Detroit recupera el mando y arrincona a Philadelphia
Billups y Rasheed Wallace recuperaron su mejor nivel y los Pistons, por fin centrados durante todo el partido, no dieron ninguna opción a los Sixers. La serie viaja a Philadelphia con 3-2 para los de Saunders que han dado un golpe de efecto ante un rival que, cuando encontró a Iguodala, perdió la fuerza de su juego colectivo.

Criticados y demasiado exigidos por una serie que se había complicado hasta extremos inimaginables, los Pistons se conjuraron para el quinto partido ante los Sixers. Con 2-2 y después de haberse visto en una situación muy comprometida en el descanso del cuarto partido, habían surgido muchas dudas en torno al equipo de Flip Saunders y alguna de sus principales figuras, como Chauncey Billups.
Sin embargo, el Palace of Auburn Hills disfrutó de la mejor versión de su equipo, que pasó por encima de un rival al que dejó en evidencia (98-81). Por fin, un partido de la serie se ciñó al guión previsto en un principio y demostró que, a pesar del gran momento de Philadelphia, todo depende de los Pistons. Si están a su nivel, no hay opción al golpe de estado definitivo de los de Maurice Cheeks, que ahora deberán intentar que la eliminatoria no acabe en el Wachovia Center y regrese a la MoTown, donde, si llegara el caso, deberán mostrar mayor convicción y consistencia que en este partido.
Porque la resistencia de los Sixers duró apenas hasta el 10-10. Lo siguiente fue un parcial de 18-2 que disparó a Detorit (28-12) hacia una cómoda ventaja al final del primer cuarto (35-21). Esta vez no hubo inconsistencia alguna en los Bad Boys, que habían roto el partido totalmente en el ecuador del tercer cuarto (68-48).
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Desde los gestos al público de Rasheed en el arranque del partido, todo sonó a liturgia en el Palace, como si el equipo hubiera decidido ponerse finalmente el traje de playoffs. El propio Wallace derrochó actitud y clase para volver loco a su rival en ataque (19 puntos) e intimidarlo por completo en defensa (6 tapones). Pero la principal mejora para Detroit llegó por parte de un Billups hasta ahora negado en la serie, y por fin letal: 21 puntos, 12 asistencias. Con Hamilton (20 puntos) en su habitual línea de regularidad y Prince (17 puntos) muy activo en todo momento, no hubo respiro para los Sixers, ni siquiera con la segunda unidad en pista, bien apuntalada por el prometedor Stuckey y el espectacular Maxiell.
Philadelphia no tuvo armas para contrarrestar el terremoto que le pasó por encima. Ni siquiera pudo exprimir el partido lo suficiente en los incontables minutos de la basura de cara a recuperar sensaciones pensando en el sexto partido. Nada funcionó, y pareció rendido un equipo que se caracteriza por pelear siempre contra cualquier circunstancia. Esta, vez Cheeks se enfrentó a una paradoja: por fin apareció Iguodala (21 puntos), pero se vinieron abajo el joven Young, el irregular Dalembert o los normalmente sólidos Miller y Green. Williams, desde el banquillo, fue el único que mantuvo un nivel óptimo (16 puntos) para un equipo que debe cambiar de cara y concentrarse a muerte para no ceder en su cancha ante unos Pistons que parecen por fin con los cinco sentidos puestos en un rival al que hasta ahora habían permitido demasiadas licencias y al que esperan dar el golpe definitivo para concentrarse en el rival que ya espera, los Magic de Dwight Howard.



