Cuarta de Cavendish
El británico venció al sprint en Nimes. Hoy, media montaña

Nos caen gordos los velocistas. Y en la generalización no incluyo, por supuesto, lo que puedan sentir por ellos familiares, novias y eruditos. Tampoco incluyo a Óscar Freire. Ni en su estilo ni en su físico encontramos la arrogancia de los sprinters puros, esa bravuconería exhibicionista. Freire es un gourmet, un anticuario, un profesor de arqueología que debe travestirse de Indiana Jones para rescatar objetos preciosos.
No hablo de Óscar Freire, por tanto. Me refiero al sprinter con equipo, con su cohorte de lanzadores, al que se sabe superior y se mira en el objetivo de los fotógrafos. Cuando una etapa tiene un desenlace así, como el de ayer, uno tiene la impresión, seguramente estúpida, de que el sistema vence al individuo, de que gana el estado, la banca y los bancos.
Nada tengo contra Mark Cavendish. Hasta diría que me divierten sus rizos y sus piernas jamonas, por no hablar de ese origen exótico (la Isla de Man) que comparte con los Bee Gees. Admiro su talento y, especialmente, su valentía para renegar públicamente del dopaje. Lo que me irrita es la repetición de las llegadas masivas, esa complacencia con los velocistas a la hora de trazar el recorrido de una gran carrera.
Cavendish suma cuatro merecidas victorias, algo que no está al alcance de un escalador o de un contrarrelojista. Se lo debe agradecer a sus condiciones naturales y, en buena medida, a su equipo, el Columbia, que ejerce sobre el pelotón el mismo efecto hipnótico que los equipos de Armstrong.
De pronto, sin que exista explicación aparente, recibe ayudas entusiastas. Ayer fue la Française des Jeux quien colaboró en la dictadura de Cavendish tirando del pelotón para neutralizar la escapada del día y confirmando que los directores deportivos son unos espantosos jugadores de póquer.
Pero no hay motivos para inquietarse. Es muy probable que hasta el próximo viernes no volvamos a ver a Cavendish, ya que en la etapa de hoy, en dirección a los Alpes, los corredores afrontarán 194 kilómetros de subida tendida, pero constante, culminada por un puerto de cuarta categoría a nueve kilómetros de la meta.
Transmutación.
Se trata de un terreno propicio para las escapadas, donde no se divisa más horizonte que la próxima curva. También es un trayecto perfecto para castigar al equipo del líder, siempre y cuando el CSC no acuda amablemente en su ayuda. Y en el más convencional de los escenarios, es una buena oportunidad para que Freire se lleve su etapa.
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Aunque Freire ya ha ganado. Su capacidad para asumir la superioridad de Cavendish y su disposición a buscar un nuevo objetivo demuestran que este ciclista es una flor rara. El jersey verde le ha exigido un cambio de estrategia, incluso de vida, porque ahora debe estar pendiente de cada sprint intermedio y ya no le vale abandonarse en las llegadas imposibles. Que el triple campeón del mundo haya sabido reciclar su ambición, que acepte la tortura que le aguarda hasta París, nos sugiere que Freire es el corredor que nunca tuvimos y el que jamás volveremos a tener.
No he mencionado a los escapados de la jornada y lo merecen: el francés Florent Brard y el holandés Niki Terpstra. Atacaron en el segundo kilómetro y fueron atrapados cuando ya se distinguían los tejados de Nimes. Desafiaron al estado y les venció el sistema, la banca y los bancos. Como suele suceder.