Primera | Real Madrid 3 - Alavés 1

Raúl cayó del cielo

Marcó el segundo gol y provocó un penalti. Salgado hizo el jugadón del empate. El Alavés, sólo un tiempo

<b>UNA PIÑA.</b> Los jugadores del Real Madrid celebran uno de los goles con los que han remontado el tanto inicial del Alavés.
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Las primeras partes del Real Madrid empiezan a tener un peligroso calificativo genérico: "Espantosas". Así de lamentables fueron los primeros cuarenta y cinco minutos, tanto como para provocar el silbido general de un Bernabéu decepcionado con su equipo. El Alavés pareció el Bayern Munich. Bailó al equipo blanco, le hizo un gol en el primer suspiro, le acobardó obligando a Casillas a sacar al patadón e hizo méritos para engordar el marcador.

Del Bosque se estaba jugando el bigote: había prescindido de Raúl, Helguera y Karanka en una apuesta arriesgada. El horizonte se presentaba tormentoso hasta la aparición de un actor secundario, Míchel Salgado, empeñado esta temporada en deslumbrar en su particular Operación Triunfo. Con coraje, con decisión y al estilo Amancio, enmarcó tres driblings y un pase de oro para dejar a Guti en bandeja un empate vital que dio el vuelco al partido.

El trabajo sucio estaba hecho. Un hombre a veces descatalogado con severa injusticia enderezó la nave. Salgado reivindicó la existencia de ese segundo estrato fundamental de la plantilla, el de los Maccas, Solaris, Makeleles y compañía, obligados a dar el do de pecho cuando las primeras estrellas andan con los cables cruzados. Urge valorar en su justa medida el arranque de ‘il due’ ayer y del ‘indiecito’ Solari ante el Oporto.

Maquillada la situación una vez decretado el descanso, Del Bosque entendió que había llegado la hora de poner las cosas en su sitio y concedió media hora de partido a Raúl.

Excepcional

Treinta y cuatro minutos, exactamente. Casi nada para cualquier jugador mediocre de banquillo y toda una vida para un excepcional futbolista como Raúl. Fue como un vendaval levantando la hojarasca muerta. Y es que el Madrid se tenía en pie por la imponente presencia de Hierro, la sutileza de Zidane, la brega de Makelele y el interés de Guti. Muy poco más. Pavón hizo una primera parte de ruina, Morientes no llegó ni a un remate y Roberto Carlos no estaba en el campo. El brasileño se ha tomado a rajatabla eso de olvidarse del fútbol hasta la final de la Copa del Rey. Salvo que le duela algo, no tiene excusa para tanto desinterés.

Decíamos que apareció Raúl como caído del cielo. El Alavés tenía un plan perfecto para la segunda parte, fundamentado en una razonable gestión del balón en pies de Pablo, Witschge, Turiel y, sobre todo, de un Geli sensacional por la banda de R. Carlos. Incluso se había sentido inviolable en defensa con un Karmona fuerte y la siempre seria presencia de Téllez. Bien, pues la torre cayó cinco minutos después de la entrada en campo del iluminado 7.

Raúl se metió entre líneas, dio un par de voces de mando, reubicó a Solari y a Guti, le hizo un guiño a Zidane y construyó un gol típico de su picardía en directa complicidad con el francés. Al Alavés le dieron un martillazo. Se descompuso y hasta Mané buscó fórmulas urgentes con dobles cambios que no hicieron mella en el Madrid. Todas las miserias blancas de la primera mitad cayeron en el pozo del olvido.

Sin Zidane

La sustitución del francés no resultó esta vez un trauma. Zidane tiene varias heridas de guerra: un esguince poco curado, una muñeca dolorida y la cadera amoratada. Mejor estaba en el vestuario. Flavio entró con bríos para asociarse con Raúl en el derribo sistemático del Alavés, sin olvidar al gladiador Salgado, que siguió empeñado en hacer del buen Figo toda la noche.

El Bernabéu empezó a disfrutar. El Madrid no alcanzaba esas cotas de fútbol galáctico de tiempo atrás, pero la actitud positiva y la lucha ya era digna de aplauso. A falta de arte, coraje; a falta de magia, astucia. Y para sacar petróleo nadie como Raúl.

Un pase largo de Flavio lo convirtió el delantero en penalti dejándose arrollar hábilmente por Geli. El Alavés discutió la decisión del árbitro, pero allí se iba a sellar la noche.

El propio Raúl, en otro gesto de mando y categoría, se levantó del suelo, señaló a Hierro y le dijo: "Este tíralo tú". El capitán marcó el tercero para subrayar una gran actuación, en la que el único lunar fue ganarse la tarjeta amarilla que le dejará fuera en el partido de Vigo.

El Alavés se tiró a la cuneta aceptando la imposibilidad de dar la campanada. Se le hicieron muy largos los noventa minutos. Todo el empaque de la primera mitad se vino abajo por no saber dominar al diablo Raúl. Y el Madrid vuelve a ampararse en su fortín del Bernabéu para resolver algunos problemas que siguen teniendo mal color. Ayer fueron Salgado y Raúl quienes encendieron las luces en la penumbra, pero le convendría a Del Bosque convencer a sus chicos de que la temporada se está cociendo y que ya basta de jugar esas primeras partes espantosas...

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"Me acuerdo de los regates que he hecho, pero cuando lo vea en televisión disfrutaré más. Lo que importa no es la jugada en sí, sino el gol, porque fue clave, ya que hicimos una primera parte muy mala. Teníamos un problema de colocación y eso provocaba que el Alavés nos dominara".

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