El reportaje | Fotos con leyenda

"A Gaul le metí minuto y medio; a Anquetil, 3'41"..."

Una de las imágenes míticas de Federico Martín Bahamontes es esta, camino del Puy de Dôme con la imponente catedral de Clermont Ferrand al fondo. El Águila de Toledo volaba hacia la meta para ganar una contrarreloj que confirmó su dominio en la carrera.

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Aquel Tour de 1959 resultó durísimo. Dividido en 22 etapas y con un recorrido de 4.355 kilómetros, tomaron la salida 120 corredores repartidos en diez equipos de doce. "Sólo la mitad (65 concretamente) llegamos a Par ningún equipo logró finalizar la prueba con todos sus integrantes", recuerda Bahamontes, que ganó la general y el Gran Premio de la Montaña. La clasificación por puntos fue para el francés André Darrigade y Bélgica se impuso por equipos, pues se corrió por selecciones nacionales y no por equipos comerciales.

Federico lució el dorsal 81 y le acompañaron hasta la meta Juan Campillo, José Gómez del Moral, Fernando Manzaneque, Julio San Emeterio y Carmelo Morales. Durante el camino fueron abandonando Antonio Suárez, Luis Otaño, José Herrero Berrendero, Jesús Galdeano, Aniceto Utset y René Marigil; la mitad del equipo se fue a casa antes de tiempo. En el podio de París le escoltaron los franceses Henri Anglade (a 4'01") y Jacques Anquetil (a 5'05") El italiano Ercole Baldini, al que Bahamontes considera el mejor corredor de la historia, por encima de Fausto Coppi, fue sexto a 10'18".

La etapa clave en el triunfo de Bahamontes, el primero de un español en la ronda francesa, fue la número 13, entre Albi y Aurillac, en pleno Macizo Francés. Pero la gran foto se tomó dos días después, en la contrarreloj de 12,5 kilómetros en el Puy de Dôme. Ganó y se puso muy cerca del líder. Su triunfo empezó a gestarse la víspera. "Un gregario de Coppi me trajo dos ruedas con 28 radios, las normales tenían 36. Eran más ligeras, ideales para la contrarreloj. Me hizo una ilusión enorme, pues yo sabía que estaba bien de forma y que esas ruedas serían de gran ayuda: los franceses las llevaban todos y esos no se equivocaban..."

No tardó Federico en salir de dudas. "A los seis kilómetros de subida había doblado a Roger Rivière, iba como una bala. Al final acabé en 36' 15". Le metí un minuto y medio a Charly Gaul, tres a Henri Anglade y 3' 41" a Anquetil. Rivière perdió finalmente 3' 37" Ahí se dieron cuenta los franceses de que quitaban llegadas en alto y limitaban las contrarreloj de montaña o su Anquetil sufriría muchísimo conmigo y con Gaul, que si no hacía calor era un escalador formidable".

Pese a su extraordinario triunfo, Bahamontes no se vistió de amarillo aquel día. Quedó a cuatro segundos del belga Jos Hoevenaers, que cedió el liderato el día siguiente a su paisano Eddy Pauwels, en la meta de Saint Étienne. Fue tras la Saint Étienne-Grenoble, uno más tarde, que ganó Gaul, cuando Bahamontes subió al primer lugar, que ya no abandonaría.

"Recuerdo que Dalmacio Langarica, director de nuestro equipo, me dijo antes de esa etapa que no se me ocurriera atacar, que quedaba montaña suficiente para hacerlo. Le contesté: ¿Que no ataque? ¡Ahora mismo, en cuanto den la salida! Bueno... Esperé un poco, pero acabé yéndome con Gaul. Llegué a la meta con la rueda de delante pinchada pegado a él y logré mi propósito, que era vestirme de líder".

Dalmacio Langarica, director del mítico equipo KAS y seleccionador español en el Tour del 59, era vasco, como Jesús Loroño, el adversario de Bahamontes. "¡Ah, Dalmacio! Me prefirió a mí y le rompieron el escaparate de la tienda que tenía en su casa". Y es que Bahamontes pudo ganar el Tour en el 56: lo perdió porque cedía mucho tiempo en las etapas llanas y no tenía un equipo que le ayudara: Loroño y compañía no estuvieron nunca por la labor de hacerle la carrera fácil.

La bajada. "Sí, yo no bajaba bien. Cuando hice pista aprendí, mejoré. Entre los nuestros, el capitán general bajando ha sido Perico Delgado. La bajada es técnica y confianza: cuando estás fuerte esquivas hasta una colilla...". Aquella edición de 1956 la ganó Roger Walkowiak, un corredor francés que no tenía la categoría de Anquetil, ni siquiera de Raymond Poulidor, el eterno segundo. Bahamontes era nuestro hombre Tour sin discusión, muy por encima de los demás, y Langarica obró en consecuencia al elegirle como líder del equipo.

