Susto en el Tour
Valverde se fue al suelo. Ganó Cavendish y Freire llegó segundo

Corre el rumor de que los campeones no se caen. Nadie sabe si es por habilidad o por fortuna, o quizá por un halo que los distingue. Pero es un hecho casi irrebatible que la mayoría ni se caen ni enferman, como si estuvieran libres de las contingencias comunes. Y en el infrecuente caso de que un campeón se caiga se le reconocerá de inmediato: por muy aparatoso que sea el batacazo, nuestro héroe saldrá indemne y sin dolor, casi desafiante.
Ayer Valverde se cayó. Tropezó con esas tachuelas reflectantes que señalizan las autopistas como si fueran aeropuertos. Y se hizo verdadero daño. Se perjudicó el hemisferio derecho, que es el artístico y musical. Se rasgó la pierna y se golpeó la clavícula, la misma que se rompió en el Tour de 2006. Sufrió una contusión en el gemelo y en términos generales se puede decir que se magulló la moral.
Como el accidente ocurrió en el kilómetro 80, Valverde debió completar los 152 kilómetros restantes entre respingos y moratones. Sufrimos por él y nos aliviamos al comprobar que, una vez en la meta, se trasladó al hotel en bicicleta y no en parihuelas. La ausencia de radiografías nos hace pensar que sus huesos están bien, aunque habrá que esperar hasta hoy para conocer cuál es el estado físico de Valverde y, en consecuencia, su estado emocional. Rondará, como siempre, entre el todo y la nada, entre la victoria y el abandono. Nadie dijo que el amor fuera sencillo.
Si en los asuntos de estado la etapa estuvo marcada por la caída de Valverde, en lo cotidiano la jornada tuvo como protagonistas a tres escapados, otra vez franceses, en este caso Vogondy, Jegou y Brard. Se fugaron en el kilómetro 11 y su ventaja alcanzó los ocho minutos. A pesar de la diferencia, nadie dudaba, ni ellos mismos, de que los velocistas acabarían por atraparlos y disputarían el primer sprint del Tour.
Sin embargo, los perseguidores ajustaron tanto su esfuerzo que la sorpresa cobró vida. A 20 kilómetros del final la ventaja de los rebeldes era de 1:15. A falta de dos kilómetros todavía mantenían ocho segundos. Entonces Vogondy, campeón de Francia, quiso escapar de una muerte segura, que eso es el olvido. Y demarró, decidido y agónico. Su duelo contra el pelotón resultó épico, hasta que fue devorado en los últimos 50 metros, tres pedaladas, dos segundos, un suspiro.
Míster C.
El tren que pasó tenía en cabeza a Cavendish, que es un inglés de 23 años nacido en la Isla de Man y aficionado al baile de salón. También es campeón del mundo en pista y el nuevo príncipe del sprint (dos etapas en el Giro y las que vendrán ahora en el Tour). En segunda posición llegó Freire, formidable y melancólico, en el mismo filo que Zabel, para el que 38 años no son nada.
Valverde cruzó la línea de meta sin agitarse mucho, restando importancia a su aspecto y haciendo esfuerzos por bromear, "parece que me he peleado con un león". Carece de la suerte, pero mantiene la actitud, como si entendiera que para ganar esta carrera deben querer dos, el uno y el Otro.
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Hoy sabremos cómo continúa la lucha de Valverde contra el destino. El Macizo Central lleva a la primera llegada en alto, donde los favoritos deberían manifestarse de nuevo. Riccó es candidato al triunfo por explosivo y por obsesivo. También Valverde. Y Cunego.
Será su turno si alguien es capaz de conducir la etapa. Hoy es San Cristóbal, patrón de los viajeros. Ayer celebramos San Federico Martín Bahamontes, patrón de los inmortales.