Se acabó el luto
El Madrid olvida la Copa ante el Villarreal sin encontrar pelea.

La lánguida resaca de la Copa fue una victoria tediosa del Real Madrid ante el peor equipo visto en el Bernabéu. El Villarreal no aportó nada. Ni siquiera hizo cosquillas a un enemigo alicaído, anímicamente vulnerable y con secuelas del gran palo del miércoles. El partido se jugó andando, aburrió a todos y la victoria se fraguó por ley natural ya que la diferencia entre los blancos y el submarino amarillo es abismal. No cicatrizará la herida en el club madridista con este buen resultado. Eso sucedería definitivamente con una victoria en el Camp Nou. Pero sí queda la sensación de que ha acabado el luto en el espíritu del equipo.
El reencuentro del Madrid ante su afición en el lugar del crimen fue tenso y frío. Se escucharon tímidos aplausos y bastantes pitos de castigo. El primer rumor largo y significativo de la grada brotó al conocerse la titularidad de César. El guardameta está en medio de la marea y provoca una expectativa morbosa sobre el césped. A su favor, el temple y la capacidad para resolver las dos osadas llegadas del Villarreal: un remate de cabeza de Galca y después, un mano a mano con Galván, casi al acabar la primera parte.
Pero el Real Madrid había encarrilado su noche balsámica mucho antes. Todo nació de una jugada del hombre más en forma, culminada por el futbolista más rabioso. Es decir, arrancada por la banda de Solari y remate a gol de Raúl. Si el fútbol es un estado de ánimo, en esta jugada de gol quedó más demostrado que nunca. La cara opuesta, digámoslo pronto, era la del despistado Roberto Carlos, sumido en clara infelicidad personal; la de un Zidane elegante con la pelota, pero menos agresivo que nunca y la de un Morientes con bajonazo, que no remata un balón en el área ni subido en una silla de árbitro de tenis. El público le envió un mensaje en forma de silbidos cuando Del Bosque le mandó a la caseta a la hora de juego.
Buenas noticias. Hubo algunas otras buenas noticias en esta reacción victoriosa del Madrid tras la final. Por ejemplo, la estabilidad de Helguera y Makelele en la medular, volviendo a destilar esa seguridad que tanto necesita la transición del juego madridista. Y también la firmeza de Pavón, sin aparentes secuelas anímicas de la flojísima actuación que le llevó al banquillo el día del Deportivo. El Villarreal, por añadidura, planteó muy pocos quebraderos de cabeza. Fue un sparring ideal, salvo en su fea insistencia por recurrir a la patada subterránea. Gracia y Ballesteros destacaron por repartir leña de forma descerebrada, pues el equipo amarillo estaba firmando la derrota desde que Hierro marcó el segundo de penalti.
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El encuentro no dejó ni una sola imagen para el recuerdo. Por eso las sustituciones adquirieron cierto protagonismo. La de Morientes por su naufragio, la entrada de Macca porque marcó el tercero de la noche tras una asistencia brillante de Guti, y la de Roberto Carlos porque estaba fuerta del partido, pensando en esa posible tarjeta amarilla que le podía dejar fuera del Camp Nou y en el enredo con su representante.
El Villarreal defraudó. Fue decepcionante la actuación de Víctor, Guayre y Amor, futbolistas que acostumbran a dar pinceladas interesantes. El Madrid se marchó cabizbajo a pesar de una victoria que tiene su auténtica trascendencia en la Liga. Pero necesita tiempo y mayores éxitos para olvidar.



