De Vallecas al cielo
El Madrid no necesitó la brillantez de Zidane ante el Rayo, con los goles de Morientes arrasó y sigue en la pelea por la Liga.

Del Real Madrid al Rayo hay un abismo en la Liga. De la calidad desbordante de los primeros a la voluntad impulsiva de los segundos median bastante más de tres goles. Más aún: si a los blancos les concedes la propina de un gol cuando la mitad del estadio aún no se ha sentado, estás muerto. Y otra: si dos de los tres tantos nacen de erráticos pases atrás de defensores vallecanos, entonces la victoria es un regalo. Esta vez no hizo falta el vuelo majestuoso de Zidane sobre Vallecas, bastó con un Figo de nuevo metido en la aventura del regate, con la lucidez de Morientes ante la red de Lopetegui y con un barrido defensivo sensacional, en el que Makelele se comió crudos a todos los centrocampistas enemigos.
La historia del encuentro se escribió en el primer minuto. Figo encaró por la derecha, Graff le vio pasar como al AVE, el portugués templo al segundo palo y allí apareció Morientes para cabecear a la raya, donde Raúl empujó el balón a la red. Léase: el tridente en acción. Seguro que Del Bosque había pintado este arranque de partido en la pizarra de Vallecas como supuesto ideal. Y tampoco me equivoco si digo que Manzano se lo temía, pues ya manifestó el técnico que al Rayo le meten goles "en el minuto de silencio".
Fue un desastroso comienzo para los vallecanos, que les desconfiguró la mente y las piernas. De ahí en adelante el Rayo quiso tocar la pelota como Zidane, pretendió manejar el balón como Figo, marcar los tiempos como Hierro y golpear como Morientes. Y sucedió lo contrario. Bolic desperdició las tres ocasiones que tuvo, Michel se asustó ante Zizou, Quevedo se arrodilló frente a la potencia de Makelele y Helder le regaló el segundo de la tarde al Moro en un delirante pase atrás. La definición del 9 ante Lopetegui fue excelente, con quiebro de cintura y suave toque de zurda. Nada mejor que un delantero centro con ideas claras.
El Real Madrid tenía absolutamente controlados los resortes, con ese punto de aplomo de los últimos partidos. Seguridad atrás, toque y toque en el centro y golpeo letal en ataque. En esta sinfonía, sólo un músico no daba la nota con la inspiración habitual, Roberto Carlos. Después del partido explicó que anduvo algo resentido en la rodilla por sobrecargas. Se le vio reservón, aunque con suficientes recursos para salir airoso.
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Lo más espectacular del partido no se vio. Fue la bronca de Manzano a sus hombres en el descanso. El Rayo llegó a tocar fondo en la primera mitad, cautivo y desarmado. ¿Dónde estaba la garra vallecana? Azotados en su conciencia, los rayistas se lanzaron más arriba para presionar a Zidane y hacer alguna emboscada frente al área de Casillas. Pero nunca encontró lo que buscaba. Ni siquiera el aparente conformismo del Madrid daba pie a una soñada remontada. El león estaba perezoso, dejándose picotear por el gorrión. Glaucio fue el más incisivo en esta tarea y quizás debió entrar mucho antes por el bien del Rayo. Pero...
Pero lo que sucedió es que Figo, entonadísimo, Raúl, siempre vivo y Morientes tenían cuatro cartuchos para el tiro de gracia. Y llegó cuando Corino pifió en un centro a Lopetegui. El Moro volvió a saltar de forma felina, driblando al guardameta y rubricando su racha de marcar goles a pares. Del Bosque vio el horizonte abierto para conceder un descansito a Morientes y Zidane porque el Madrid ya viaja hacia el cielo de la tabla.



