Erviti y olé
Todo se fraguó en una fuga que empezó siendo de 18 corredores y se fue disgregando por el camino. Allí estaba Paolo Bettini, que era el principal favorito a la victoria. Pero sus enemigos eran muchos. Finalmente, Imanol Erviti y Nicolas Roche se jugaron el triunfo al sprint.

Por causa de nuestra ignorancia heráldica, el apellido Erviti nos provoca un respingo, seguramente porque encontramos en él evocaciones toreras, como si se tratara de la pronunciación castiza del apodo que paseó, durante las décadas de los 60 y los 70, Santiago Martín, El Viti, el maestro de Vitigudino. Nada tiene que ver Imanol Erviti con el arte de Cúchares, y su apellido se entronca con el pueblo navarro del mismo nombre. Sin embargo, cuando Erviti ganó en la meta de Las Rozas se escuchó entre los gritos de alegría la euforia que se reserva para las grandes faenas, incluso algún olé.
Era lógico el entusiasmo, porque la victoria de Erviti desafiaba la lógica y rinde homenaje a los gregarios del mundo, los que entregan al líder el bidón, la rueda y lo que sea menester menos la novia. No es casualidad que Chente, que empezó siendo gregario y ha acabado siendo padrino, haya elegido a Erviti como heredero de una estirpe de ciclistas que no violan un juramento pero no desperdician una ocasión.
Por eso, al intuir la oportunidad, Chente le explicó, mírame a mí, cómo se ganan estas etapas y cómo se pierden. Y Erviti lo comprendió todo. Había que sobrevivir y disimular, ser paciente hasta el último kilómetro e impaciente entonces. Así venció, con clase y con el honor de hacerlo por delante de un corredor de su misma edad que dará más que hablar, aunque ya tiene una etapa menos.
Extraña.
La jornada fue extraña porque la Vuelta ha entrado en un momento raro, donde todo parece decidido, sin que a nadie le importe mucho lo que falta por disputar. Con ese panorama, las noticias se acumulan en los arcenes, y pasan de Armstrong al muchacho de los cuernos o del Mundial a la rajada de Sastre. Como si ya no existiera la carrera, como si fuera imposible asaltar el liderato, como si Contador hubiera fulminado la Vuelta en Fuentes de Invierno, aquella tarde que venció de amarillo.
A los 50 kilómetros se formó una escapada de 18 corredores con democrática representación de los equipos. Entre esos ciclistas figuraba Bettini, con el arco iris a la espalda y el cuchillo entre los dientes. La intriga fue imaginar cómo superaría al resto, cómo se desharía de los cadáveres.
Si no venció es porque en esa fuga no se distinguía a los capos de los matones. Cuando él atacaba le respondían todos, sin orden ni concierto, sin jerarquía: Lemoine, Flecha, Chente, Alan Pérez, David Herrero Y no se puede luchar contra el orbe aunque seas campeón del mundo.
Noticias relacionadas
Una vez resuelto el suspense y con Erviti a hombros, queda tiempo para comentar las polémicas. Si nos referimos a Sastre, sorprenden sus declaraciones contra Riis mientras se disputa la Vuelta, porque, aunque no dudo de las razones de su hartazgo, los reproches incluyen una renuncia al triunfo, y nos gustaba soñar, infelices, con un último arreón.
Ayer también se conoció el equipo español para el Mundial de Varese, que Antequera completó con Rubén Plaza (Benfica), ciclista implicado en la Operación Puerto. Con la cantidad de corredores de categoría que coinciden en España resulta cuando menos inapropiado convocar a uno bajo sospecha. Pudiera suceder que a Antequera le haya atacado el peligroso virus de la infalibilidad: pensar que las medallas tienen más que ver con sus estrategias que con la mejor generación del ciclismo español.