Alejandro magno
Al igual que en el Tour, Valverde se exhibió en la primera etapa en línea y conquistó el liderato. Favorecido por la rampa final, el murciano hizo gala de su asombrosa facilidad para ganar. 'Purito' Rodríguez colaboró en el triunfo con un ataque en el último kilómetro que minó a los rivales.

La cara de los ciclistas durante la carrera, crispados unos y relajados otros, nos indica, antes que el humor, el talento. A igualdad de entrenamientos, hay corredores que sufren más y algunos que padecen menos, y hasta los hay que encuentran una satisfacción inmediata en la tortura. En una ocasión le preguntaron a Armstrong qué placer encontraba en estar seis horas montado en una bicicleta y él respondió que no buscaba placer, sino sufrimiento. Y cualquiera que haya llegado al extremo de la resistencia física habrá disfrutado de la extraña plenitud con la que se acompaña el agotamiento. La diferencia, en ese momento extremo, se plantea entre los que ríen y los que echan el bofe.
Valverde ríe, naturalmente. Es improbable que se muestre tenso, con el gesto descompuesto. Ayer, por ejemplo, respiraba tranquilamente por la nariz, como quien huele jazmines, mientras el pelotón, furioso, se disponía a preparar el sprint. Los demás se retorcían. Valverde sólo enseñó los dientes en la recta final, cuando lanzó un ataque preciso y suficiente. Su velocidad era otra, su talento mayor.
La victoria recordó mucho a la que consiguió en la primera etapa del Tour reciente y que le valió, igualmente, el maillot amarillo. Entonces como ayer, le favorecía el perfil y acudió a la cita, ajeno a los agoreros que recomiendan a los favoritos ocultarse durante los primeros días, no gastar fuerzas, hacer amigos.
Porque Valverde es favorito, no lo olvidemos, aunque muchos han dejado de creerlo y esas dudas alcanzan ya al interesado. El problema es que su irrupción fue tan fulgurante que el entusiasmo nos dejó sin paciencia. Y a él también le atacó la ansiedad.
Nada ha impedido que Valverde esté completando una trayectoria brillantísima, pero sería un error que un ciclista tan extraordinario se conformara con ganar clásicas y etapas diversas, altísimo objetivo para cualquier otro corredor humano. Valverde está en la obligación y en la edad (28 años) de seguir intentándolo en una gran vuelta, aun a riesgo de perder su sonrisa en alguna montaña cruel.
Intuyo que Eusebio Unzué acabará por tener una importancia decisiva en la altura de su vuelo, pero temo que el equipo, históricamente acostumbrado a conducir a campeones de tres semanas, se acomode a los triunfos parciales de Valverde, en los que funciona, todo hay que decirlo, como un reloj.
Gloria.
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Por otra parte, la etapa discurrió sin sorpresas. Se anotó la escapa del día con Rosendo, Egoi, Ignatiev y Lemoine, que se repartieron una gloria breve, porque la televisión conecta tarde. Quien obtuvo mayor recompensa fue Rosendo, que es el nuevo maillot de la montaña (este año rojo sangre).
En la subida a La Guardia se desató la ambición de los perseguidores, pero no fue hasta el último kilómetro cuando se decidió la etapa. Primero atacó Purito Rodríguez, en interés del equipo y por si acaso. Valverde remató el trabajo de su fiel compañero con esa arrancada de la que hablamos, sobrado, sobresaliente y sonriente. Como es él.