Una noche de titanes
Morientes resuelve un partido brillante y tenso. El Valencia es el mejor equipo que ha visitado el Bernabéu. El árbitro anuló un gol legal a Ilie y se tragó un penalti a Raúl.

El Real Madrid ha ganado también la segunda gran batalla por la Liga. Le costó sudor y sangre, porque el Valencia fue el mejor equipo que pasó por el Bernabéu. Un gol de ratonería, una jugada casi de barrio inventada por Morientes, resolvió un partido de la elite del fútbol español. El espectáculo resultó completísimo. No le faltó detalle: gol anulado, penalti no señalado, tensión entre jugadores, diabluras con el balón y un pulso táctico sensacional de los banquillos. Quizás el marcador refleje mejor que nada la diferencia mínima entre el líder y este conjunto valencianista plagado de buenos futbolistas y llamado a dar mucho que hablar en este campeonato. No fue ayer un partido para orfebres, sino para remangarse y trabajar hasta que el mal árbitro Pérez Pérez quisera pitar el final. Si tuviera el cronista que dictar sentencia, el empate habría sido un marcador justo. Pero el fútbol es una combinación de suerte y talento que a día de hoy acompaña al Madrid en un liderato que ya es más firme que nunca.
Exactamente al minuto y treinta y ocho segundos de juego ocurrió lo no previsto. El Valencia dejó en evidencia a la zaga blanca para que Ilie conectara un magistral cabezazo a la red. Golazo legal convertido en fuera de juego por un asistente miope. No se registró el tanto en el marcador, pero quedó la estela del miedo entre las filas madridistas. Estaba llamando a la puerta un enemigo armado hasta los dientes y estratégicamente perfecto. Lo volvió a certificar antes de los diez minutos, cuando Baraja obligó a Casillas a volar hacia el palo para sacar un balón directo a la red.
Táctico. El Valencia, de anaranjado chillón, parecía jugar con catorce. Tocaba, dominaba, presionaba y dejaba mudo a un Bernabéu alucinado con tanto desparpajo. La clave estaba en la fenomenal coordinación de tres jugadores, Mista, Baraja y Albelda, capaces de dinamitar cada paso de Helguera, Makelele y, por extensión de Zidane. Aún más, Rafa Benítez tenía estudiado de tal manera el partido que también supo mortificar a Roberto Carlos sometiéndole a una tortura con doble presión: primero le entraba Rufete y depués Curro Torres. Sólamente la impresionante capacidad del brasileño para el sacrificio y la creación le permitió salir ileso de esta trampa mortal.
El Madrid necesitó meter propulsión a chorro para asomar la cabeza. No estaba encarando mal el envite, pero aquello exigía un plus de concentración. Raúl abrió el horizonte provocando un penalti por zancadilla de Pellegrino no señalado por el mal colegiado Pérez Pérez. Rehabilitó esta jugada la moral madridista, y el equipo se entonó unos grados, los suficientes para responder con oleadas de fútbol a un Valencia brillante en cada una de sus acciones. El partido entró en una bella dinámica de ocasiones alternas, con trabajo a destajo para las defensas y los porteros. Así, lo mismo Zidane sacaba lo mejor de su repertorio para asombro del estadio, como Cañizares sacaba a una mano un remate a bocajarro de Helguera.
El ritmo del encuentro resultaba endiablado. Tácticamente se plasmaba el libreto de dos técnicos que se conocen al dedillo. El plan de Del Bosque es conocido; el de Benítez estaba ajustado a la exigencia. La pelea por ganar la zona y el balón se coció en la medular y se resolvió con irregular temple por parte del Madrid y con más rigor en la defensa del Valencia. Pero la cuerda se mantuvo tensa, sin romperse a pesar de la fabulosa capacidad de los delanteros para pisar área enemiga. En definitiva, una primera mitad sensacional, digna del mejor fútbol de la Liga.
Convenía no tocar el decorado para el segundo acto, donde se podía esperar de todo: fútbol, sudor, sangre y goles. Estaba cantado. El Valencia mantuvo la compostura sin venirse abajo, aguantando el martillo pilón de la elaboración blanca. La orquesta no tocaba esta vez como el día del Deportivo, atenazada por el vértigo. Y es que lo mismo Ilie le buscaba la espalda a Pavón o cogía la palabra un actor de reparto, digamos Albelda, para lanzar una volea de cuarenta metros directa a la escuadra de Casillas. El guardameta regresaba de una salida fuera del área y sacó con una mano el balón, evitando un gol impepinable. Simplemente, espectacular. La fuerzas estaban tan igualadas que sólo un despiste podría romper el partido. Ocurrió de la forma más boba, recordando a aquella tarde finalista de París, donde Morientes sacó un remate de gol de donde nadie saca nada.
Gol de listo. El ariete estuvo listo apurando a Albelda, el volteado Albelda, en un control a dos metros del poste. Morientes le robó la pelota como un carterista y de media vuelta la dejó en la red de Cañizares. El Valencia murió de un palo en la cabeza después de setenta minutos a tiro limpio. Se le fue al garete el quiosco y Benítez reaccionó rápido poniendo a Aimar en juego, en busca de nuevas vibraciones de medio campo hacia adelante.
El Madrid se encastilló para defender la ventaja. Más bien se vio obligado a recular porque el Valencia se desplegó como la cola de un pavo real rodeando a los zagueros blancos. Kily, Baraja, Aimar, Mista, Rufete y en punta Carew obligaron al campeón de invierno a montar una guardia permanente, casi dejando para el contragolpe cualquier aventura próxima a Cañizares. Zidane tuvo que dejar su vuelo majestuoso para mejor ocasión, aunque dejó para la retina alguna maniobra de lujo; Figo anduvo plano, aunque sin escatimar en metros de recorrido, mientras que Raúl se encontró con un Ayala gigante.
El central argentino hizo un partido sensacional. Lástima que ensuciara el expediente con un plantillazo violento a Zizou, de los que rompen tibias. Fue un brote irracional dentro de un partido jugado a cuchillo, pero sin suciedad. Pero la tensión acabó por superar el temple de los artistas. Todo ocurrió cuando Carboni no respetó el dolor de Morientes, caído en su área manando sangre por su boca rota. Un golpe con Makelele le había dejado KO. Al concluir la jugada, los jugadores madridistas se fueron contra el italiano y se montó una bronca soberbia de todos para todos.
Fueron tres minutos de intercambios de agarrones y golpes, en los que por primera vez en España se vio la furia desatada de Zidane, descargada contra Ayala, acelerado por el dolor agudo del alevoso plantillazo recibido minutos antes. En el tumulto se solventaron cuentas pendientes. Curiosamente Hierro, que había repartido mucha leña en todo el encuentro de mala manera, salió de rositas en esta y otras trifulcas.
El partido se fue a un final incierto. El Valencia manejaba la pelota muy bien y el Madrid respondía con entereza. Había fútbol de verdad, de alto nivel, aunque si alguien lo pasó mal fue el equipo de Del Bosque. Pum, pum, pum, una y otra vez Casillas se estiró como una goma para defender su marco certificando la liquidación de un día difícil. La campanada final provocó el resplro del Bernabéu.
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El detalle
La mayor ventaja en Liga. El Madrid ha conseguido la más amplia ventaja como líder en la Liga. Dos victorias, ante Depor y Valencia, han sido definitivas. La racha blanca es sensacional, con 28 puntos de 33 posibles. No conoce la derrota desde el partido con el Zaragoza.



