Japón, donde se arrodillan para servirte
Japón es un país con costumbres extrañas a los ojos de un occidental e Hiroshima, un sitio muy especial.


Si usted está en Japón y se dispone a almorzar o cenar, vaya curado de espantos: porque, probablemente, el camarero-camarera que le vaya a servir, se arrodille ante usted cada vez que le hable, o cuando se le pida la cuenta. No hay que creerse el Emperador, o un dios occidental: se trata de una costumbre vinculada al respeto por los clientes, máxime si son extranjeros.
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Ésa es una de las peculiaridades que más llaman la atención. Hay más: si se desea alquilar un teléfono móvil prepagado, llévese preparado y en orden el carné de identidad. Van a exigirle su dirección, con nombre de calle y número de vivienda, algo que no figura en el nuevo pasaporte español, ante lo que los responsables de las tiendas se muestran inflexibles: "Ese pasaporte no nos vale". A veces es aún peor: la dirección detallada debe estar en el pasaporte, y "sólo" en el pasaporte. Si no está ahí, no hay teléfono que valga. La disciplina milenaria del pueblo japonés se manifiesta en un respeto y limpieza casi absolutos. La delincuencia brilla por su casi total ausencia. La vegetación en Hiroshima resulta imponente, llena de grandes aves de rapiña (águilas, cuervos...) y raros insectos multicolores.
Calor ominoso, casi tropical. Humedad. En las ceremonias y por los caminos, paseando y con las familias, se observan más personas de lo que sería lógico con evidentes y aparatosas minusvalías de nacimiento. Por todos los indicios, la razón de esas minusvalías se remonta al 6 de agosto de 1945, y se llamó 'Little Boy': la Bomba Atómica de 4.000 kilos de uranio enriquecido que Harry S. Truman, presidente de los EE UU, mandó lanzar sobre Hiroshima. A las 8:16 de la mañana de aquel día, los relojes se pararon y todas las comunicaciones se cortaron: aquí, en Hiroshima...



