Morientes perdonó
La casta del Athletic, recordando sus grandes momentos en la historia de la Copa, propició que los rojiblancos derrotaran al Real Madrid en un vibrante partido con dos partes para cada equipo.

Cuando hay viento sur los aficionados del Bocho se ponen a temblar. Dicho viento afecta a todos, incluidos los futbolistas. Además de molesto, altera los biorritmos y una especie de modorra se apodera de la población. Los últimos en retirar su localidad en San Mamés lo apuntaban con temor.
Y no se equivocaron un pelo. Durante más de sesenta minutos el viento, no por molesto y sí por fenómeno casi paranormal, alteró el pulso del equipo vasco y lo dejó a merced de un Madrid muy superior técnicamente. ¿Qué ocurrió entonces? Pues que cuando juegas con viento a favor, aunque sea metafóricamente, debes aprovecharlo. Y el Madrid no lo hizo. Es más, cambió el atolondramiento de los locales por infinita torpeza. No vale ni el tópico de que cuando perdonas acabas perdiendo, fue peor. Fue regalar el partido y no saber sentenciar una eliminatoria que habían trabajado perfectamente durante una hora.
Los equipos de Heynckes no suelen racanear a la hora de buscar la portería rival pero siempre dejan mucho que desear en defensa. A los tres minutos de partido, Lacruz avalaba dicho historial regalando un balón a Zidane en la frontal del área. El francés acarició la pelota, dibujo el disparo y culminó la sutileza con un gol de fantasía. Suficiente para que en el minuto ochenta, y todavía con empate a uno en el marcador, La Catedral se pusiera en pie y ovacionara a Zinedine cuando era cambiado. Como debe ser.
Sin reacción
Enmudecía el estadio con el tempranero gol y temblaban las piernas de los más jóvenes leones. Orbaiz acabó mareado de tanto perseguir a Zidane. Yeste y Tiko querían abrir el campo pero no recibían material para trabajar. En defensa nadie sabía qué hacer ni cómo marcar, ni tan siquiera cuando el hundido Lacruz se retiró por lesión. Harto de esperar una respuesta briosa, Figo decidió tomar el mando para buscar la sentencia.
En el minuto veintiocho hizo la jugada del partido y regaló un maravilloso pase a Morientes. La defensa tiró mal el fuera de juego y el Moro encaró sólo. Aranzubia le ganó en el mano a mano. Era el único que no temblaba en su equipo. No pasa nada, debieron pensar los de blanco. El viento seguía soplando fuerte. Y a favor. Para entonces, el público aceptaba el fatal desenlace con un silencio respetuoso y hasta cariñoso hacia los suyos.
Lo que más sorprendía es que los de Heynckes no utilizaban sus armas. Urzaiz ni las veía pasar, porque no llegaban. Joseba, sin sitio, molestaba. Javi González encontró su tapón en...Figo. Sí, tal cual. Y la tiritona de los defensas evitaba que nadie se atreviera a jugarle de tú al que estaba siendo mejor. Ni el ya famoso disparo de Tiko asustaba. Lo intentó a siete minutos del descanso con escasa fortuna. Todo lo contrario que Roberto Carlos, que puso nuevamente a prueba a Aranzubia poco después. No era un choque de ida y vuelta. No. Sólo de ida. El viento sur dejaba helado el santuario rojiblanco. Medio baño y gracias.
El verdadero sufrimiento para los entusiastas aficionados del Athletic llegó cuando el veterano Fernández Marín dio la señal para que se reanudara el juego. En la primera jugada Raúl comprobó que el portero rival jugaba con sotana. Ocho minutos después, en el cincuenta y cuatro, Raúl demostró sus excelencias de pasador y buscó que su amigo Morientes se rehabilitara. Maldita la hora en la que lo hizo. No era la noche del nueve, que mandó al limbo una clamorosa ocasión. Más clara que la del primer período.
