Coser y cantar
Raúl tiró del carro ante un rival torpe, limitadísimo en lo físico y generoso a la hora de dejar jugar a la Selección.

Si se trataba de ir mentalizando a los nuestros para el debut contra Eslovenia en Corea, bien, porque Irlanda viste igual. Si Camacho quería ver los apuros en los que nos puede poner un rival limitadito de clase y torpe hasta límites insospechados, bien, porque los británicos dan la talla con creces. Del ensayo hay que quedarse con la pólvora, que manejó como nadie un Raúl bien acompañado.
Entre canciones rancias que entonaban un par de docenas de inmigrantes y una lluvia fina, comenzó el ensayo. En los ocho primeros minutos, Joaquín y Raúl ya probaron las limitaciones de la defensa irlandesa. Tan fácil lo debieron ver que pararon. Los rivales, con doce bajas en el equipo titular, basaban todo en el empuje de Feeney y el buen gusto de Gillespie. Muy poco para nuestros veteranos y fornidos centrales. Al menos controlábamos el partido según lo previsto. Pasecito corto y pocos errores en las entregas por parte de Baraja y Albelda, nueva pareja en el centro del campo. Algo es algo. Ah, se me olvidaba, ellos tiraron una vez sobre los tres palos. Algo es algo.
Otra vez Raúl. El sopor invadía nuestra bucólica presencia en el Windsor Park cuando Raúl, de forma mecánica, empujaba un rechace en el segundo palo. De Pedro había puesto el balón desde el córner y acabó en los pies del delantero de forma natural. Veinticuatro goles, superando a Di Stéfano, a dos del Buitre y a tres de Hierro, que sigue siendo el máximo anotador de la Selección. Y aún quedaba la segunda parte.
Como es habitual en este tipo de partidos, Camacho quiso que todos participaran de la fiesta. Por eso en el descanso cambió casi por completo el centro del campo. Entraron Mendieta, Valerón y Helguera. Sólo se quedó Baraja. Menos mal, porque nada más reanudarse el partido hizo una de las mejores cosas. Recibió un inteligente pase de Raúl y, revolviéndose, anotó el segundo tanto desde la frontal. Buen gol. De esa forma eliminábamos ya la posible sorpresa de un empate. La única duda por resolver era si nos íbamos a por la goleada o parábamos, pensando en los que les queda con sus equipos a partir de mañana.
Pronto vimos que querían más. Otra cosa es que estuviéramos finos para conseguirlo. Morientes primero y Raúl después, fallaron ocasiones clamorosas. Ahora se notaba más la diferencia entre ambos equipos. El bajón físico de los irlandeses era evidente, tanto, que ya jugábamos a placer a cinco o seis metros de su frontal. Así llegó el tercero, en una pillería más de Raúl. Ya estaba a dos de cazar a Hierro. Y aún quedaba más de media hora de partido. Para entonces, las tribunas del vetusto estadio, enmudecían. La diferencia entre ambos equipos resultaba descomunal, casi insultante.
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Me da que Camacho esperaba más del rival. Nosotros también. El cuarto cayó en el minuto sesenta y nueve cuando Puyol aprovechó la torpeza del portero suplente del Manchester. Nueve minutos después, el quinto. Que no fue malo. Genialidad de Valerón que, a modo de psicólogo, regaló el tanto a Morientes para que se anime un poco. Aquello ya era un paseo. Bueno, siempre lo fue. ¡Mira que nos quejamos!, pensará Camacho. No, si está muy bien.
Al final, hasta nos divertimos con tanto toque y tanto gol. Metimos cinco y nos perdimos el sexto, que pudo ser el más hermoso, cuando Rubén Baraja, que anda de dulce, enganchó una vaselina desde cuarenta metros que fue a morir en el larguero norirlandés. Ojalá los eslovenos sean iguales que nuestros rivales de anoche. Verde Irlanda, verde esperanza.




