Batalla en los Alpes
Los aspirantes se juegan el Tour entre hoy y mañana

Si tu enemigo es seguro en todos los puntos, debes estar preparado. Si su resistencia es mayor, elúdelo. Si es temperamental, busca cómo irritarlo. Simula ser débil para que crezca su arrogancia. Si se toma un respiro, no le des descanso. Si sus fuerzas están unidas, divídelas. Atácale cuando no esté listo y aparece donde no te esperan". El extracto pertenece a El Arte de la Guerra, escrito por Sun Tzu, un filósofo militar chino nacido hace 2.500 años y cuya obra sirve igual para las estrategias bélicas, amatorias o ciclistas. Si el señor Tzu viene a colación es porque en este Tour, que debería ganar el más fuerte, también hay una oportunidad para el más inteligente.
Advierto que la hazaña, como todas, es improbable. La inclinación natural de los directores, acomodados en sus automóviles con radio frecuencia, será decir a los favoritos que se reserven hasta el último puerto, que las etapas son duras, que corran por la sombra, que no se arriesguen a perderlo todo. La inclinación natural de los corredores será creerlo, sobrevivir, obedecer.
Sin embargo, el terreno, las apreturas y la carrera propician la irrupción de un loco, permanente o transitorio. De un valiente, si lo prefieren. Un ciclista que se haya llevado como lecturas El Arte de la Guerra y las aventuras de Shackelton, aquel explorador que reclutó la tripulación de su expedición a la Antártida con un anuncio que valdría para las etapas que siguen: "Se buscan hombres para un viaje peligroso. Constante peligro. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito".
Porque llegados a este punto no hay términos medios. El Tour se divide entre los que salen a defenderse (Evans, Menchov, incluso Vande Velde), fiados a la crono de 53 kilómetros, y los que están obligados a atacar, de Schleck a Sastre, pasando por Efimkin, Valverde y hasta Samuel Sánchez, que marca el límite de los aspirantes improbables. Cualquiera de ellos necesitaría al menos dos minutos de ventaja en la última contrarreloj y ese objetivo, recuperar entre tres y seis minutos según los casos, exige un esfuerzo que no se limita al último puerto.
El camino ayuda. Hoy, por ejemplo, la etapa enlaza dos subidas formidables, el Col de la Lombarde y la cima de La Bonette, ambas por encima de los 2.000 metros, una altura que castiga sin discernir.
CSC.
La primera carta es para el CSC. Si tensa la cuerda en la primera ascensión dejará sin gregarios a sus rivales. Y si continúa en el empeño no será raro que descuelgue a algún favorito, quizá Evans. Con ese botín debería comenzar Sastre el descenso y la siguiente ascensión: uno menos.
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Ya en La Bonette, Sastre tendrá el engorroso deber de coordinar sus ataques con los de Frank Schleck. Aunque ambos posan abrazados y sonrientes, la situación es delicada. Uno es jefe sin despacho y el otro es líder con maillot. Y el intento de uno retrasa el del otro. Y el amarillo se ve más.
La táctica de Efimkin, Valverde o Samuel sólo puede ser suicida. Y hablo de ganar el Tour, no de la pedrea de una etapa. Ellos han de atacar pronto y esperar que detrás reine la confianza, primero, y el desconcierto, después. Dicen que Samuel ha señalado esta jornada en el calendario, animado por el descenso final. Eso deben creer por detrás: que esos locos buscan la etapa, qué otra cosa pueden querer. Nadie en su sano juicio intentaría el asalto al Tour tan lejos, en vísperas de la subida al Alpe d'Huez. Eso es lo que se busca para esta travesía: alguien que no esté en su sano juicio, alguien que lo arriesgue todo por la gloria incierta. Un campeón, en fin.