Tuvo tiempo para parar el balón, acomodarlo, mirar la posición del portero, levantar la cabeza y casi celebrar el tanto. Pero tiró al muñeco y, de paso, logró algo casi milagroso: que el viento sur se transformara en algo positivo para el equipo que estaba trastornado y maldiciendo su suerte. No se lo acababan de creer, el Madrid perdonando. Imposible. Les costó asimilarlo, tanto que hubo nuevo susto poco después cuando les dio por triangular a Raúl, Figo y Zidane. El francés cambió potencia por colocación y el disparo se lo llevó...el viento. Otra vez el viento.
Los matadores
Tras una hora de juego los deberes a medio hacer no preocupaban al Madrid. Ya, ya. Tiko utilizó su pincel para dibujar un nuevo escenario. Con sutileza, con elegancia, conectó con Etxeberria y éste rompió la pelota. Golazo. Justo diez minutos después del imperdonable segundo fallo de Morientes. ¡Ay amigo! Se acabó el viento del maléfico cuento, se acabó lo de respetar con silencio la superioridad del rival desde la grada y se acabó el achique de casi todos. Toque de corneta y a recuperar los valores de siempre, el empuje tradicional, el mejor de los sabores coperos en La Catedral. Ya daba igual que Del Bosque pusiera parches desde la banda. Daba igual que Figo se siguiera multiplicando y que Roberto Carlos estuviera sobrado para guardar la banda opuesta. Habían obligado, con pertinaz torpeza, a que el viento cambiara de dirección. Y cambió.
Poco después Urzaiz asomaba su corpachón para mandar un balón a la cruceta. Ahora, los que estaban como flanes, eran otros. Y en medio de tanta confusión llegó lo que tenía que llegar: la remontada. Salgado peleó de forma absurda un balón en ataque (le ocurre muchas veces). El Athletic salió con fe a la contra. Ezquerro le ganó en el salto a Pavón y la pelota llegó mansa a los pies de Urzaiz, que ya había afinado la puntería antes. El navarro tampoco perdonó, dejando más en evidencia al desafortunado Morientes.
Cierto es que en ese segundo gol influyó también la pasividad de Figo, poco acostumbrado a cerrar dentro del área. En realidad fue el único lunar del portugués, que se marcó un partido espléndido. Faltaban seis minutos para el final y San Mamés no daba crédito a lo que estaba ocurriendo. Su equipo no había jugado bien, es más, se había achantado con el Madrid, pero estaba ganando y dejaba en todo lo alto una eliminatoria que veinte minutos antes se daba por perdida.
Dolorosa derrota para un Madrid que controló el partido durante una hora, que bordó el juego en seis jugadas de inspiración, que malogró hasta cuatro oportunidades claras de gol y que acabó perdiendo por su infinita generosidad a la hora de perdonar las limitaciones del rival. Las consecuencias reales las veremos en siete días.
El detalle: Casillas soportó la presión
Casillas debutó en San Mamés y ayer supo nuevamente mantenerse firme ante la presión que llegaba desde la grada. Pese a que el público estuvo muy correcto, hubo unos cuantos indeseables que intentaron perturbarle con todo tipo de lanzamiento de objetos.
Perfecto: Karanka
Tras muchos meses sin ser titular, fue el mejor de su equipo. No se le puede imputar nada en los goles.
Fenomenal: Aranzubia
Le ganó en el mano a mano a Morientes en dos ocasiones. Paró todo lo que le llegó. Partidazo.
Muy bien: Figo
Aunque se despistó en el segundo gol, fue el más creativo en ataque y el que más peligro creó.
Bien: Urzaiz
Demostró que apenas necesita dos balones en todo el partido para armártela. Uno fue gol y otro a la madera.
Regular: Orbaiz
No pudo nunca con Zidane, aunque el francés entrara poco en juego. Sin sitio y nervioso, fue cambiado.
Mediocre: Helguera
Le pierden las ganas de hacer cosas complicadas. Perdió muchos balones y se hundió.
Mal: Lacruz
Estuvo sólo diecisiete minutos en el campo. Se retiró lesionado pero, antes, regaló el gol a Zidane.
Muy mal: Morientes
En sus botas tuvo la sentencia de la eliminatoria. Falló dos ocasiones clamorosas, una en cada período.
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