Baño de gloria en la Plaza de Castilla
Por fin están en casa. La Selección española campeona del mundo en Japón aterrizó pasada la medianoche en Madrid. Un multitudinario homenaje les aguardaba en la Plaza de Castilla, adonde los internacionales acudieron en un autocar descapotable. La fiesta merecía la pena.


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Sí, sí, sí, la copa ya está aquí". Al unísono, los alrededor de 20.000 aficionados (según fuentes de la Comunidad de Madrid) reunidos en la madrileña Plaza de Castilla comenzaron a gritar cuando vieron aparecer, procedente de la calle Mateo Inurria, el autocar descapotable con los jugadores españoles. La fiesta se había retrasado (el avión desde el aeropuerto londinense de Heathrow salió con una hora de retraso), pero merecía la pena. "Estoy muy emocionado. Es algo que no lo ves en toda la vida y que cuando llega, evidentemente, te emociona. Me quedará para siempre. El pie me duele, y bastante, pero esto es maravilloso, realmente inolvidable", comentaba Pau, a quien sus compañeros ayudaron a subir al segundo piso del autocar rojo tuneado con la leyenda "España, campeones del mundo". A su lado, Juan Carlos Navarro, su mejor amigo, era suficientemente explícito: "Esto es la leche, por la gente y por lo que hemos logrado. Somos campeones del mundo. Con este ambiente, ahora toca disfrutar".
"Baloncesto". Y de verdad lo hicieron. Sobre todo, cuando uno a uno fueron presentados a ritmo de rap y subieron al escenario, como los grandes rockeros. Todos recibieron el cariño de la hinchada, pero sobre todo Pepu Hernández, el jefe de la camada, quien aprovechó su minuto de gloria micrófono en mano -mientras sus jugadores, puestos de rodillas, le alababan- para decir. "Quiero que no olvidéis en el futuro una palabra: Baloncesto". Y acto seguido, Sergio Rodríguez dio paso a los cánticos que han amenizado la concentración española en Japón. Y volvió a sonar la música. Y por fin se abrazaron todos para cantar junto a la afición el We are the champions, el himno de Queen que ayer les sonaba a música celestial. De Japón a Madrid y de Madrid, al cielo. Es allí donde deben estar las estrellas.



