Raúl sigue hambriento
Su gol y su pelea salvaron a un Madrid espeso. El Barça demostró nuevamente que le falta pegada.

Me niego a dar publicidad a los que no estaban invitados al Bernabéu. Pese a ellos, nadie renunció a su entrada, ni a vivir un hecho histórico. Lección de civismo. Pasión por el fútbol. Como debe ser.
Segunda reflexión. En el fútbol se dan los milagros muy de cuando en cuando. Y para que se den, además de rezar mucho, hay que poner al menos la vela al santo. El Barça, aunque pueda esgrimir mal fario, sólo pareció tener a Luis Enrique con la fe suficiente para cambiar el signo de la eliminatoria. Poco, muy poco.
Tercera consideración previa. En un fútbol tan igualado, el que tiene pegada gana casi siempre. Y el Madrid, cuando no se despista, cuando se conjura, lo hará mejor o peor, pero tiene la suficiente pegada para sentirse superior a casi todos. Ocurrió en Barcelona y se repitió en Madrid.
Comenzó el partido con cautela por parte de ambos. El Barça amagaba y el Madrid no pegaba. Aquella sosería se alteraba con los charcos. Sí, charcos en el campo sin haber llovido en los últimos quince días. Al jardinero se le fue la mano. Lamentable. Igual de lamentable era ver a Overmars en el banquillo. Eso provocó el atasco en el centro del campo y ni Xavi era capaz de acabar con el enredo. Tras avisar Luis Enrique y De Boer, fue Zidane el primero que tiró en serio a puerta. Se fue por poco. Era un aviso. Ya habíamos consumido veinte minutos de juego, con mucha tensión y poco fútbol. Raúl y Guti se animaron poco después, pero se habían contagiado de la falta de pegada del Barça. A siete minutos del descanso, jugada clave. La primera decisiva del partido. Rochemback tira a lo que salga, como casi siempre, y el balón roza en Cocu lo justo para despistar a César y acabar en el palo. El rechace lo mete en juego por despiste César y Kluivert se lanza al remache. No encuentra el esférico y sí la cara de César, que acaba con el pómulo destrozado cuando pudo terminar con el ojo a la virulé. Era un momento fundamental para romper la monotonía y quién sabe si la eliminatoria. Se repetía la historia de la ida y el Madrid lo iba a aprovechar de nuevo.
Siempre Raúl. Tras curar las heridas del portero merengue llegó el segundo gran impacto de la noche. Un balón tonto en el centro del campo, peleado por Zidane y Raúl y poco trabajado por parte de Cocu, acabó en las botas del delantero. Raúl, esta vez, se olvidó de vaselinas imposibles, de toques sutiles. Encaró la portería con decisión y metió un zapatazo buscando la escuadra izquierda de Bonano. Diana. Golazo. El Bernabéu despertaba y el Barça agachaba la cabeza. De nuevo era cazado. Faltaban dos minutos para el final de la primera parte. Gol con valor añadido. Gol para marcar las diferencias entre lo bonito y lo práctico, entre el dominio y la efectividad.
Lo mejor de la eliminatoria, lo más destacado de los ciento ochenta minutos jugados, lo vimos en los cinco primeros minutos de la reanudación. En la primera jugada, Guti se quedó solo ante Bonano. Lo hizo bien, prolongó lo justo la carrera, se adelantó la pelota con intención, pero intentó marcar por debajo de las piernas de Bonano. Eso es casi imposible cuando tienes un portero argentino enfrente. Dos minutos después, en el cuarenta y nueve, Helguera ayudó a tapar la inoperancia ofensiva de los azulgranas marcando casi de espuela un centro de Cocu. Lo que no había logrado estirando la pierna Saviola, lo hizo sin querer el cántabro. Uno a uno. Vuelta a empezar. Ya no habría prórroga. Tras el saque de centro, Raúl pincha un balón en la frontal y dispara con mucha intención. Salva Bonano. Era el fin de cinco minutos locos que nos habían devuelto el sabor de los grandes partidos de Copa de Europa. Por un momento nos olvidamos de que Zidane ya no estaba en el campo y de que sí había salido Overmars. Justo entonces comprobamos que el Madrid echaba en falta el temple del francés y que el Barça se oxigenaba con las llegadas del holandés por la banda izquierda. Ese desequilibrio hizo temblar al Bernabéu porque un segundo gol del rival les dejaba al borde del abismo.
Otra vez Raúl. Fue entonces cuando Raúl cambió la sutileza por el músculo. Él solito hizo desaparecer la congoja con una jugada que en cualquier otro partido habría pasado inadvertida. Minuto quince de la segunda parte. Tras tres ataques seguidos de los barcelonistas, Abelardo intenta organizar una nueva ofensiva desde su campo. Nadie le presiona. Salvo Raúl. Durante cuarenta segundos interminables, el delantero pelea sabiendo que no se va a llevar la pelota pero que el esfuerzo es necesario para cambiar el signo del partido. Así lo reconocen los setenta mil madridistas que gritan como si acabara de marcar un gol. Eso levantó el estadio y dejó tocado a un Barça que parecía, por un momento, perder el ánimo para remontar. Tal fue el efecto de ese latigazo de casta que durante veintitrés minutos no hubo la más mínima aproximación a la puerta de César.
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Los posteriores cambios en uno y otro equipo favorecieron al que estaba en ventaja. Macca puso control en una banda, la derecha, huérfana por el deplorable partido que jugó Figo, el peor Figo de la temporada. Mientras, Geovanni y Sergi se pegaban a la cal pero llegaban tarde al balón o regalaban la pelota de forma enloquecida.
Pese a todo, hubo un último arreón de un Barça que demostró orgullo hasta el final. Su mejor jugada en ataque llegó en el setenta y tres pero Luis Enrique metió demasiada rosca. En el ochenta y cuatro un desconocido Kluivert tiró alto desde el punto de penalti. Y en el ochenta y ocho, un jugadón de Luis Enrique y Kluivert lo desaprovechó Geovanni con un chut indigno de un jugador de élite. Era el último suspiro de un equipo que comenzó su agonía cuando decidió suicidarse en la ida. Se sabían eliminados tras haber jugado más. Pero habían marcado dos goles menos y desde su banquillo se habían cometido grandes torpezas. Eso en Europa no se perdona. El estadio empezaba la celebración. Fueron tan prudentes que no pensaron en el viaje a Glasgow hasta el minuto noventa.




