Figo apuntilla al Barça
El Real Madrid y el Barcelona han disputado un intenso clásico (2-0) que se ha caracterizado por el dominio estéril de los azulgrana, ante un rival crecido con el gol de Morientes y transportado al infinito por la puntilla de Figo.

El Real Madrid y el Barcelona han disputado un intenso clásico que se ha caracterizado por el dominio estéril de los azulgrana, ante un rival crecido con el gol de Morientes y transportado al infinito por la puntilla de Figo.
En su 29 cumpleaños, el portugués se ha dado el gusto de rematar a su ex equipo y disfrutar, por fin, de un triunfo terapéutico en lo personal y que le reubica en la lucha por revalidar su Balón de Oro.
El 2-0 ha dejado a cada uno en su sitio. Los madridistas han recobrado el aliento en la Liga (son séptimos) y los azulgrana han vuelto a demostrar que sus segundas partes le incapacitan para metas grandiosas. Como la de anoche: voltear un resultado en el campo de su archienemigo.
La victoria madridista, sin Roberto Carlos y cincelada a partir de una encomiable labor colectiva, reafirma que a este equipo le quedan agallas para vencer cuando más falta hace. Y al Barça lo sitúa en un segundo plano. Pudo haber construido una victoria impecable, pero su desatino ante el gol lo sacó del encuentro pese al efecto intimidatorio de Rivaldo.
El arranque fue azulgrana. Lo reconocía hasta la peña La Gran Familia. Los de Rexach fijaron al rival en su área y jugaron como si no fueran los visitantes. ¿Papeles cambiados? Pues sí. O no tanto. Se cumplían las expectativas, un Madrid titubeante, que en la Liga no funcionaba, y un Barça más convencido en sus posibilidades que hasta se declaraba indemne ante una posible derrota. Ahora ya no pensará lo mismo.
Con un Madrid agazapado, que cuando se atrevía a avanzar corría el riesgo de ser cazado a la contra, el Barça parecía dueño y señor del encuentro. Pero le faltó efectividad, la misma que salvó al Madrid en el primer período.
Rivaldo, Kluivert y Overmars, y hasta Xavi en una falta, estaban acallando el Bernabéu. Pero el silencio no era de entierro. Era silencio de expectativa, pues el Madrid, tras despabilarse, podía comenzar a tener presencia. Así fue.
Fruto de esa aparición, con Zidane llevando el peso del juego blanco, el Madrid empezaba a sentar las bases de su primer gol. El Barça, con las habituales dudas atrás, encajó el 1-0 a los 26 minutos. Como preludio del tanto, dos cabezazos con peligro de MacManaman y Raúl. Por ahí, por lo aéreo (sigue siendo un peligro lo aéreo, lo más incontrolable que existe en estos días), llegó el gol, que reconcilió a Morientes con la afición local después de pasarse desde el pasado 11 de marzo sin un gol que llevarse a su boca y a la del hambriento gentío blanco.
Tras el gol, el Barcelona evidenció haber sufrido un duro golpe. No obstante, la tenacidad de Rivaldo, cuyos duelos con Hierro siguen echando chispas y están al borde de lo violento, empujó al Barça a terminar la primera parte con la sensación de haber podido decir mucho más que el 1-0 que reflejaba el marcador.
En la segunda mitad, el duelo correspondió a la pasión prevista, pero el juego se ennegreció por el combate. Se endureció el fútbol y el gol rondaba las dos porterías. Unos volcados para asegurar con el segundo tanto; los otros, empecinados en buscar las vías del empate.
El carrusel de cambios empezó con polémica. Del Bosque quitó a Morientes y Helguera entró para demostrar que el resultado le valía. El público del Bernabéu pitó la decisión del técnico, que ejerció algo así como de Rexach, generalmente abucheado en Can Barça cuando en anteriores partidos decidió hacer las sustituciones desde la perspectiva resultadista.
Zidane, con la clase que le caracteriza, pudo hacer el 2-0, pero su zurdazo salió desviado. El Madrid, mediada la segunda parte, parecía tener el encuentro controlado, que no ganado aún.
Rexach también movió ficha. Quitó a Overmars, que en el segundo tiempo perdió velocidad y capacidad de sorpresa, y en su lugar entró el guerrero Rochemback. Lo dicho: un minuto después, amarilla para el brasileño por una entrada tipo bomba de racimo a Helguera.
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El partido, pues, entraba en la recta final con los dos equipos rearmados para la batalla. En el momento de apretar los dientes, los bajones físicos y psíquicos del Barça cobraron relevancia salvo en alguna oportunidad esporádica. Como en una arrancada espléndida de Rivaldo que pudo haber significado el empate. Pero Casillas salvó el posterior cabezazo de Gabri. Ahí estuvo el 1-1. A continuación, otra carrera, ésta de Zidane, pudo haber ampliado la ventaja madridista.
Toma y daca, que dirían los clásicos, fútbol total, en realidad, en esos momentos de un partido donde ya no se hacen prisioneros. Con Saviola y Gerard en juego, Rexach anunció la intención de morir matando. Y así pasó. Figo, en su 29º cumpleaños, marcó el 2-0 a la contra y envió al Barça al puente aéreo cabizbajo. Hasta la vuelta.



