Imponente
El Madrid alcanza cotas de exhibición ante un Panathinaikos abrumado y el Bernabéu cantó "¡Olé!" soñando con la Novena.

Pasen y vean, esto es espectáculo. El Real Madrid ofrece ráfagas de fútbol incomparable en Europa. Ayer lo certificó dejando sin salidas a un Panathinaikos abrumado, acorralado, acomplejado podríamos decir. Y es que cuando Zidane, Roberto, Figo, Raúl, Helguera, Hierro y compañía se vienen arriba, no hay enemigo que pueda pararlos. Apenas tres coletazos pudieron dar los griegos en noventa minutos, mientras que los blancos arrancaron los emotivos "¡Olés!" de un estadio Bernabéu entregado, convencido de que esperan grandes momentos en el año del Centenario. Seguro que su Majestad, en el palco, disfrutó con esta sinfonía.
El Panathinaikos cometió la imprudencia de agazaparse como un conejo, emboscado en su área. Dejó el balón al Madrid y también los espacios, olvidando de forma temeraria la capacidad de Zidane para montar un ataque en menos de un silbido. Toda la primera mitad fue como aquellas películas de indios disparando flechas contra el pobre Séptimo de caballería acorralado. Una vez disparaba Figo (tremendo trallazo al larguero en el minuto 17) otras veces Raúl, o Morientes si venía al caso. El guardameta Nikopolidis era el general Custer esperando la muerte con las botas puestas.
El Panathinaikos defraudó por completo y especialmente el aireado Olisadebe, que dejó su furia para mejor ocasión. Hierro y Pavón cercenaron los escarceos próximos a Casillas, dejando sentada la autoridad sobre el césped. Y llegó como fruta madura el primer tanto, en magistral obra del dúo de moda: Zidane-Helguera. Toque largo y elegante del francés, recepción brillante de Iván con el pecho y zapatazo seco. Fue el premio merecidísimo a un juego preciosista, a veces de primer toque, siempre racional y versátil.
Si tardó 41 minutos en llegar este tanto fue porque al Madrid le faltaba un pelín de imaginación para sorprender, de forma especial en botas de Roberto Carlos. El brasileño anduvo tímido hasta el descanso, digamos reservón. Se echaba de menos ese motor de explosión que apareció mediada la segunda mitad y que puso en pie al Bernabéu.
Antes de irse al vestuario, el Madrid tuvo una dedicatoria a la afición. Un anticipo de la fiesta que llegaría más tarde. Fue un jugadón al primer toque con Zidane, Roberto, Figo y Raúl como protagonistas. El 7 erró el remate. Pero fue tan bella, tan rápida, tan inteligente la jugada que el propio Raúl no pudo reprimir una sonrisa. La sonrisa de este Madrid que, cuando afina, es imponente.
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El Panathinaikos se tomó un yogurt griego en el descanso y recuperó energías. Con Boateng y Karagounis en el campo sorprendió en dos arrancadas. Pero Casillas es el primer pilar de este bloque duro como el hormigón y liquidó la situación de maravilla. Hubo momentos de desconcierto blanco por el empujón. Pero entonces apareció Figo. El Figo grande, peleón, veloz, instintivo. Y también Roberto Carlos, para acompañar a Zidane y retomar el vuelo. En realidad fue una reflotación colectiva, disparada a partir del toque de corneta de Raúl, que con el segundo gol dijo aquello de "ya estoy aquí".
El Panathinaikos entendió su inferioridad. Aceptó el baile del Madrid. Y llegó el máximo esplendor en lo que va de temporad: taconcito, pase de primera, triangulación, profundidad, disparo...Y tercero al marcador. Raúl, por supuesto. El Bernabéu botó emocionado porque la Novena suena bien.



