Palo en El Sadar
El Madrid cae con diez ante un duro Osasuna y peligra la Liga.

Al Real Madrid le pidieron correr un maratón después de subir el Aconcagua. No tenía fuelle para tanto. Lotina lo vio claro cuando ordenó a sus hombres salir a morder y a meter los dedos de la asfixia del enemigo. En media hora habían dado tres patadas medidas a Figo, Raúl y Zidane y en un poco más clavaron dos goles impresionantes a un desatinado César. Por si no sangraba suficiente el equipo blanco, López Nieto colaboró un poquito expulsando a Helguera al derribar a Rosado sin ser jugada manifiesta de gol. Con diez jugadores Del Bosque movió pizarra buscando soluciones, pero la suerte estaba echada. Palo y marcha atrás para los madridistas en El Sadar.
Ese fue el resumen de un partido bélico, por lo demás nada no esperado. Osasuna llevó el juego al límite del reglamento, sobre todo en los primeros compases, y achicó al Madrid. Para los navarros el envite era de vivir o morir en Primera, y conjugaron de maravilla los elementos: ni un metro cedido ni un balón entregado y una pincelada de arte para decorar el escenario de la batalla con tres goles preciosos, impresionantes en los casos de Alfredo y Rosado. En el primero, sin embargo, César colaboró con un despeje al estilo Camp Nou. A saber, brazo estirado y despeje hacia atrás a zambombazo de Fernando.
Antes de romper a sudar, el Madrid ya estaba roto. Roto por la lateral de un Raúl Bravo muy despistado, fracturado por el corazón de la medular porque Makelele murió muy pronto ante Alfredo, Gancedo y Fernando e inofensivo en ataque, pues Figo, Raúl y Morientes estaban atados con cadenas.
Expulsión. Así llegó a la media hora el esperado castigo para un equipo blanco que no trenzaba una jugada y no imponía respeto. Con dos banderillas se iba a ir al descanso, pero antes Helguera recibió un traicionero pase horizontal de Hierro que robó Rosado y al encararle encontró la pierna y la expulsión rigurosa del propio Helguera.
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Peor panorama imposible para el Madrid. Del Bosque dio en el vestuario un giro táctico prescindiendo de Solari y un revolcón a las conciencias de sus jugadores. Les espoleó de tal forma que volvieron al campo encendidos. Más arriba, más concentrados, más valientes, con toque y rapidez. Osasuna no encontraba manos para achicar tanta agua. Y en un balón rebotado Morientes resolvió recordando al gol de Mijatovic en la final de la Séptima. Reclamaron fuera de juego los de Lotina, pero la posición era legal.
El Madrid creció. Apretó con el último aliento. Raúl, en un doble regate enredado sacó falta de Yanguas en el área. López Nieto lo pasó por alto con esa suficiencia del mal árbitro que es a día de hoy. La remontada parecía posible y por eso Del Bosque tiró de Munitis por Bravo. Con tres centrales y diez jugadores llegaba la hora heroica o el suicidio. Era el precio de jugar por la Liga. Y hubo un viento favorable para los madridistas, con un fútbol digno, elaborado y con llegada. Unzue apareció entonces en dos sensacionales lanzamientos de Zidane y bajó los humos al Madrid. Osasuna respondió a la casta blanca con una gota más de empuje en lo que ya era un partido eléctrico. El duelo a pecho descubierto se selló con una jugada sincronizada y en ventaja de los navarros frente a la reducida defensa rival. Rosado se despachó una volea magistral que dejó al Madrid aturdido en El Sadar y en la Liga.



