Guerra invisible
Los Pirineos nos depararon la primera batalla, invisible por la ausencia de imágenes de televisión. La lluvia y la niebla marcaron una etapa durísima que no dejó grandes diferencias, pero que sí dejará secuelas. Sólo falló Valverde, que perdió 55 segundos con Contador. Y hoy más montaña.

La ausencia de imágenes de televisión nos devolvió al ciclismo antiguo, el que se completaba con la imaginación. El problema dejó desamparados a los espectadores, pero también tuvo una influencia deportiva, ya que los directores de los equipos no pudieron seguir la carrera desde los receptores de sus coches. Sin señal, entre la lluvia y la niebla, sólo quedaban las noticias de Radio Vuelta, la emisora de la organización, que relata la etapa como si fuera un parte de guerra: ataca el dorsal 31, se queda el 51...
Pero es imposible controlar a 163 ciclistas desde un coche vigía. Ni siquiera los jueces que viajan en moto son capaces de anotar cada incidencia. De manera que los directores retroceden 25 años, cuando no existían ni las conexiones en directo ni los pinganillos, sólo la estrategia del hotel y el sálvese quien pueda.
Cuando Ezequiel Mosquera atacó en los últimos kilómetros desconocía si había corredores por delante, si sobrevivían algunos de los escapados. Nadie le despejó las dudas hasta que él mismo descubrió el confeti en el asfalto, la fiesta de otro.
Dos minutos y medio antes había cruzado la meta el italiano Alessandro Ballan, un visitante inesperado, un ciclista sin montañas en su palmarés, un rodador. Cómo llegó hasta allí un tipo de 1,90, ex lanzador de Bennati y clasicómano en los ratos libres, no lo sabemos, porque nos lo impidió la niebla. Debió tratarse de un día de inspiración, o del estímulo que supone la lluvia para ciertos ciclistas locos, como Savoldelli, Mosquera o Rubiera.
La aventura de Ballan comenzó en el kilómetro 18, a 205 de la llegada. Se fugó junto a Zandio (Caisse d'Epargne), Landaluze (Euskaltel), De Maar (Rabobank) y Meersman (F. des Jeux). Todos, menos este último, parecían tener clara su misión: esperar al jefe, ya fuera Cunego, Valverde, Antón o Gesink, hacer de puente.
Alcanzaron los once minutos de ventaja, así controló Cofidis la etapa. Los escapados se entendieron en los relevos y fueron subiendo montañas y bajándolas después, lo que resultaba todavía más valeroso. Escalaron Montllobar, Faidella y antes de la primera ascensión a La Rabassa comenzaron a descolgarse rebeldes. Primero Landaluze, que volvió despu luego Zandio.
Caos.
Por detrás, Astaná ya había tomado el relevo de Cofidis para avivar el fuego y Egoi saltaba para señalar el camino a Antón. Las noticias eran confusas al tiempo que la lluvia arreciaba. Supimos que Chavanel cedía en las últimas rampas, aunque enlazaba después. Nos enteramos de que Bettini demarraba en el descenso, seguido de David García y Txurruka.
Ballan era cabeza de carrera en la última ascensión, con el pelotón a cinco minutos y medio, liderado por Astaná, eso no hacía falta verlo. Entonces se movieron Arroyo y Ardila en busca del escapado invisible. No llegaron lejos.
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Mosquera arrancó para romper el marcaje de los favoritos. Y al siguiente arreón de Contador explotó Valverde, esto último se intuye. Antón sufría, Gesink perdía el tren, Sastre resistía. Hasta que Contador se volvió a poner en pie, en el último esfuerzo y en el kilómetro final. Se alejó unos metros y aventajó en cinco segundos a los perseguidores: Purito, Leipheimer, Antón y Sastre. Valverde se presentó a 55 segundos, consumido.
Poca diferencia para una batalla descomunal. Pero muchas heridas invisibles. Hoy sabremos cuántas.