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A lo campeón

Ciclismo | Vuelta 2008. 14ª etapa

A lo campeón

A lo campeón

dani sánchez

Caisse d'Epargne trabajó por la victoria durante la etapa, pero Ezequiel Mosquera reventó a Sastre y a Valverde en la subida a Fuentes de Invierno. Alberto Contador remató con un ataque fulminante y se anotó su segunda etapa consecutiva, tras vencer en el Angliru.

Le queda muy poco por conseguir a Alberto Contador, pero le faltaba esto: ganar de líder. No lo había logrado en el Tour y tampoco en el Giro, que le despidió sin victorias de etapa. Y aunque el asunto no era preocupante, nos impedía definir el tipo de campeón que es. Porque los hay de dos clases: los que reparten etapas para ahorrar esfuerzos y ganar amigos y los que lo devoran todo. Y no juzgo con esto la generosidad u otras virtudes celestiales. Juzgo la ambición, el deseo, la voracidad. Las virtudes del deportista que compite.

Es lógico que nos sintamos confusos, entre eufóricos y abrumados, porque nunca tuvimos un ganador así. No lo fueron los clásicos por falta de oportunidades o fuerzas y quien pudo serlo, Indurain, prefirió concentrar sus ardores en las grandes victorias, despreciando la lujuria de las etapas. Con eso se ganó el cielo y cierta fama de corredor pacífico y pacifista, irrepetible, en cualquier caso.

Mientras escalaba hacia Fuentes de Invierno, Contador tuvo la oportunidad de elegir un estilo. Pudo optar por entregarle gentilmente la etapa a Ezequiel Mosquera, responsable de la escabechina en el puerto. O pudo imaginar una victoria del fiel Leipheimer, gregario en el Angliru, al que cedería el paso en el sprint final como recompensa a los servicios prestados.

Sin embargo, cuando barajábamos estas posibilidades con naturalidad, Contador demarró con su pedaleo de cabriolas y enfiló la meta con el estilo de los campeones carnívoros, caimanes, caníbales y otras especies de diente largo. Esa imagen, del líder que ataca y vence, es una de las hermosas que nos ofrece el ciclismo, porque representa la confirmación de un reinado y cierra el círculo de las historias perfectas: el mejor también gana las mejores etapas.

Ojalá Contador no se deje doblegar por la tentación del compromiso, aunque temo que ayer estuvo cerca. Ya en la meta, cuando se le habló del pacto que no existió, el campeón descubrió un acuerdo con Valverde que hubiera reconocido el trabajo de Caisse d'Epargne durante la etapa con un triunfo del murciano. No hubo caso porque Valverde se quedó en la subida, y fue preferible así, porque ni un campeón como Contador ni un ganador como Valverde necesitan arreglar triunfos, ni merecen verse involucrados en apaño alguno, por muy amable que sea.

Azul.

La etapa, por otra parte, mejoró todos los pronósticos. El día amaneció azul y luminoso como un anuncio de televisores. Se fugaron once valientes y cayeron en las primeras rampas de Fuentes de Invierno, un puerto que parecía insignificante en comparación con el Angliru.

Pero no lo era. En las montañas, como en las balas de Gila, lo que hace daño no es el objeto sino la velocidad. Y el ritmo que puso Ezequiel Mosquera fue de proyectil.

Aguantaron los cinco primeros de la general hasta que Valverde se descolgó súbitamente, como si buscara el coche. Pronto lo supimos: buscaba oxígeno, abanicos, balneario. Y similar derrumbe atacó a Sastre, exhausto. Entonces comprendimos la hazaña de Mosquera, el nivel de su arreón salvaje, sólo seguido por Contador y Leipheimer.

El buen Mosquera quiso parlamentar, aunque no tuvo tiempo. Contador se disparó hacia la meta, como los campeones que no regalan nada, ni etapas ni compasión, sólo ambición, deseo y voracidad.