Mundobasket 2006 | España, campeona

Tutor 'made in' Ramiro

El éxito de Pepu Hernández es otro éxito más del Ramiro de Maeztu: allí estudió, empezó a jugar al baloncesto y se hizo entrenador. Tras once temporadas en el Estudiantes, Pepu (perfeccionista, gourmet y ávido lector) llegó a la Selección, a la que ahora ha llevado al oro en el Mundial de Japón.

Pepu Hernández
Héctor Martínez
Subdirector de AS
Nació en Madrid en 1969. Licenciado en Ciencias de la Información (Periodismo) por la Universidad San Pablo CEU. Entró en el Diario AS en 1991. Hasta 2017 ejerció como redactor en las secciones de Baloncesto, Cierre, Más Deporte, Fútbol y Motor. En 2016 es nombrado redactor jefe de la sección de Motor. Desde 2017 es subdirector del diario.
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En una pizarra del Ramiro de Maeztu, que ya prepara sus clases, alguien debería escribir: "Nosotros formamos". Es el lema de Pepu, lo que le ha llevado a vivir por y para el baloncesto. "Nosotros formamos a la persona y luego ya elegiremos a los que quieran seguir jugando". Ése ha sido y ése será el leit motiv de José Vicente Hernández (Madrid, 11-2-1958), más conocido por Pepu, el técnico que aterrizó ayer en Barajas con el oro al cuello. Nuestro primer oro.

Su éxito es el éxito del Ramiro, la mayor familia del baloncesto español, la casa que forma y a la que todos vuelven. Allí aprendió a sumar, a leer, a ver la vida a través de los ojos de profesores ilustres como Francisco Moneo, que fuera presidente del club entre 1983 y 1999. Allí, en la gélida Nevera, empezó a botar el balón soñando con emular a Juan Antonio Martínez Arroyo, el ídolo unánime.

También probó suerte en los torneos sociales del Real Madrid a las órdenes del histórico Cristóbal. Una foto de un jovencísimo Pepu mirando a cámara, con los brazos atrás y el escudo madridista en el pecho, sirve de friso a estas líneas. Es la foto con la que Pedro Ferrándiz le sorprendió el pasado mes de enero cuando el seleccionador participó en el Foro AS. "Sé que eres madridista...", le dijo como bienvenida. Y Pepu rió.

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Quiso meter todas las canastas, pero su baloncesto, el que de verdad le iba a llenar la vida, no estaba en el parquet sino en su orilla, en los banquillos. Dejó el balón, cogió papel y boli y empezó a entrenar en la cantera colegial. "Era un águila. Absorbía los conceptos como una esponja", han dicho de él siempre en el Ramiro. Comenzó Periodismo (llegó a hacer prácticas en la Cadena SER), pero dejó la carrera para volcarse en el baloncesto. Y los frutos fueron llegando y sus chavales -Nacho Azofra, Gonzalo Martínez, Carlos Jiménez...- saltaron al equipo sénior y la directiva apostó por él como ayudante de Miguel Ángel Martín y... Y llegó el día en que estuvo preparado para ser primer entrenador del Estudiantes.

Fue a mediados de la temporada 94-95, cuando Martín ("junto a Ignacio Pinedo, con quien estuve en la selección española júnior, uno de los entrenadores de los que más aprendí", ha llegado a decir) fue destituido. Y desde entonces, la historia de este madrileño con sangre asturiana (no perdona sus vacaciones en Ribadesella) se fue haciendo un hueco en la Liga ACB, en cuyos playoffs por el título no faltó el Estudiantes en once años consecutivos. Fue fiel a su estilo, tildado de "perfeccionista" por quienes más le conocen. Defendió sus ideales a capa y espada -"es un discutidor nato, pero un hombre inteligente con el que vale la pena discutir", cuenta un ex directivo colegial- y se ganó el aprecio de sus colegas periodistas. "No se les puede dejar tirados", decía para justificar que la prensa viajáramos en el autocar del equipo, ya fuera en Dunajvaros (Hungría) o en la remota Turquía. Ávido lector, no bajaba a desayunar con el resto del equipo, quizá por su mal dormir, y aderezaba cada ensalada de hotel cual Arguiñano, como buen gourmet que es. Ha aparcado las cervezas y el tabaco y a estas horas sólo tiene un vicio reconocido: comerse a besos a su mujer, Belén, y a sus hijas Celia, Claudia y Candela. Papá ya está en casa. Y llega con una moneda de chocolate que no deja de brillar.

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