. Merecido se lo tenían. Que Old Trafford despidiera a Ronaldo puesto en pie y que ovacionara al Madrid tras haberle despojado de la ilusión de jugar la final de la Champions en su casa son gestos difíciles de olvidar. El caso es que alguien encendió la llama y el fuego prendió de inmediato entre las aficiones. Las dos intercambiamos aplausos durante unos minutos eternos. Vi a más de un madridista, curtido en mil batallas, con los ojos humedecidos; eran momentos de gran emotividad. Se producía el hermanamiento entre dos aficiones porque habían compartido el fútbol con un ideal común: el sentimiento.
El sentimiento es el estado afectivo que causan en el ánimo cosas espirituales. Tampoco me pregunten qué tienen que ver las cosas espirituales con el fútbol, cuando éste se ha convertido en una reencarnación civilizada de las luchas tribales, según expertos sociólogos que explican así tanta violencia en partidos de gran rivalidad. Pero ese discurso no tiene validez en Old Trafford. Allí el fútbol es sentimiento, es devoción y es liturgia que rinde culto al vencedor y no humilla al derrotado. Es el fútbol en su más excelsa representación. Un partido trepidante y colosal no podía terminar de otra manera: con la admiración de las dos aficiones. La del Manchester hacia la del Madrid, porque tiene el mejor equipo del mundo; la del Madrid hacia la del Manchester, porque tiene la mejor afición del mundo. Producto de esa fascinación mutua se desencadenó un torrente de emociones en el nunca mejor llamado Teatro de los Sueños.
En Manchester estaban los mejores jugadores del mundo repartidos en dos equipos. Dos equipos en el sentido más literal de la palabra. Los jugadores de cada uno de ellos no tenían por qué ser ni siquiera amigos. Eran simplemente profesionales defendiendo una causa común. Allí no se veía a un equipo de galácticos. Desde la grada no es posible percibir sus rostros. Es la televisión la que nos los mete continuamente por los ojos con repeticiones y primeros planos. En el campo lo que se ve es un partido de fútbol, un esfuerzo común, un desplazamiento de líneas en bloque, el sacrificio individual por el colectivo, a Hierro moviendo el 4-4-2 y a Ronaldo buscando los desmarques. Hasta que llega el momento solemne del gol.
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Un gol en Old Trafford es el fin del mundo si lo marca el Manchester. Llega precedido de un rugido apocalíptico; 66.000 gargantas empujan el balón cada vez que ronda el área. Se me hace imposible comprender cómo bajo ese ambiente los contrarios pueden entenderse, oírse, superar la presión y, mucho menos, pensar. Que Hierro y Helguera se metieran dos goles en esas circunstancias me parece hasta disculpable. Ahora, eso sí, ataca el rival y el respeto del público es reverencial. Cómo será que el chutazo de Ronaldo se pudo escuchar desde las gradas. Fue el 2-3. Ni el Manchester ni su afición desfallecieron en su orgullo. El premio fue la victoria. Lo menos que se merecían.
Tal es así que en el viaje de regreso apenas hubo celebración. No podía haber fiesta a costa de un rival cuyos aficionados nos demostraron que cuando pierden ellos sí dan la mano. ¡Qué envidia por su comportamiento! ¡Qué envidia de que la policía no tuviera que proteger, como aquí sucede, la salida del campo de la afición contraria! Fueron los propios ingleses quienes nos hicieron un pasillo hasta los autobuses en su deseo de darnos la enhorabuena e intercambiar bufandas y camisetas. Si algún día quiere enseñar a sus hijos cómo comportarse en un campo de fútbol llévelos a Old Trafford. Yo lo hice.




