Sin consuelo: sólo valía el oro

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Hubo una época en el baloncesto español en la que pasar de cuartos ya era un gran éxito y ganarles a los soviéticos en semifinales, toda una hazaña. Tiempos en los que fuimos sumando finales al mismo ritmo que subcampeonatos. Hasta seis convierten a nuestra Selección en el Raymond Poulidor de la canasta. Recuerdo haber sufrido en cada una de ellas (vale, me han pillado, por edad sólo desde 1983) para acabar con la misma sensación de conformismo de siempre. Nunca ganaremos nada, nos decíamos; pero la plata ha estado bien, nos consolábamos. Una inercia que nos ha acompañado durante años. Hasta que en 1999, en una asfixiante tarde de julio, vimos la luz.
Una selección júnior formada por jugadores con muchísimo talento, desparpajo, ambición y casta, tumbaba en Lisboa a EE UU en medio de los gritos enloquecidos de Pedro Barthe. La mitad del equipo campeón del mundo y subcampeón europeo ahora es de aquella generación, la otra mitad anda muy próxima a ella. Durante ocho años este grupo de jugadores ha ganado tres de sus cinco finales y ha cambiado el imaginario colectivo. Por eso, ayer, la plata no la esperábamos y no hay consuelo posible.