Ganó seis veces la Montaña y conquistó la carrera en el 59. Pero admite que no la ganó en el Puy de Dôme ni camino de Grenoble, sino mucho antes: en la etapa que acabó en Aurillac, dos días antes de la contrarreloj. "Sí, ahí di el gran golpe de mano. Fue en el avituallamiento. Le dije a nuestro chófer que se pusiera a la izquierda de la carretera, con un jersey colorado. Sabía que todos pararían para recoger las bolsas de comida y yo no paré. Salí pitando y abrí hueco. Más tarde se formó un grupo que dio una dentellada enorme a la carrera. La etapa la ganó Anglade, Anquetil hizo segundo y yo, tercero. Recorté diferencias importantes y dejé el Tour listo para el descabello, con los Alpes por delante. ¡Ah! Comí más tarde, cuando se había organizado el jaleo. Nadie puede ganar un Tour sin comer en ruta...".

La batalla. En efecto: en esa etapa se libró una gran batalla de la que Federico salió como el más beneficiado. Su gran rival en ese momento era el luxemburgués Gaul, uno de los mejores escaladores de la historia ciclista. "Tras mi golpe de mano en el avituallamiento se me juntaron nada menos que Anglade, Anquetil, el inglés Robinson, el belga Adriaenssens y Mahé, también francés. Corrimos como locos y le metimos casi cuatro minutos a Riviere y, lo que fue más importante, veinte a Gaul y a Louison Bobet, que acabó retirándose a falta de cinco etapas. ¡Ah, Bobet! El fue mi ídolo. Y, bueno, esa diferencia respecto a Charlie fue decisiva, también mi dulcísimo estado de forma. La etapa siguiente fue casi de transición, pues era la víspera del Puy de Dôme. Gané, pero no me valió para superar al líder Hoevenaers. Perdió el amarillo un día después, en Saint Étienne: se lo quitó su paisano Pauwels, pero sólo le duró un día. Al siguiente se corrió la etapa entre Saint Etienne y Grenoble y ese fue mi tercer y definitivo golpe a la carrera: cuando nos fuimos Gaul y yo, la que acabé con la rueda pinchada. Ahí me vestí de amarillo y lo conservé hasta París. Lo defendí cinco días en los que me atacaron como demuestra que dos de aquellas cinco etapas las ganaron Baldini y Rivière, éste la última contrarreloj (Seurre-Dijon, 69 kilómetros). Para entonces, todo mi pescado estaba ya vendido..."

Cuando regresó a España tras disputar varios criteriums, le recibió Franco: no se lo pierdan. "Me hablaba de pelota vasca, de cesta punta. Recuerdo que le dije: 'Mire, Excelencia, de eso yo ni papa, no sé nada'. La verdad es que ibas cohibido a verle; salía la escolta y te asustabas. Era increíble todo aquello..." Años después, Bahamontes se sorprendió ante Jordi Pujol, ex presidente de la Generalitat de Catalunya. "Tiene un coco increíble, me vio llegar y me empezó a hablar de cosas que yo no recordaba. ¡Hombre! Sí tengo la certeza, y desde hace muchos años, que yo fui un tío importante en aquella España y que mis participaciones en el Tour las siguieron aquí todos, nacionales y rojos".

¿Y todo esto qué le suponía en dinero a Federico Martín Bahamontes, el Águila de Toledo? "No tiene nada que ver con lo de ahora, claro. Pero entonces era un buen dinero. La temporada que mejor ficha cobré fueron 475.000 pesetas, habían entrado ya los años 60... Piense que la finca de Toledo me salió por 400.000. En los criteriums llegué a cobrar 30.000 pesetas diarias y se alargaban durante tres meses. Pero supe lo que era cobrar 500 pesetas por correr la Vuelta a los Puertos y premios de cien 'pelas' por ganar en la cima de Navacerrada o en el Alto de Los Leones..."

Sin comparación. Tiempos duros que forjaron el carácter de quién iba a entrar en la historia como el primer español ganador de un Tour. "Yo he comido tallos de la viña en plena carrera y del cansancio me he quedado dormido encima de la bicicleta durante una etapa. Fue en la Madrid-Toledo-Madrid. ¡Qué tortazo me pegué! Y me he ido en bici desde Madrid a Oviedo para correr la Vuelta Asturias después. ¿Y sabe cómo acabó la primera etapa? Pues ganándola yo con seis minutos de ventaja sobre el segundo..."

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No hay comparación posible con el ciclismo actual, opina Bahamontes. "Le pondría mil ejemplos, uno rotundo: nosotros teníamos dos masajistas para doce corredores; ahora cada uno de los buenos tiene el suyo. Por cierto que el mejor masajista era el de Coppi, Biaggio Cavanna, un señor italiano que era ciego".

Federico y su ascensión al Puy de Dôme, foto extraordinaria para la leyenda de nuestro primer ganador del Tour. "Pude ganar dos o tres más. O cuatro. Me conformo con lo que conseguí". Un lugar de honor en la historia. Y en nuestros corazones.

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