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El misterio de la piedra Rosetta

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En el año 1799 el ejército napoleónico se encontraba en Egipto. Un soldado de zapadores a las órdenes del capitán Bouchard encontró en el pueblo de Rashid (en francés Rosette) una losa negra de basalto de 760 kilos de peso con tres tipos de escritura diferentes: jeroglífica, demótica y griega. Tras la victoria de Nelson en Abukir, el mayor Turner la envió al Museo Británico, permitiendo, sin embargo, que una copia fuese enviada a París.

En 1790 había nacido en Figeac, punto de partida hoy del Tour, Jean-François Champollion. Desde su infancia estuvo obsesionado por la escritura jeroglífica, hasta entonces indescifrable, y a los dieciséis años era profesor en Grenoble como especialista en lenguas orientales. Analizando la piedra Rosetta consiguió después de diez años (1822) descubrir su secreto. Actualmente en Figeac, en la llamada Plaza de las Escrituras, se exhibe una reproducción gigante de dicha piedra.

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De Figeac nos desplazamos hasta Toulouse, situada en el curso alto del río Garona. Tolosa fue romana 100 años antes del nacimiento de Cristo. En el siglo V fue capital del reino visigodo hasta que la derrota de Alarico II por los francos de Clodoveo obligó a que la corte goda se trasladase a Toledo. Tolosa se convirtió entonces en sede del reino franco de Aquitania y posteriormente en cabeza de un poderoso condado independiente. Se incorporaría al reino de Francia en 1271, después de la derrota de los herejes cátaros o albigenses, a quienes apoyaba el conde-soberano Raimundo VI.

Toulouse y sus alrededores fueron a partir de 1939 lugares de refugio de numerosos exiliados españoles y de organizaciones políticas republicanas que esperaron, cerca de la frontera, un cambio político que permitiese su inmediato regreso.

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