Los ríos revueltos
Angola siempre estará ligada a nuestra iconografía de basket. Cambió una generación años atrás y en el cuarto del Mundial casi nos la lía. Culpa patria por dejarse llevar y dar esperanza a un rival que brilló en el desorden. El partido más difícil, nos dejó sin uñas.
A la hora de titular noticias, el refranero castellano es infalible. Te cuentan en la facultad que los titulares no deben sobrepasar las nueve palabras y mucho mejor, si no lleva puntuación -luego la realidad decide-.
Pero bueno, para explicar qué nos pasó en la cuarta victoria de la selección en Japón, nos viene de lujo una de esas frases hechas. Angola se creció en nuestra tranquilidad excesiva. Empezaron en el cielo y acabaron tirando de orgullo.
Los angoleños son buenos pescadores. Desde la cara centroafricana que da al Atlántico someten a sus vecinos de basket un año sí y otro también. Son un equipo con dos posiciones definidas, la de bajitos y la de altos tampoco mucho-.
Los bajos no son bases y los altos no son pívots. Están equilibrados porque todos funcionan. Por tradición, mandan los más pequeños, y los otros se buscan la vida. En el mundo de la teoría, si fuera un equipo típico de cinco posiciones, nos hubiera durado un cuarto.
Pero no lo son. Los de fuera viven de que la bola entre. Bailan con música de red choffffffff- y se animan según enchufan. Tras 11 puntos en el primer cuarto, empezaron a ver aro. Se aburrieron los españoles, que oyeron días atrás como Gasol Pau- aseguraba que es un incordio jugar lo que queda de primera fase.
Rebote con el rebote
El problema es que los altos angoleños no son bobos. Saben jugar a esto. Joaquín Gomes y Eduardo Mingas nos han complicado el madrugón. Dieron el apoyo terrestre a los ataques aéreos, ante la pasividad defensiva de los muelles españoles.
En el primer gran partido anotador de Pau -28 puntos-, nuestra estrella hizo aquello por lo que le cosen en los States, no rebotear. Cinco rebotes no es cifra para una envergadura de 230 centímetros.
Gomes se fue al doble doble 24 y 11- en apenas 26 minutos y con muchos problemas de faltas. Sus palmeos de volley y el control de nuestro metacrilato, nos hizo temer por la vida del partido.
Nos tocó ajustar. Los minutos de Cabezas, Marc Gasol, Berni o Sergio se esfumaron y tuvimos que jugar con los buenos. La principal excusa que se me ocurre es que las seis de la mañana, y más en agosto, es hora para acostarse, no para levantarse.
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Muchos, que nos hemos acostado más veces a esa hora que levantado, pagamos los excesos del Mundial estando sentados con las piernas arriba. Así que es comprensible que ellos se dejaran llevar después de liarla parda.
De cualquier modo, no se puede repetir. Habrá que esperar que acabe cuando antes la primera fase y el sábado volver a reventar al rival. Todavía nos queda Japón en el camino. Estos son todos bajos y corren mucho, pero será a media mañana, con aperitivo en vez de desayuno.



