Rey del Angliru
No defraudó la etapa. Astaná controló hasta el ataque final de Alberto Contador, que sólo encontró la resistencia inicial de Valverde y Joaquín Rodríguez. La peor noticia la protagonizó Igor Antón, que cayó en el descenso del Cordal y se retiró con una fractura en una clavícula.

Llegó casi furioso, como si alguien hubiera dudado de él. Sacudió los brazos con el entusiasmo de un goleador y luego, más calmado, estiró la diestra y apretó el gatillo, bang. Nadie resultó herido porque esta celebración no es agresiva, sino seductora, y vale para quien gana una etapa o para quien, muy galán, saluda a la última conquista, bang, nena. Se comprende la alegría porque Alberto Contador acababa de ganar en el Angliru, que es uno de los sietemiles de los escaladores en bicicleta. Y se entiende la seducción porque se ha vestido de líder y nadie rechista.
Así son los campeones: la primera victoria es deportiva y la segunda, moral. Así es Contador: ya no hay adversario que divise un resquicio para vencer. Será el podio, serán etapas, será otro año. Eso se oye.
La victoria en el Tour le colocó en el mundo, pero el triunfo en el Giro, con el bañador bajo el culotte, le dio el aura. Desde entonces Contador se anuncia con el rumor de los invencibles. Y lo más asombroso es su forma de asumir eso que aplasta a otros: sonriendo. Aviso a las novias de los interesados y a las madres que se interesan: se nos está llenando el deporte español de yernos perfectos.
Por lo que se refiere a la etapa, Astaná calcó el trabajo de las grandes ocasiones: controló, apretó y asfixió, convencido de que el mejor ciclista estaba de su lado. En esas condiciones la escapada fue una anécdota impronunciable (Kern, Tjallingii, Jurco) y nada relevante ocurrió hasta el descenso del Cordal, la montaña previa al Angliru.
Allí, en esa bajada, se cayó Igor Antón, en una curva a la izquierda que no entrañaba más peligro que las cien curvas zurdas que había trazado durante la Vuelta. El golpe fue seco y le tronchó una clavícula. Su retirada dejó desamparado a Euskaltel y a los que hacíamos sitio en el cielo para una nueva estrella. Será otro año.
El Angliru fue devorando a los ciclistas que no resistían el ritmo aborigen de Rubiera y Leipheimer prolongó el esfuerzo aceptando su condición gregaria. Cedieron Sastre, Mosquera y Gesink. En cabeza sobrevivían Contador, el amigo americano, Valverde y Purito, dos Astaná y dos Caisse d'Epargne.
Valverde.
No habían llegado las rampas más duras cuando Valverde tomó el mando y aceleró el paso. Sin duda, quería resarcirse del despiste en Suances. Le movía la rabia y el ansia, sensaciones nuevas, pero también la impaciencia, que es un viejo problema.
Contador sólo tuvo que aliarse con la pendiente. Cuando la inclinación superó el 15% no hubo respuesta para su pedaleo bailón. Entonces el reguero de ciclistas se sumergió en una marea de aficionados entre los que habitaba la proporción de cafres que acompaña cualquier multitud. Muchos fueron contenidos por la Guardia Civil, pero otros se sintieron estimulados por la presencia policial para desafiar a la autoridad. Bastantes compitieron por el empujón más largo o el disfraz más ridículo; por salir en la tele, en definitiva.
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Contador se presentó en la meta como un rayo vengador y Valverde llegó 42 segundos después. Purito perdió 58. Los tres se repartieron 20, 12 y 8 segundos de bonificación. El fiel Leipheimer cedió 1:05 y Sastre 1:32. Egoi Martínez se dejó 7:04.
La Vuelta parece decidida y nadie lo discute salvo Contador, que sin bici es un muchacho educado y sobre ella un cruel asesino.