El otro Hinault
Sebastien Hinault sorprendió en Zaragoza a los velocistas

Los modestos portadores de un apellido ilustre están sometidos permanentemente a la comparación y el asunto es más dramático cuando el interesado se dedica a la misma profesión que el famoso referente. Tan duro como ser escritor y firmar Cervantes debe resultar ser ciclista y apellidarse Hinault. Esa condena ha arrastrado durante once temporadas Sebastien Hinault, sin relación alguna, de no ser por su origen bretón, con el caimán que ganó las Vueltas de 1978 y 1983, además de cinco Tours y tres Giros.
Tal vez esa carga explique que las victorias de Sebastien hubieran llegado, hasta ahora, en carreras menores (Langkawi, Picardía, Limusín). No debe ser fácil resistir los comentarios, la fama de otro. Por eso hay que felicitarse por haber asistido al exorcismo. Desde ayer el ciclista Sebastien Hinault se ha ganado un lugar en la historia al margen del campeonísimo. Desde ayer, Sebastien ya no es una graciosa coincidencia.
Por lo demás, resultó una sorpresa el triunfo de un veterano corredor de 34 años, excluido del Tour para dejar paso a los jóvenes talentos. La meta de Zaragoza presentaba un sprint puro, para especialistas. Y para eso trabajó Rabobank, que apostó firmemente por las opciones de Freire y nos descolocó. Estamos tan poco acostumbrados a esa labor que, cuando asistimos al despliegue, nos hunde de responsabilidad, y creo que a Freire le pasa lo mismo. Es como si después de 20 años de matrimonio te traen por vez primera el desayuno a la cama; antes que sentirte agradecido, temes ser asesinado o algo peor.
Freire fue cuarto, precisamente porque Hinault le bloqueó el camino, por detrás de Mondory, otro francés, y el belga Van Avermaet, ganador en Sabiñánigo. La segunda victoria francesa y la concentración de galos en los primeros puestos nos confirma que algo está cambiando: sin duda, la entrada de ASO (organizador del Tour) en el accionariado de la Vuelta (49%) ha estimulado la participación francesa y ha descubierto que el tamaño de la carrera se ajusta mejor al tamaño de sus ciclistas, dicho sea sin faltar. Por cierto, después de diez etapas, sólo un español ha levantado los brazos: Valverde.
La jornada repitió el guión de otras etapas de transición y sprint. Se registró la fuga de un idealista, el eslovaco Matej Jurco, que se dio una paliza para lucir patrocinador (Milram, productos lácteos) y esparadrapo, el que le cubre la herida en el moflete que sufrió al chocar contra un coche de la caravana. Suerte que el muchacho es soltero porque ninguna pareja creería una explicación tan rocambolesca.
Diferente.
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Sin embargo, hubo algo distinto. Para empezar se detectó una batalla singular desde el banderazo inicial. Primero, para meterse en la escapada. Después con cualquier excusa, tirar o escaparse, el viento o la lluvia.
Claro que para inflamar el ánimo también pudo influir el rumor que señala el regreso de Lance Armstrong, que volvería al ciclismo después de haber amado a las más pizpiretas actrices de Hollywood. Favorable o no, el mundo del ciclismo no es indiferente ante un murmullo así, que provoca morboso interés o rechazo apasionado. Emoción, al fin y al cabo.