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Un líder con lastre

Ciclismo | Tour de Francia

Un líder con lastre

Un líder con lastre

jesús rubio

Heroica etapa que no ganó Contador porque Bruyneel le frenó.

Si fuera por el cobarde protocolo del ciclismo moderno ya no habría fotos de líderes cruzando la meta como vencedores de etapa. Si hiciéramos caso al tratado de las buenas maneras, le quitaríamos cien páginas al palmarés de Merckx y no existiría la foto de Hinault venciendo de amarillo en los Campos Elíseos. Cómo pudo ser tan desconsiderado, tan caimán.

Les cuento esto porque se ha puesto de moda que los líderes regalen victorias, que no abusen, que repartan consuelos. Y lo que en Indurain se manifestaba como un impulso sincero, en otros ciclistas queda como un gesto impostado y teatral. La situación deja a los campeones en jaque mate: si te rebelas eres un dictador (tipo Armstrong) y se te pliegas eres un mal actor, como Contador ayer.

Pero si Contador no ganó la etapa no fue por respetar el código de los corredores amables. Su condena llegó kilómetros antes, en el puerto de La Colombière. Después de una jornada épica y acompañado sólo por Klöden y los hermanos Schleck, el líder decidió atacar, arrebato muy lógico entre los deportistas con ambición y fuerzas. El demarraje fue violento y hermoso, pero cuando lo imaginábamos definitivo y triunfal Contador se frenó en seco. Es fácil suponer que lo hizo porque le llegaron instrucciones contrarias por el pinganillo y no es difícil adivinar las pobres razones del director: el arreón hacía peligrar las aspiraciones al podio de Klöden.

Encontrarán una versión distinta en las declaraciones del líder, pero acháquenlo solamente a su buena educación. El hecho es que Contador se dejó atrapar por los Schleck y se pasó el resto de la subida mirando hacia atrás, pendiente de la llegada de su compañero, algo que nunca sucedió.

Surreal.

La escena era absurda. El líder, que había sentenciado el Tour, parecía profundamente afligido por la suerte de Klöden. Si aceptamos que Alberto fue víctima de su gran corazón entonces le faltó un director que le gritara adelante, campeón, a por ellos. Pero sigo pensando que le sobró el pinganillo.

Lo único cierto es que nos quedamos sin lo que hubiera sido una proeza fabulosa, una hazaña antigua. Frustrado su intento, Contador ya no tenía ánimo para disputar la etapa a los Schleck y además se lo impedía el tratado de Versalles.

Así fue. En su día de gloria le faltó llorar. Habló con los hermanos y les entregó el triunfo con palmadas que casi pretendían empujarlos. No disputó el sprint y la pesadumbre le duró hasta el podio. Quién diría que Contador había dado un golpe fundamental para conquistar su segundo Tour, su cuarta gran vuelta consecutiva.

No criticaré, en estos tiempos, a las almas puras, pero sí creo que Contador se debería declarar en rebeldía de directores mezquinos y equipos amotinados. Ya no le avala su talento, sino que le justifica su palmarés, su orgullo. No quiero imaginar qué hubieran hecho al recibir órdenes parecidas ("esperen al gregario") ciclistas como Merckx, Hinault, Fignon o el mismísimo Armstrong. Hubieran contratado nuevo chófer en el pueblo más cercano.

Armstrong, otra vez gomoso, y Nibali, de nuevo espléndido, llegaron a 2:18. Klöden, que no fue esperado por su amigo americano, se presentó a 2:27. Wiggins cruzó a 3:07 y confirmó su mutación en mariposa.

Los demás fueron goteando. Sastre, que inició la batalla en el terrible Col de Romme, apareció a 7:47, tan aturdido que volvió a culpar a la prensa de sus males y de sus años.

Hoy se debería definir el podio en la crono de Annecy. Cualquier cajón será bonito con Contador en la cumbre. Con los hermanos de escolta o con Armstrong mirando hacia arriba, por primera vez.